Carta Semanal del Cardenal Arzobispo de Valencia

4 de Mayo   2022

Llenos de alegría, los valencianos nos acercamos a los pies de Santa María, en su advocación tan entrañable para todos nosotros, de Nuestra Señora de los Desamparados. Ella, Madre de Cristo y Madre nuestra, nos ha convocado a celebrar el primer centenario de la coronación canónica de la imagen bellísima que se venera en su basílica. Desde que Juan, el discípulo amado, la recibió en su casa, María es el don precioso de Cristo que acompaña a la Iglesia y a cada bautizado en su caminar por la historia. Es la mujer que nos ha sido dada por Madre para recordarnos que en la muerte de Cristo hemos nacido a una vida nueva. Al pie de la cruz, María recibe el encargo de velar por todos nosotros y de conducirnos a la Jerusalén del cielo, morada definitiva de los hijos de Dios.

Ante la Virgen, con verdadero cariño y confianza de hijos, abrimos nuestro corazón, como se hace ante la Madre querida, derramamos nuestras lágrimas de dolor o de alegría y le presentamos nuestras confiadas súplicas implorando su maternal favor y tierna intercesión para nuestras necesidades. Y, sobre todo, de una manera o de otra, a veces sin darnos cuenta, detrás de todas esas súplicas le pedimos que nos muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre. Toda plegaria nuestra pide y espera de la Santísima Virgen, más o menos clara o confusamente, la salvación de Dios, y esa salvación es Jesús, está en Él.

Al pedir a la Virgen tantos y tantos miles de valencianos que les traiga la salvación para sus necesidades o que les muestre a Jesús, se lo están pidiendo también a la Iglesia en Valencia, en cuyo centro está Nuestra Señora de los Desamparados. Mostrar de veras a Jesús, la salvación de Dios, es precisamente la misión de la Iglesia. Eso es lo que tantas gentes, ancianos y niños, jóvenes y adultos suplican y esperan de la Iglesia en Valencia.

Por eso, en la fiesta de Nuestra Señora de los Desamparados pido a la Madre del Cielo que nos lleve a conocer, amar y vivir a Cristo; que pensemos, sintamos, y amemos como Cristo Jesús, el Hijo de sus entrañas; que obremos como Él; que conformemos nuestra vida con la suya. Ahí, y sólo ahí tendremos la salvación que esperamos, la dicha que anhela nuestro cansado corazón, el consuelo y el aliento de que andamos tan necesitados en el camino de la vida.

La Virgen María brilla como signo de consuelo y de firme esperanza para todos y refleja el lado materno de Dios, su ternura inabarcable. La Virgen María, madre de Jesús, nos trajo al Salvador y todo el gozo de su intercesión materna es mediar para llevarnos a Él. Bueno sería que en su cercanía y ternura oyésemos la voz de su Hijo que nos llama a convertirnos a Dios en una vida conforme a la fe cristiana, nos invita a seguirle a ir a Él todos los que andan cansados y agobiados por la vida para encontrar gozo, alivio, dicha y esperanza.

Esas riadas de gentes que acuden al santuario de Nuestra Señora, Mare de Déu dels Desamparats, el pueblo llano y sencillo, agobiado por el peso de la vida, comprende el misterio de Cristo, que en último término es el amor de Dios, en la ternura de María, en sus ojos misericordiosos, sin que sepa pensarlo y decirlo expresamente. En ella el pueblo, cargado de sufrimientos y de culpas, entrevé el amor del Padre, el don de ese amor que es Jesucristo, en quien hemos sido amados hasta el extremo, y la comunicación de ese don y de ese amor que es el Espíritu Santo.

Valencia se apresta a celebrar la fiesta de Nuestra Señora de los Desamparados llena de júbilo. Y ahí, en ese júbilo y ante esa imagen querida, la Virgen, de nuevo como en Caná, dice: “Haced lo que Él os diga”: acoged la palabra de Cristo en la fe, seguidla en la vida, haced de ella la pauta inspiradora de vuestra conducta individual, familiar, social y pública.

Con todos quisiera unirme, y acudir ante su imagen de la Virgen querida. Para todos mi plegaria y bendición. Que la Santísima Virgen, nuestra Madre y Señora, bendiga y proteja a todos; que a todos acompañe siempre en su caminar, y les conduzca a Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Mi primer acto, recuerdo, al llegar a Valencia como Arzobispo fue acudir a los pies de la Virgen de los Desamparados para pedirle su auxilio, su protección, su ayuda en la nueva andadura apostólica que el Santo Padre me encomendaba. Mi primera celebración de la Eucaristía tras el inicio de mi ministerio episcopal en Valencia tuvo lugar en el Santuario donde se venera tan filial y entrañablemente querida por todos los valencianos esta sagrada imagen de Nuestra Señora tan ligada a nuestra tierra en la que gracias a Ella la fe no muere y permanece.

Ante Ella os recuerdo a todos y pido por todos. Quisiera conocer los nombres de cada uno, vuestras vidas, vuestros gozos y esperanzas, vuestras inquietudes y sufrimientos para presentarlos a la Señora tan cercana a todos –a los que celebran el gozo de una boda y al que está colgado de la Cruz–. Quiero tener también un recuerdo particular de cuantos nos han precedido. Su memoria nos llena de gozo, de gratitud y de emoción. Seguro que se os hacen presentes sus rostros con su sonrisa o su preocupación, su sufrir o su dicha. Sus recuerdos y su presencia vivan evocan vuestras raíces, inseparables de la devoción y protección de la Santísima Virgen.

Vuestras raíces son cristianas y se arraigan en la cercanía de la que es Madre de misericordia, consuelo de los afligidos, auxilio de los cristianos. Vuestra historia se amasa con la protección, la honra y la filial devoción de María. Vuestra fiesta más vivamente sentida y con mayor extensión entre el pueblo, vuestros anhelos más hondos, vuestros estímulos y vuestras ilusiones, vuestros suspiros y vuestras alegrías, vuestras plegarias y vuestras esperanzas no se pueden separar de la Madre. Ella también apunta al que es el principio y el fin de todo: Jesucristo.

“Sé tú misma, Valencia”. Vuelve a tus raíces y ganarás en lo más valioso a lo que puedes aspirar. Vuestros antepasados, a los pies de la Virgen, confiaron en el Señor y comprendieron la verdad. Alcanzaron la vida. Cristo es la Verdad y la Vida.

Como Pilatos tenemos delante la verdad que es Jesucristo. Y no somos capaces de reconocerla. Esta es la tragedia de los hombres de nuestro tiempo y esta es su mayor indigencia: la indigencia de la verdad. ¿Dónde está el verdadero sentido del hombre? ¿Dónde hay una luz que le ilumine de forma radiante sus más profundos misterios y responda sus preguntas más auténticas?

Cree la Iglesia que Jesucristo muerto y resucitado por todos, da a todos su fuerza y su luz para responder a la vocación a la que ha sido llamado. No hay otro nombre en el que podamos ser salvos. Él es la clave y centro de todo.

Lo mismo que en el pueblo valenciano la fe por Ella no muere, también por Ella ha nacido y crece, porque Ella es la primera evangelizadora, la estrella de la evangelización. Y por ello este año jubilar del centenario ha de ser, como hemos dicho en el Sínodo diocesano, un año para la gran misión, una misión popular diocesana, en toda la diócesis, y ha de ser una misión y evangelización mariana y así será el anuncio y testimonio de Jesucristo, anuncio en obras y palabras. Que nadie se quede sin participar en esta gran misión popular, en todos los pueblos y ciudades, en todas las parroquias y comunidades. Dejémonos evangelizar por Ella, la “Mare de Déu, Mare dels Desamparats, Mare dels bons valencians”.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia