Carta del Cardenal Arzobispo de Valencia

3 de Febrero  2021

Estamos celebrando, un año más, la Jornada de la Vida Consagrada, en la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo. Damos gracias a Dios por el don que concede a la Iglesia y a la humanidad con la vida consagrada, en la que se expresa la desbordante riqueza de carismas que el Espíritu Santo ha suscitado y suscita en la Iglesia, y que manifiesta viva la realidad de la fraternidad en un mundo herido.

En la vida consagrada encontramos el signo que anticipa y vislumbra la realización del Reino de Dios como presencia ya de la fraternidad humana redimida que somos, en cuanto hermanos, hijos de Dios, y así manifiesta el estado de perfección al que estamos llamados como Hijos de un mismo Padre siguiendo el camino de Jesús, que no es otro que el de las bienaventuranzas y el amor, el que el mismo Jesús nos abre en el hecho de su presentación, consagración, conforme a la Ley, al ser llevado Jesús al templo, y ser reconocido y proclamado por el sacerdote anciano Simeón, Salvador, luz de las gentes y gloria de su pueblo, Israel. La vida consagrada nos muestra la vocación de todo bautizado, de todo hijo de Dios, que no es otro que ser hermanos de todos y ser santos e irreprensibles por el amor.

La vida consagrada nos recuerda a toda la iglesia nuestra común vocación a la santidad, inseparable de la fraternidad de todos y con todos; no en balde se llaman entre sí hermanos o hermanas los que pertenecen a la vida consagrada en cualquiera de las formas en las que históricamente se encarna: en la vida religiosa monástica y apostólica, o en los institutos seculares, en la vida eremítica o en el orden de las vírgenes consagradas.

Por vuestra forma de vida de especial consagración habéis sido llamados a atestiguar el carácter único, incomparable y definitivo del amor del Padre y Dios de nuestro Señor Jesucristo, que ha querido ser en Él, Padre de todos los hombres, a los que constituye hermanos. Habéis sido elegidos por Dios, en su bondad y su gracia, para que viváis tan entregados a Él que también los hombres de hoy, con tantas heridas, puedan fácilmente confiar, alegres en la salvación de Dios vivo y experimentar la presencia de Dios en la libertad de hombres y mujeres que rompen con tantas esclavitudes y abren un espacio para la total apertura de Dios, de su amor, en vuestras vidas y para la entrega incondicional en servicio a los hombres, singularmente a los más pobres, vulnerables y necesitados, a los que consideráis hermanos, como vosotros os consideráis hermanos y hermanas al interior de vuestra vida consagrada. Lo que importa en vosotros es dar testimonio transparente de vuestra consagración-dedicación total a Dios vivo y a su Reino, lo demás se dará por añadidura.

Nuestra sociedad, tan herida por divisiones, egoísmos, rivalidades, violencia y guerras, luchas y afanes de poder y poseer, tiene necesidad de personas como vosotros que en vuestra vida consagrada, deis testimonio del Dios vivo, Padre de todos que nos hace hermanos, pero que el mundo lo olvida o lo niega, y así da lugar y origen a divisiones, enfrentamientos, olvido de los hermanos de los que, como Caín, silenciamos su paradero o pasamos de largo ante su desgracia. El mundo de hoy, la sociedad actual agresiva, sembradora de odios, robos y heridas necesita de vosotros, que, precisamente por haberos entregado a Dios y vivir para Él, vivís fraternalmente y constituís comunidades, o fraternidades en la que todo los tenéis en común y os amáis sin esperar nada a cambio y sois signo escatológico del reino futuro de los cielos, cuando Dios sea todo en todos y sólo permanezca el amor, que es Dios mismo que derrama su Espíritu de amor para amar con su mismo amor.

Esto es lo que está en la vida religiosa monástica contemplativa, por la que proclamáis, en los diferentes carismas que sólo Dios basta, y que estáis en el corazón de la Iglesia y del mundo, que es el amor, o en la vida religiosa apostólica, que a través o por medio de vuestros carismas no buscáis ni hacéis otra cosa, hasta dar vuestra vida, que servir a los ancianos, a los enfermos, a los niños solos o abandonados, a los pequeños, a los adolescentes y jóvenes enseñando y educando; a los discapacitados, a los pobres y a los hambrientos, a las mujeres maltratadas, esclavas, o explotadas, y lo hacéis con alegría, con la sonrisa en los labios, con el amor y cariño de hermanos, deshaciéndoos y despojándoos de todo sólo por amor, con la confianza de hijos con la solicitud de hermanos. Vosotros, hermanas y hermanos consagrados, sois una de las señales más elocuentes de la presencia y soberanía de Dios, Padre de todos, que a todos ama, y de la libertad de sus hijos para amar y actuar como buenos samaritanos a imitación de nuestro Hermano Mayor y Primogénito entre todos, Jesucristo.

Así estáis evangelizando, así mostráis y anunciáis que el reino de Dios está cerca, está presente en medio nuestro, y llamáis a todos a no tener miedo y a caminar con esperanza, porque todo poder nuevo, distinto, como nuevas y distintas son vuestras vidas, de las que la Iglesia, particularmente la Iglesia que está aquí y peregrina en Valencia, se siente feliz y dichosa, y profundamente agradecida. Contad en vuestra vida consagrada con toda la diócesis, con su oración, que también vosotros y vosotras debéis hacer sin cesar por la Iglesia, por esta diócesis, que es la vuestra, por la humanidad de nuestro tiempo, por nuestro mundo herido que necesita ver con sus ojos que es posible ser y llevarse como verdaderos hermanos, que es posible la fraternidad universal, si nuestro corazón y nuestro pensar está abierto a Dios, Padre de Jesucristo y Padre nuestro como lo invocamos con la oración que Cristo nos enseñó, y que es guía de nuestras vidas y de nuestra súplica confiada al Padre de los cielos, tan cercano como lo vemos en vosotros y vosotras.

Queridos hermanos y hermanas de la vida consagrada en sus diferentes formas y carismas: que Dios os conceda a todos el ser santos, porque esa es vuestra vocación y en esto no hay rebajas.

+ Antonio, Card. Cañizares
Arzobispo de Valencia