Carta Semanal del Cardenal Arzobispo de Valencia

19 de Abril  2020

Muy queridos en Cristo, hermanos y hermanas, sacerdotes, personas consagradas, fieles cristianos laicos: Se ha cumplido ya un mes de la situación de alarma o de alerta, con las disposiciones de confinamiento y de medidas excepcionales para evitar en lo posible el contagio de la pandemia del covid-19. En nuestra diócesis se están siguiendo escrupulosamente las directrices y recomendaciones tanto del Gobierno de la Nación,, como de la Iglesia, concretadas por la Conferencia Episcopal y por este Arzobispado; tengo que felicitaros a todos por este gran sentido de responsabilidad ejemplar y prudencia y caridad que estáis mostrando. No sabemos cuánto tiempo va a durar todavía, esto, la pandemia y el confinamiento; posiblemente vaya para largo, tal vez meses, aunque no nos dicen la verdad, si es que alguien la sabe; nosotros, no obstante, seguiremos con la misma prudencia, la misma caridad, y la misma obediencia y docilidad a las prescripciones, obedeciendo por encima de todo a Dios y por eso colaborando por caridad y justica en que no se produzcan más contagios, y con las actitudes y obras de fe, de caridad y de servicio, con toda esperanza, que es lo nuestro, lo de los cristianos, lo de la Iglesia. Por eso os digo a todos que guardemos escrupulosamente las orientaciones que ya recibisteis en su día de la diócesis: SIGUEN VIGENTES COMO EL PRIMER DÍA, y no se salten ni difundan otras cosas. Soy consciente de lo duro que es todo esto, de la difícil situación que estamos pasando, imaginaos cómo estoy sufriendo para actuar así. Seguimos, como los discípulos, tras la pasión, encerrados, con las puertas cerradas por miedo de la pandemia, y al contagio -ni contagiar o trasmitir el virus aunque no sepamos que lo portamos, ni ser contagiado, ni recibir el virus de otros que quizá no sepan que lo portan- y, también ¿por qué no decirlo?, por el clima de miedo que se está creando ante algunas actuaciones de ciertas fuerzas, ejecutoras obedientes, y presiones, que ya sabéis a las que me refiero puesto que las estáis sufriendo con gran sentido cristiano.

Sin embargo, y a pesar de todo, tengo y quiero, sobre todo, deciros: estamos en Pascua; es verdad, Jesucristo ha vencido la muerte, no ha sucumbido a la desgracia y a la pasión de que fue víctima, injustamente perseguido, no respetado y condenado, y a pesar también de que sigue sufriendo la pasión hoy en sus hermanos, -la Humanidad sufriente por la pandemia del virus covid-19-, y Jesús continúa abrazado a esa cruz con nosotros y por nosotros en este Calvario de la Humanidad que padece, -algunos con mayor intensidad, muchísima intensidad por la muertes de seres queridos-, mostrando y actualizando ese amor infinito con que en su Cruz de Jerusalén nos amó. Tened muy en cuenta que su amor no tiene límite y que nada ni nadie puede vencer ese amor con que somos amados. Recuerdo hoy y estos días, aquellas palabras tan vibrantes dichas por el Papa Juan Pablo II en uno de sus viajes apostólicos ante miles de jóvenes en un estadio donde tantos habían sido ajusticiados:¡El amor vence siempre, el amor vence siempre, como Cristo ha vencido, el amor ha vencido, el amor vence siempre. Aunque en ocasiones ante sucesos y situaciones concretas pueda parecernos impotente. Cristo parecía impotente en la Cruz. Dios siempre puede, MÁS! (Juan Pablo II)

Estamos en Pascua, hoy es Pascua, ha resucitado y vive vencedor de la muerte, sin la losa sepulcral de muerte, de contagios y de miedos. Sigue amándonos y no nos deja. Camina con nosotros como con los discípulos desconcertados y cariacontecidos hacia Emaús, desesperanzados. Nos invita a proseguir el camino, sin retirarnos, con la mirada fija puesta en Él que tanto supo y sabe de ignominia y de desgracia. Y nos levanta el ánimo y devuelve la esperanza grande y verdadera. A Él dirigimos nuestra mirada para que sane las heridas de la Humanidad desolada, al tiempo que nos muestra las suyas en su cuerpo. Hoy es Pascua de resurrección y sigue repitiéndonos con fuerza: ”no temas, he resucitado y aún estoy contigo, no te dejo, camino contigo, Humanidad herida y desolada”. “Para muchos está siendo o es una Pascua de soledad, vivida en medio de numerosos lutos y dificultades que está provocando la pandemia, desde los sufrimientos físicos hasta los problemas económicos» (Francisco) Cuando caminamos desalentados porque no esperábamos esto ni por asomo, cuando estamos encerrados nos encontramos con la presencia de Jesús resucitado, que atraviesa las paredes para desearnos y darnos la paz y devolvernos la esperanza.

¿No lo estamos viendo y palpando en tantos signos de vida y amor como están acaeciendo? La piedra que desecharon los constructores de este mundo, es ahora la piedra angular, sobre la que edificar: Jesucristo. Y sobre Cristo, vivo y presente, estáis edificando cuando estáis dirigiendo desde lo más interior y hondo de vuestro corazón y de vuestras casas vuestra oración silenciosa pero que oye y atiende Dios, Padre nuestro, que ha resucitado a Jesús, y, juntos en familia, en y desde lo más íntimo y querido de vuestras familias y con vuestras familias, en el comedor o en la sala de estar de vuestros hogares le dirigís suplicantes y llenos de confianza vuestras plegarias; edificáis sobre la piedra angular que es Cristo, cuando leéis las Escrituras santas que nos hablan de Él, y escucháis como lo caminantes de Emaús que todo encuentra sentido en Él; estáis edificando sobre esta piedra angular, Cristo, cuando permanecéis muy unidos la comunidad familiar y os sentís muy unidos, solidarios y más que solidarios con los que han sufrido el zarpazo de la muerte ocasionada por el virus o cuando solidariamente ayudáis a personas vulnerables llevando a sus casas lo que necesitan de alimento, o de medicinas, o de lo que les sea necesario; y también podemos ver que Cristo vive y no ha sido vencido la muerte, en tantos y tantos sanitarios, médicos y enfermeros o enfermeras, fuerzas de seguridad, bomberos, y un amplio “etc”, que están jugándose su salud y su vida por ayudar a los demás, en todos ellos podemos ver que “este es el día en que actuó el Señor sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

Hermanos y hermanas muy queridos, reconozcámoslo, estos días estamos viviendo una especial presencia del Señor que vive, en el recinto doméstico, y se han encontrado todos los miembros de las familias de una manera distinta, rezando juntos, escuchando la Palabra queriéndose más, unidos, y queriendo más a los demás: ¿no está Cristo cuando se reza unidos o unidos se le escucha, o crece el amor mutuo? ¿No está ahí la Iglesia? ¿No hacían y hacen esto en la Iglesia del silencio donde la Iglesia, a pesar de lo que pueda parecer, no está cerrada con las puertas cerradas? Como me decía una abuelita muy mayor y viuda, sola, que no estaba solica porque Dios estaba con ella, lo mismo vosotros no estáis solos porque a través de todos esto, y además de ser pequeñas Iglesia donde está Cristo, es que estáis diciendo y proclamando desde el silencio, como en otros tiempos en que no se podía hacer otra cosa, estáis afirmando que Dios está con vosotros, que sólo Dios es necesario y que Él basta. ¡Qué maravilla!: Sólo Dios!, Padre de Jesucristo y Padre nuestro; poned, pongamos y sigamos poniendo sin desmayo, en Él toda la confianza, que Él nos ama y nos ha demostrado su amor y la verdad de este amor resucitando a Jesús, nuestro Hermano.

Quiero compartir este gozo con todos vosotros, en estos momentos de desolación de la pandemia, y proclamar que la cruz, la muerte, la enfermedad, el dolor, la desolación, la losa sepulcral, la ruina, no tienen la última palabra: la última palabra la tiene Dios que ha resucitado a su Hijo de entre los muertos y ha retirado ya la losa opresora, porque nos quiere con su amor sin medida: Es amor y el amor vence siempre, ya ha vencido. Verdaderamente ha resucitado el Señor, el crucificado, atrapado por la muerte pero no vencido por ella, y vive. Esta es nuestra esperanza que humildemente, como don de Dios, se la ofrezco a todos y para todos pido. ¿Qué hemos de hacer? Desde aquí grito: volvamos a Dios, abramos las puertas a Cristo que vive. Desterremos de nosotros, la indiferencia, el egoísmo, la división y olvido (Francisco). Abramos las puertas a Cristo, abran las puertas de los Estados, de la sociedad, de la cultura, de las familias, de los hombres todos, singularmente los afligidos y miedosos, a Jesucristo; sólo Él sabe lo que hay en el corazón de los hombres. Es la hora de la Pascua, es la hora de la esperanza que no defrauda. Es necesario que fluya esta corriente de esperanza, que se contagie esta esperanza que se nos ofrece en la Pascua y trabajemos juntos unos por otros y con otros en el próximo futuro. Es posible un nuevo futuro, pero cambiemos, no olvidemos lo fundamental y primero: Dios y su amor, su apuesta por el hombre, y su predilección por los pobres, enfermos y vulnerables.

Releyendo los informes que me han pasado los Vicarios Episcopales de zona, estoy admirado de lo mucho, muchísimo, que estáis haciendo, sacerdotes y fieles, desde las parroquias, desde Cáritas, desde las familias, desde los hospitales y clínicas, desde residencias de mayores, desde la Universidad Católica, desde los Colegios diocesanos; muy sencillo todo, pero muy verdadero y eficaz; os estáis mostrando como verdadero Pueblo de Dios que camina, siguiendo al Señor resucitado, os felicito; estáis testimoniando vuestra fe que se apoya y surge de la resurrección, estáis expresando que el poder de la muerte, que a todos amenaza, no es la última palabra, porque creéis en Dios y en su Hijo Jesucristo, en la resurrección y en la vida eterna os preparáis para el encuentro con el Señor, en el abrazo y descanso por su misericordia en la vida perdurable; no os abandonéis, seguid centrándoos en la esencial, sacerdotes, fieles laicos, personas consagradas, y lo esencial y primero es Dios y su Hijo Unigénito, enviado, Jesucristo que oró, confió en el Padre y el Padre lo libró de la losa de la muerte y vive y traspasa las paredes que nos encierran en nuestro mundo y nos enclaustran con puertas de miedo: Él se hace presente y está vivo con las heridas de la crucifixión, que son la nuestras hoy.

Van a venir tiempo muy difíciles y ahí hemos de estar, y hemos de prepararnos y disponernos para hacer lo que podamos y debamos. Echemos a volar la imaginación y creatividad de la caridad en nuestra diócesis, no cesen ni se aminoren o debiliten las fuerzas en Cáritas y su voluntariado, que las instituciones diocesanas educativas y universitarias elaboren y realicen proyectos que son posibles en su manos y si no que busquen apoyos, que los medios de comunicación nuestros estén al servicio de lo que hoy en la pandemia y mañana, cuando vaya pasando, nos está pidiendo el Señor. ¡Adelante, con ánimo, con fe, con esperanza. Sin límites nada más que los que Dios nos ponga.

Volvamos a Dios, convirtámonos de verdad a Dios que resucitó a Jesús. Dios puede, puede más que todo lo que nos atenaza, asusta y amenaza de muerte. El Maligno no podrá vencer al amor que Dios nos tiene: roguemos a San Miguel Arcángel que venga en ayuda de su Iglesia, que la defienda, con san José, los santos del Cielo y la Virgen María; estamos superconvencidos que las puertas del infierno no podrán contra ella. El amor no es ni será vencido, aunque se muestre aparentemente impotente. Cristo ha vencido desde la impotencia de la Cruz, que es la impotencia omnipotente de su amor: Dios, solo Dios, este debe ser el horizonte de nuestras vidas. Edifiquemos únicamente sobre la piedra angular que es Cristo, no tenemos otros Nombre en el que podamos ser salvos que el suyo, sólo Él. Es lo que también nos pide nuestro Sínodo diocesano, que aunque interrumpido de momento, no ha acabado aún, y Dios nos pide, al convocarlo, que vayamos a lo esencial y primero, que es él mismo y su amor, y el amor, su amor no será ni ha sido vencido: Dios, Amor, puede, y puede más.

Quisiera, por último, felicitar, agradecer de todo corazón y animar particularmente a mis queridos hermanos sacerdotes: es la hora de la fe, de la esperanza que no defrauda, de la caridad pastoral que no se reserva nada para sí, de la eucaristía que los sacerdotes debemos celebrar todos los días por el pueblo confiado a nuestro cuidado de pastores, y más en esos tiempos, es la hora muy en especial de los sacerdotes sin los que no es posible la Eucaristía, es la hora de la santidad sacerdotal que Dios nos ofrece y que trae la verdadera renovación de nuestras comunidades: aprendamos la gran lección que Dios nos está dando. No permitamos ni dejemos que avance más la fuerte “mundanización” de nuestro mundo, el olvido de Dios o de su ausencia de nuestro mundo, obra de los hombres. No nos echemos atrás en el anuncio del Evangelio, anunciemos a Cristo Evangelio vivo e Dios, a tiempo y a destiempo, que es fuerza de salvación para todo el que cree: lo primero la fe, Jesucristo, su anuncio y su testimonio, que es confianza sin límites en Dios, Padre nuestro: que la oración permanente y la penetración en la oración que Cristo nos enseñó sea nuestra luz y nuestra guía, con la Virgen María, que dijo en Caná a los criados: “haced lo que Él, Jesús, os diga”, y nos lo dice también hoy a nosotros sacerdotes que somos ahora sus criados, para hacer su voluntad, que sea santificado y reconocido su Nombre y que venga y se establezca su Reino y reinado, que es lo único que a nosotros, sacerdotes, como a Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, nos mueve. No dejéis la Eucaristía diaria, que se ofrece por toda la Iglesia, aunque físicamente no la veamos, está presente allí en cada una de las Eucaristías, aunque la celebremos solos, la Eucaristía es fuente de santidad, de salvación y de vida para todos los fieles, también término para nosotros celebrantes. ¡Ánimo!

Con todo mi afecto, amor, mi oración y mi bendición para todos, sacerdotes, personas consagradas, fieles cristianos laicos, adultos, ancianos, jóvenes y niños, mujeres y hombres, os tengo a todos muy presente, os quiero entrañablemente y oro por todos, especialmente por los que más estáis sufriendo en estos momentos y más lo necesitéis

Valencia, 17 de abril, 2020

+Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia