Carta Semanal del Cardenal Arzobispo de Valencia

14 de Junio 2020

Celebramos con inmensa alegría, y más aún en medio del dolor de la pandemia, la fiesta de Corpus. Tenemos en la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la fuente y el hontanar inagotable de amor y de abrirnos a todos. Porque de lo que celebramos en el Corpus Christi brota amor, amor que no se agota, amor que se renueva cada día, amor que se extiende a todos, amor que no tiene límite. Cuanto es el Cuerpo de Cristo sólo puede tener una explicación: Dios que es amor. Esto es lo que podemos tener por más cierto, lo que nos abre a la esperanza grande, verdadera, firme: Dios ama a su criatura, el hombre; lo ama sin medida también en su caída y no lo abandona a sí mismo. Él ama hasta el fin, sin medida y sin excluir a nadie, siempre. Su amor es inagotable, llega realmente hasta el extremo en la entrega de su Cuerpo.

Ahí, en ese Pan, que es Pan de vida, ahí está realmente Dios, Amor de los amores. Ahí tenemos todo su amor que no se acaba, ahí se nos da su amor para que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado. En ese Cuerpo de Cristo está todo: todo el sentido de su vida y de su pasión: despojarse de su rango, por nosotros; inclinarse ante nuestros pies manchados, cansados y lastimados por tantas cosas en nuestros caminos. El no hace acepción de nadie, ni siquiera del que le iba a traicionar y entregar, o del que le negaría tres veces, ni de los que, cobardes y miedosos, huirían ante el fracaso aparente del Maestro; no hace acepción de nadie. “El amor del Señor no tiene límites, pero el hombre puede ponerle un límite: el rechazo del amor, el no querer ser amado, el no amar” (Benedicto XVI).

Todos quedan convocados a la mesa de la unidad. El mismo Jesús, en la sobremesa de aquella Cena, en que nos dejó su Cuerpo, poco antes de su Pasión y de la dispersión de los discípulos, dirigirá al Padre aquellas palabras sobrecogedoras: “Que todos sean uno como Tú, Padre, estás en mí y Yo en Ti; que todos sean uno para que el mundo crea que Tú me has enviado”. Sólo será posible esta unidad, si se entra en la esfera de su Amor, y si amamos con su mismo amor, es decir, como Él nos ha amado; sólo será posible superar la división originada por la envidia o la ostentación, por la búsqueda de poder o por encerrarse en los propios intereses, si tenemos los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que se despojó de su rango, se rebajó y condescendió en un amor hasta el extremo en la obediencia al Padre que quiere a todos los hombres. Con estos sentimientos de Cristo Jesús podemos vivir con toda verdad cuanto se significa en la fiesta del Cuerpo de Cristo, fiesta de adoración y fiesta del amor fraterno.

¡Qué maravilla y qué grandeza lo que aquí se nos hace presente! Invito en esta fiesta de Corpus Christi a contemplar y gozar el misterio eucarístico, el del Cuerpo de Cristo. Nada menos que en él se nos hace comensales de la misma mesa de Dios, somos sentados a su mesa y Él nos sirve: ¿puede haber mayor grandeza y dignidad, mayor elevación, para el hombre que ser invitado a sentarse con Dios y tomar el alimento que Él nos ofrece: la carne de su Hijo, es decir, todo su amor y su vida?¿Cabe mayor apuesta en favor del hombre, o mayor don que el ser considerado familiar, amigo y compañero de mesa con Dios, anticipo, por lo demás de lo que será eternamente en el Reino de Dios, en el banquete de los cielos?¿Hay algo que nos pueda hacer vivir con mayor alegría y con mayor esperanza en esta vida? Cada uno de los hombres es convocado aquí y llamado por su propio nombre en este gozo inmenso. Cada uno puede verse dentro del proyecto de Dios; que tiene su puesto, su sitio, individual e inalienable, en la mesa y familia de Dios. La Eucaristía, el Cuerpo de Cristo, su fiesta, nos ofrece así como un anuncio siempre nuevo y siempre eficaz de recobrar y vivir el gozo y el coraje de vivir. Aquí se nos invita a que la mesa de nuestra vida, de cuanto somos y tenemos, esté abierta a los demás. Esto sí que cambia el mundo.
Que la fiesta de Corpus, un año más, sea ocasión de una renovación honda en nuestras vidas y en nuestra sociedad. Celebrar en su verdad esta fiesta es abrirse a un gran futuro. Es el futuro que pido para este mundo nuestro necesitado de un amor grande, inmenso, universal, participación y reflejo del de Dios, y germen de una nueva civilización del amor, de amor y pasión en favor del hombre, de todo hombre, sea de la condición que sea. Feliz días a todos, venid a Él y adorémosle.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia