Desde la iglesia de los Santos Juanes, y finalizando en la Basílica
El Grupo diocesano contra la trata de personas junto con la Delegación de Laicos han convocado un itinerario “para orar y reflexionar en un ‘Camino de esperanza contra la trata de personas’. El itinerario tuvo lugar ayer, viernes 25 de septiembre, en Valencia, para dar a conocer el sufrimiento de las personas que padecen la trata y la explotación sexual y laboral, su camino de recuperación, y el trabajo de las diversas entidades y proyectos que en la Iglesia acompañan y dan respuesta a esta realidad”.
Este camino ha contado con la participación de los Obispos auxiliares de Valencia, Fernando Ramón y Arturo J. García, así como de los vicarios de Evangelización, Melchor Seguí, y de Acción Caritativa y Social, Agustín Alcayde.
El itinerario ha comenzado en la iglesia de los Santos Juanes, y ha discurrido por San Esteban y El Salvador, finalizando en la Basílica de la Virgen.
El Grupo diocesano contra la trata de personas está formado, entre otras entidades por Cáritas y Villa-Teresita -bajo la Vicaría de Acción Caritativa y Social- y la Delegación de Laicos -de la Vicaría de Evangelización.
Se trata de una realidad invisible, pero que existe, silenciosa y sin voz, de mujeres engañadas, excluidas, cosificadas, consumidas, pero que pueden recuperarse, enfrentándose al futuro con esperanza. También encontramos a niños y niñas explotados y condenados a una existencia sin futuro, así como personas maltratadas y forzadas a trabajos indignos en condiciones de esclavitud.
Hay realidades que están ahí, muy cerca, aunque apenas se vean. Mujeres engañadas, amenazadas, explotadas o convertidas en mercancía; niños y niñas a quienes se arrebata la posibilidad de un futuro; personas sometidas a explotación laboral y obligadas a vivir y trabajar en condiciones de esclavitud. Detrás de la palabra trata hay vidas concretas y una realidad que, precisamente porque muchas veces permanece oculta, necesita primero ser reconocida.
“El primer paso para poder actuar es reconocer, ver que este drama está cerca de nosotros. Si no lo reconocemos a nuestro alrededor, no vamos a saber qué podemos hacer”, señala Amparo Estellés, delegada de Apostolado Seglar. Y reconocerlo supone también ampliar la mirada sobre una realidad que no se limita a una única forma de explotación ni afecta exclusivamente a las mujeres.
“Hablamos no sólo de explotación sexual, no sólo de mujeres, también de hombres y niños. Hablamos de explotación laboral, de abusos de poder y manipulación de las personas”, añade Estellés.
Para Olbier Hernández, consiliario del Grupo diocesano contra la trata de personas, esa visibilización es fundamental. “No solamente orar, sino trabajar, acoger, integrar estas personas. Eso es fundamental, pero sobre todo visibilizarlo, porque si no el problema parece que no existe y sí existe el problema”.
La complejidad de la trata exige, además, respuestas capaces de ir mucho más allá de una ayuda puntual. Olbier Hernández pone el acento precisamente en lo que supone romper los círculos de explotación y acompañar después a una persona en la reconstrucción de su vida. Porque una cosa es ofrecer un plato de comida, ropa o asesoramiento y otra muy distinta, explica, “sacar a una persona de una red de prostitución, sacar una persona de un círculo de amenaza y de extorsión”, para después ayudarla, en ocasiones junto a sus hijos, a encontrar un lugar donde vivir, escolarizar a los menores e integrarse.
De ahí también la necesidad de sumar esfuerzos. “Que una pastoral no camine sola”, subraya al referirse a una realidad en la que muchas personas tienen vulnerada su dignidad y viven sometidas a la explotación y las amenazas.
El Grupo diocesano contra la trata de personas reúne precisamente distintas entidades que trabajan frente a esta realidad: la comunidad Auxiliares del Buen Pastor-Villa Teresita, Cáritas Diocesana de Valencia, el Servicio Jesuita a Migrantes (SJM), las Adoratrices-Fundación Amaranta y la Cátedra Scholas Occurrentes de la Universidad Católica de Valencia (UCV).
Distintas formas de acompañamiento ante una realidad también diversa, que abarca desde la explotación sexual hasta la laboral y que afecta a mujeres, hombres y menores. Frente a ella, el ‘Camino de esperanza’ propone detenerse, mirar y reconocer primero lo que tantas veces permanece fuera de la vista. Hacer visible la trata supone también acercarse a los mecanismos de engaño, amenaza, explotación y dependencia que mantienen atrapadas a las víctimas y, al mismo tiempo, al trabajo muchas veces silencioso de quienes las acompañan cuando comienza el difícil camino para recuperar su vida.





