Carta Semanal del Cardenal Arzobispo de Valencia

31 de Mayo 2020

Muy queridos diocesanos; una vez más me dirijo a vosotros estos últimos meses. En mi homilía de la fiesta de nuestra Señora de los Desamparados, entre otras cosas, dije: ”Estamos, hermanos, en una situación muy difícil, no sólo por la pandemia del covid-19, sino, además, por las múltiples crisis derivadas de ella, entre las cuales está la gravísima crisis económica con un cifra escalofriante de destrucción de empresas pequeñas y de negocios y la pérdida o destrucción de miles de puestos de trabajo, con todo lo que esto significa y las repercusiones que tiene familiares, humanas y para la vida misma y el caos en que se ve o puede verse anegada España, camino de la ruina; y tened muy por cierto que Jesucristo está muy unido y abrazado a todos éstos y a esa multitud ingente de los que gimen bajo la dura realidad de las múltiples y nuevas pobrezas , como la del covid-19, que afligen a este mundo, muy querido por Dios, por Jesucristo que nos quiere de verdad. De Él escuchamos su voz que nos dice y pide que permanezcamos en su amor, que no nos apartemos del amor de Dios y a Dios, por encima de todo, y que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado, con el mismo amor, con el mismo amor con que son amados todos los Desamparados por su Madre Santísima que nos dio como Madre nuestra junto a la Cruz, la cruz de esa multitud ingente de hijos que sufren hoy; esta situación llama e interpela a la conciencia de los cristianos de Valencia que tendrá que hacer mucho, cuanto esté de su parte, adoptando medidas concretas para toda la diócesis y en toda la diócesis”.

Y añadía en esta misma homilía, recordando el pasaje de las bodas de Caná en el que María indica a los criados “haced lo que Él os diga”, que para nosotros resultan programáticas: La verdadera devoción a María nos lleva siempre a hacer lo que Jesús nos dice en estos momentos: “Dadles vosotros de comer, estuve enfermo y me visitasteis, sed misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso”. Y ser misericordioso entraña el hacer en estos momentos cuanto podamos por los parados, por los que han perdido su trabajo y sus respectivas familias, que tantos dramas y daños están causando, evitar sus causas y consecuencias, y exigir a quienes debamos hacerlo que gestionen bien la cosa pública, diáfana y responsablemente y con sentido del bien común y que Dios les ilumine de tal manera que a los trabajadores “nadie les robe la dignidad del trabajo” (papa Francisco), que se cree riqueza productiva por los sectores productivos que deberían ser convocados públicamente a colaborar, por el mantenimiento de las empresas, y que promuevan ya un rearme moral que está en la base para un cambio de situación tan grave como en la que estamos sumidos y hundidos; y que todos juntos, con lealtad, claridad, verdad y generosidad colaboremos unidos, en la medida de nuestras posibilidades y responsabilidades, también la diócesis en cuanto tal se sume, por ejemplo, renovando y poniendo en vigor, una COMISIÓN DIOCESANA, que ya existía desde tiempos de nuestro querido y recordado Arzobispo D. Miguel Roca, de cristianos comprometidos; una COMISION o JUNTA DIOCESANA, plural y pluridisciplinar, POR EL EMPLEO, POR LOS PARADOS Y LA REGENERACIÓN SOCIAL, DE LUCHA CONTRA EL PARO Y EN FAVOR DE UN EMPLEO DIGNO: Una Comisión diocesana que estudie y analice los múltiples aspectos de esta situación compleja, y nos indique actuaciones y sugerencias a seguir, una Comisión Diocesana, eclesial, abierta y comprometida a colaborar con otras instituciones civiles y sociales, como digo, de cristianos comprometidos, libre, muy libre, de gente preparada y adecuada. De pensamiento y acción, crítica e independiente, que no sólo se fije en lo económico, aunque sin duda atienda lo económico prioritariamente, sino que se fije también en otros aspectos necesarios para el bien común y el bien de la persona, moral, humana, espiritual, y la urgente recomposición moral, espiritual y cultural del tejido social que se requiere. Por todo esto, y secundándolo más explícitamente, os escribo esta Carta Pastoral sobre el drama del paro. Tal vez estéis cansados de tantos escritos míos en este tiempo de “confinamiento” y quizá no os dé tiempo a leerlos y asimilarlos, pero como Obispo, pastor, hermano y padre no debo dejar pasar un asunto tan urgente como el del drama del paro, que pide de inmediato una respuesta de justicia y caridad, de caridad política de la comunidad de cristianos de la Iglesia que peregrina en Valencia. Sé que estáis haciendo mucho por los parados y sus familias, desde la ayuda de alimentos y de ropa, hasta otro tipo de ayudas solidarias y que estáis colaborando muy bien con Cáritas Diocesana y Parroquial, con los economatos de parroquias y arciprestazgos, con comedores en Colegios diocesanos, etc, y con otras instituciones e iniciativas nobles que trabajan en este sentido: muchas gracias y seguid haciéndolas, sin desmayar, abrid también comedores sociales diocesanos desde Cáritas y otras instituciones eclesiales, favoreced los “veranos diferentes” desde los Colegios diocesanos…

I) EL DRAMA DEL PARO

Nos encontramos ante una cifra oficial de parados en España que a todos nos sobrecoge y asusta. No es la misma situación ahora que la de otros momentos, no lejanos, en que se producía también una alarma social similar por el paro. Pero ahora estamos ante un record histórico del paro, que amenaza con aumentar, y más después de los pactos oscuros tan comentados y criticados por amplios sectores de población y que dañan incluso la democracia reconquistada con tantos esfuerzos. No podemos desligar esta situación de la situación de crisis sanitaria provocada por la pandemia del covid-19, sino situarla allí mismo, en su contexto. No podemos desligarla tampoco de la gran crisis de humanidad, moral, espiritual y cultural en que está acaeciendo esta misma pandemia; no podemos desligarla de la caída y destrucción de tantas empresas pequeñas y medianas, familiares, e incluso grandes, vinculadas estas caídas a la gran crisis de la salud, sobrevenida en estos últimos tiempos, en los que estamos asistiendo a una paralización de la economía y del desarrollo debido, entre otras causas, a las medidas oportunas que había que adoptarse de confinamiento. Nos encontramos en un momento de gravedad extrema y suma dificultad que reclama respuestas y soluciones no solo paliativas sino soluciones de superación real y eficaz. Y, por eso, creo una Comisión Diocesana en Valencia por el Empleo y contra el Paro, a la que me he referido antes.

Las gentes se han sentido y siguen sintiéndose muy alarmadas por la gravísima crisis sanitaria mundial, de la que, como percibimos, no anda lejos el enemigo del hombre y príncipe de la mentira, Satán, y también la crisis de valores y actitudes, pero la voz de alarma ha subido decibelios cuando se están experimentando las gravísimas crisis económicas que se están produciendo simultánea o concomitantemente, y el incumplimiento ya varios meses de las pagas prometidas y debidas por parte del Gobierno, y todavía no abonadas. Como en otros momentos, lo económico sobresale por encima de otros aspectos de las crisis inherentes y algunas tan o más peligrosas para el futuro del hombre y de la humanidad que la misma pandemia del covid.

En todo caso esta situación, dolorosísima y difícil, reclama respuestas decididas y claras; por lo que se refiere al paro cuyo número ocupa la cota más alta de nuestra historia española, por desgracia, previsiblemente en aumento, y que no se puede comparar a otras épocas de gran paro acaecidas en nuestro país. Es verdad que no se trata de un fenómeno sólo nuestro, aunque tenga sus connotaciones muy propias y diferentes a otros países de nuestra área, que habrá que analizar; es un problema universal de los tiempos actuales.

No veamos el problema solo desde la perspectiva de lo que el erario público debe pagar en indemnizaciones, con el consiguiente déficit, endeudamiento y con las consecuencias que esto tenga o pueda tener para el PIB; ni tampoco creamos que se soluciona con la así llamada “renta básica”, ni con un salario mínimo universal, a cargo del Estado, que paliase momentáneamente efectos como el hambre y otras situaciones dramáticas, lo agravaría; lo que sucede es que no hay actividad económica productiva, por múltiples causas que dejo a los verdaderos expertos en economía, y por tanto no hay trabajo, ni puestos de trabajo, sin más, y este es el principal problema que hay que atender y atajar porque no se puede privar de la dignidad del trabajo, más allá, incluso, del dinero: lo primero es el trabajo, la posibilidad del trabajo, la dignidad del trabajo que no se puede quitar o “robar”, con expresión del papa Francisco, que reclama la dignidad de toda persona humana, que eso es a lo que se refiere el papa Francisco e inmediatamente antes que él, los papas San Juan Pablo II y Benedicto XVI en conformidad con la doctrina social de la Iglesia, como aclaró días atrás magníficamente el Obispo Secretario de la Conferencia Episcopal, Mons. Luis Argüello.

Hay que añadir, además, que, creo y a la vista está, no se están aportando respuestas suficientes y válidas, y que los pronósticos de futuro, al mismo tiempo, no son nada halagüeños: va a crecer el paro seguramente en los próximos meses, y se constata y pronostica como algo irremediable en esta situación de la sociedad. Se trata de un gravísimo mal, pues, uno de los peores males, sin duda.

Ante la urgencia, gravedad y extensión, de este mal personal y social del paro, que atañe al bien de la persona y al bien común, a las familias y a los individuos, todos estamos emplazados a aportar caminos y soluciones y superarlo y vencerlo, en la medida de lo posible, al menos aminorarlo en número y en sus graves consecuencias, todos juntos y colaborando todos. Este debiera ser objetivo prioritario de la actuación del gobierno: trabajo y trabajo, puestos de trabajo y empleo decente y digno; pero también, estimo, habría de serlo de toda la sociedad, porque es una cuestión que afecta a todos y a todos incumbe su superación y la erradicación de sus causas. El paro, sin duda alguna, es una de las peores calamidades de nuestra sociedad; uno de los peores males que la aquejan; el paro de hoy no es un mal más entre los muchos que padece nuestro mundo enfermo, y no sólo del covid-19; constituye, de hecho, una especie de tumor maligno muy profundo y agresivo, con grandes y graves ramificaciones, que -¿por qué no decirlo?- está juzgando a nuestra sociedad y condenando a un mundo, y a un modo de vivir como el nuestro.

Me viene a la memoria que en los años 1983-1984, cuando España también se vio azotada por una crisis de paro, pero de otra manera, muchísimo menos extensa y honda que la de ahora, Mons. Antonio Palenzuela, entonces Obispo de Segovia, (un hombre de fe, fiel al Evangelio, apasionado por la verdad, libre, amigo y maestro que tanto echo de menos ahora por muchos motivos, defensor del hombre y de los más pobres) dijo y escribió cosas, que merece la pena recordarlas y leerlas de nuevo porque son de gran valor, muy lúcidas, y actuales.

A propósito de la realidad del paro, fenómeno tan de la actual época moderna, afirmaba, con la libertad que lo caracterizaba, lo siguiente: «El paro es uno de los mayores males que afectan a las sociedades modernas. Produce hambre, miseria, frustración, crisis familiares, humillación y desesperanza y puede desembocar en una cadena de guerras y revoluciones como ocurrió con la crisis de los años treinta. Ahora, drogados por tanto ruido, tanta imagen, tanto alcohol, tanta droga, tanto engaño publicitario e ideológico, tanta cosa poseída, disfrutada y consumida, tanta libertad sin compromiso y entrega, no advertimos un mal tan grande que, de una u otra forma, nos afecta a todos». Y añadiría que esta situación se ve agravada actualmente en la sociedad posmoderna, materialista, hedonista, sin rumbo, libertaria, afectada por una gran crisis cultural y moral, con pérdida muy notable de la verdad, inmersa y dominada en un relativismo feroz, sumida en el engaño y la mentira, en la falta de transparencia y en el endiosamiento de la libertad omnímoda, individualista, contraria a la vida y a la familia, con una gran crisis espiritual y humana, en que se hace desaparecer a Dios del horizontes de nuestras vidas y de la vida social y pública, con fuerte carga de horizontalismo y secularización terrestre sin mayores miras, insensible al bien común que es inseparable de la persona, y por lo que se refiere a España con un gobierno social-comunista que parece que valora más el interés propio e ideológico y el poder por encima de la justicia. Cuando escribo esto, me duele hacerlo y pido perdón si alguien se ofende; pero es la verdad, dígase lo que se diga.

II) EL PARO SIGUE Y AUMENTA

El paro, «cáncer terrible de nuestra sociedad», «no es un mal cualquiera», porque, «además del hambre y de la miseria, de las humillaciones y frustraciones, de las crisis familiares, o de las desesperanzas que produce» y hasta de muerte en algunos casos, hiere al hombre o la mujer sin empleo, al adulto o al joven, en lo más profundo de su dignidad humana, que la ven perdida o dañada, «porque se les ha despojado de ella» al verse privados de un trabajo decente, sin el que «el hombre contemporáneo, al menos en nuestras sociedades, no se considera ´realizado` como persona». Lo que más preocupa a los españoles -y desean-, según los datos de población, es tener un puesto de trabajo. «Les va en ello su dignidad y ser hombres y mujeres. Estremece sólo imaginar qué puede ser de una juventud que, después de una preparación escolar a veces demasiado larga, entra en la edad adulta, sin haber alcanzado un puesto de trabajo algo estable» (A. Palenzuela). Por eso la Iglesia en Valencia crea una Comisión Diocesana por el Empleo y de lucha contra el paro de cristianos comprometidos, libre, de pensamiento y acción, con estudios serios y fundamentados que ofrezca directrices, sugerencias y proyectos concretos, crítica, sólida e independiente, que no se fije exclusivamente en lo económico, que sin duda lo va a atender prioritariamente, sino que se fije también en otros aspectos necesarios para el bien común y de la persona hoy y aquí, moral, humana, social, cultural, espiritual y para la urgente recomposición moral, espiritual, humana y cultural del tejido social que hay que reparar y restituir por vías de urgencia.

A toda esta situación tan grave podríamos añadir algo que aún la hace más dramática: «No se ve, además, una pronta salida de tal estado de cosas. Quien en la edad madura pierda su puesto de trabajo, puede dar por casi seguro que no encontrará otro. En estos casos hay familias que llegan a extrema necesidad y viven en angustiosos y permanentes conflictos. El paro juvenil está afectando a los adolescentes que van a ver aún más incierto su futuro”.

Por más que impere, en el ámbito público y privado, un decidido interés por entretener y ´divertir` a la juventud, ésta ha perdido la confianza en el mundo adulto. “De esta pérdida todos tocamos los terribles efectos. Pero nos hemos ido acostumbrando y nos domina la indiferencia, la apatía y el fatalismo», la pasividad cuando se vive subvencionado, de hecho.

«No se puede negar -añadía Mons. Palenzuela como análisis de las causas- que factores técnicos son causa del paro. Pero también lo es en una gran medida la falta de solidaridad en nuestras sociedades. Son patentes muestras de ella, la acumulación de empleos, los salarios exorbitantes y no justificados, la aplicación de ingentes recursos económicos a satisfacer necesidades artificiosamente suscitadas por la manipulación de los medios de comunicación, el consumismo, (la aplicación de ingentes medios económicos a la satisfacción del lujo, el derroche sin sentido, el crecimiento irresponsable del gasto público), y sobre todo, la pérdida del sentido de los valores morales que lleva a subordinar a los intereses económicos e ideológicos, el bien del hombre y de la sociedad». «El paro es el fruto de un orden de cosas que hace de lo económico el valor supremo, un dios», y otro “dios” el poder y el dominio.

Nadie puede sentirse espectador desde fuera ante el paro. El paro juzga a una sociedad como la nuestra. Más aún, el paro condena a un mundo como el nuestro. Todos, ante el paro masivo, somos y debemos sentirnos solidarios y responsables, de manera particular los cristianos, que tenemos una razón especial para ello: «Si a Dios le interesa apasionadamente el destino del hombre, al cristiano no puede serle indiferente el problema del empleo y del paro. En él está en juego, directa o indirectamente, el destino de los hombres y sociedades de nuestro tiempo». Es la hora de la verdad, la hora de la caridad. Verdad y caridad se muestran cuando uno es capaz de darse enteramente para ayudar y salvar, hasta la vida misma, como ese testimonio admirable y sobrecogedor, que estos días han dado y están dando a todo el mundo, médicos, enfermeros, enfermeras, personal auxiliar, cuidadores de ancianos, religiosas, religiosos, sacerdotes, fuerzas de seguridad y ese largo etcétera, cuyo valor y ejemplo de solidaridad tanto admiramos y felicitamos; algunos, muchos, han dado su vida por salvar a otros. Dios habrá premiado su extraordinario y tan esperanzador testimonio de solidaridad y de servicio, más aún de un amor al prójimo, de caridad heroica, que es reflejo del Amor que es Dios, tan sumamente apasionado por el hombre: no sólo dan algo o mucho, sino que se han dado a sí mismos. Desde aquí mi condolencia a las familias, mi oración, mi agradecimiento y admiración por tan alto ejemplo de virtud, servicio y valor a toda la sociedad, y por la esperanza a la que nos mueven. Dios no nos deja en la estacada.

No puede sernos, en absoluto, -no nos es- indiferente realidad tan dura, crucial y decisiva. Es preciso ofrecer respuestas a la voz tan paciente de los parados. Con palabras de nuevo de Mons. Antonio Palenzuela, reconozco que «sin duda serían necesarias profundas reformas de la sociedad (reformas económicas, un nuevo orden en la economía y en el ámbito laboral), nuevas formas de trabajo y, sobre todo, un rearme moral -y no el permisivismo con el que se trata de ´encantar` a las masas- para poder repartir las cargas que trae consigo la situación sufrida por la pandemia además de la necesaria revolución tecnológica. Pero aunque nuestros esfuerzos individuales sean bien poca cosa para remediar tanto mal, quienes hoy carecen de trabajo nos apremian para que los ayudemos a llevar su carga y les mostremos así nuestra solidaridad», y para eso creamos la anunciada Comisión Diocesana en favor del Empleo y de lucha contra el Paro.

Un ejemplo y testimonio maravilloso, una ayuda valiosísima y hasta imprescindible como estamos viendo y palpando, lo están ofreciendo, en primer plano y línea de vanguardia, eficazmente, tanto las familias -precisamente las familias de siempre, las llamadas tradicionales, tan denostadas por algunos- y la obra de «Cáritas» -nacional, diocesana o parroquial (la Iglesia, en definitiva),-. Sin las familias y sin las «Cáritas» de manera muy principal -no olvido ni omito otras instituciones y asociaciones con su importante e imprescindible aportación-, la gravedad del paro y la crisis económica que nos envuelve serían sin duda mucho más lacerantes todavía: familia y Cáritas están siendo ya un notable paliativo, no sólo digno de encomio, sino merecedor, además, de reconocimiento público y de apoyo por parte de quienes deben y debemos apoyarlas con gestos y disposiciones oportunas.

III) NO DESCIENDE EL PARO: HAY QUE ACTUAR, YA

«Los hombres y mujeres en paro agradecen cuanto se haga por sacarlos de apuros extremos. Pero quieren, ante todo, un puesto de trabajo. Les va en ello su dignidad… Hay mucha generosidad, frecuentemente anónima, en favor de quienes carecen de trabajo. Pero no basta» (A. Palenzuela). Sin duda que serán necesarias notables reformas económicas, sociales y estructurales, reestructuración de sectores de producción, cambios tecnológicos,…; todo esto me sobrepasa y seguramente sobrepasa a muchos. En todo caso son cambios lentos, porque «un cambio en las hodiernas condiciones resulta siempre lento» y sus resultados no pueden ser inmediatos. Esto habrá de abordarlo con sabiduría y prudencia la Comisión Diocesana creada estos días, abierta a otras instancias y dispuesta colaborar con ellas. Pero hay medidas -no quiero ser utópico ni superficial- que sí son posibles –algunas ya las he dicho-. «Habrá que buscar entre todos campos nuevos de trabajo y formas nuevas de asociarse para crear más trabajo. Y, sobre todo, será mayor la solidaridad entre todos». Esta solidaridad puede canalizarse y organizarse -seguramente está en ello ya Cáritas y la citada Comisión Diocesana-, «estableciendo, por ejemplo, fondos de ayuda, que no suprimirán el paro, sin duda, pero remediarán las consecuencias del paro en algunos casos extremos y serán una prueba de verdad de la cercanía a los desempleados y del interés por ellos. Y por ello, entre otras cosas, habría, que abrir ya una cuenta para recaudar fondos, que abro con mi aportación durante tiempo indefinido de mi nómina mensual de la Conferencia Episcopal. Recuerdo, una vez más, que lo importante es crear trabajo y en este sentido, lo que supuso desde Cáritas diocesana de Granada, en los años 90, el gran esfuerzo llevado a cabo para, con cursos de formación profesional, fondos de ayuda, orientaciones y acompañamiento correspondientes, promover iniciativas de asociación y cooperación entre parados y generar así algunas pequeñas empresas, que constituyeron una esperanza; y lo que está haciéndose en estos momentos por Cáritas en la creación de puestos de trabajo .

Recuerdo y evoco también, algunas iniciativas que promovieron empresarios cristianos de los grupos «Centessimus Annus» que en España intentaron promover iniciativas y nuevos puestos de trabajo.

Es necesario que entre en la conciencia de toda la urgente y apremiante respuesta de solidaridad con los parados. «Quien tiene un puesto de trabajo, decía Mons. Palenzuela en la década de los 80, ha de dar algo de lo que éste le produce, en favor de quien carece de él y lo busca. Nadie se excuse con que ya paga sus impuestos e indirectamente ayuda a los parados. Hay cosas en la sociedad y, sobre todo, en la vida de los individuos que no se consigue sólo con los impuestos. El desempleado busca ante todo trabajo y no se contenta con un subsidio -cuando se tiene- o con una limosna, aunque esto se lo ofrezcan como consecuencia y expresión de una solidaridad debida. Mientras dura la crisis, además de colaborar lealmente con las instancias políticas y económicas para salir de esa crisis, se habrá de colaborar en todo intento de crear formas, por ejemplo, de cooperativismo y otras para mitigar el paro». No se trata de acudir a subvencionar la renta mínima, sino de proporcionar y favorecer puestos de trabajo, no destruir empleos sino crearlos. Así se evitará algo tan dañino como el estado de dependencia, de consecuencias tan funestas.

Es preciso reconocer públicamente lo que CARITAS diocesana y la colaboración de las caritas parroquiales están haciendo en el tema concreto del paro; pronto haremos público un informe de toda su actividad; que hemos de dar a conocer para edificación y ejemplo nuestro y de quien corresponda.

El paro, pues, reclama medidas técnicas que seguramente no están al alcance de muchas manos y en eso también ayudará la Comisión Diocesana, pero reclama urgentemente la solidaridad de todos con los parados; insisto, más aún y de una manera muy particular de los cristianos, sobre todo, en esa forma que va más allá de la misma solidaridad y que es la caridad, a la que corresponde también una dimensión política, como recordaba el papa Benedicto en su primera Encíclica Deus Caritas est, y en su tercera Caritas in Veritates, o como nos está indicando en multitud de ocasiones el papa Francisco: estamos «en una época en la que cualquier cristiano que se empeñe en ser fiel a su condición de cristiano, habrá de tener en cuenta el paro, mientras no se desarraigue del todo este mal».

La Iglesia en España clarísima y ejemplarmente se solidariza con nuestros parados. Es necesario seguir formando «las conciencias en esta materia», continuar «ayudando a los parados en sus necesidades inaplazables y buscando, con todos, nuevos caminos en el orden económico y en otros órdenes. La Iglesia no puede erradicar el paro. Y, sin embargo, puede ayudar mucho a remediar sus consecuencias y a cambiar las conciencias en vistas de un nuevo orden económico» y ayudará también y en primer término promoviendo la nueva evangelización que urge y apremia. «La atención al paro seguirá constituyendo una preocupación prioritaria de la acción caritativa y social de las parroquias, comunidades religiosas, asociaciones, grupos e individuos… Los desempleados habrán de sentir cercanos el interés y la preocupación de la comunidad cristiana por ellos». La apertura a Dios, la acogida de Él y de su amor, la fe en Él, la vuelta a Él, la conversión que tanto nos urge, «no es posible, si no damos un paso hacia esos hermanos nuestros que son víctimas de tanta miseria y humillación», como comporta el paro. No se pueden olvidar las palabras del Señor: «Tuve hambre y me diste de comer», o lo que es semejante: «Era uno de los parados y me ayudaste». «No bastará con un donativo, será necesario seguir este problema, cambiar de mente y de vida y buscar, en la medida de lo posible, salidas» (A. Palenzuela), y asociarse y crear plataformas adecuadas. ¿Dónde podemos ver la sensibilidad de los encargados de la cosa pública, su sensibilidad por la grave situación del paro, que es lo mismo que su sensibilidad por el bien común, base y fundamento de la cosa pública? La ayuda que estoy pidiendo también tiene mucho que ver con la Campaña de “ayuda a tu Iglesia, colabora con tu Iglesia”. Colaboremos de verdad ahí.

La Comisión Diocesana a la que tantas veces me he referido estará integrada por Cáritas Diocesana: Su Director Diocesano y quien él designe, la Universidad Católica de Valencia con la Facultad de Ciencias Jurídicas, Económicas y Empresariales: Su Rector y Decana y quienes designen, un Obispo Auxiliar, quien él designe, el Vicario General de la Diócesis y quien él designe, empresarios, trabajadores y expertos designados por el Arzobispo quien delegará su presidencia en la persona idónea para los fines efectivos de la Comisión Diocesana, y designará además, miembros del Consejo del Presbiterio. También se invitará a participar o colaborar con esta Comisión Diocesana a la Universidad Cardenal Herrera, otras instituciones e instancias del ámbito civil y expertos que se ofrezcan.

Para finalizar y resumiendo, en esta situación que estamos viviendo de pandemia, de acumulación de crisis, escuchamos la voz del Señor que nos llama a acoger su amor que se manifiesta en favor de todos y está en todos y con todos, singularmente de los que sufren por la pandemia de la enfermedad del coronavirus, y de las crisis múltiples que vivimos, entre otras, la de los parados y la de las penalidades que afectan a tantos y tantas familias, pobrezas y personas en estos momentos y el Señor nos recuerda aquellas palabras suyas ya en el libro del Génesis: “¿Dónde está tu hermano?” y a esos hermanos nuestros, como buenos samaritanos, debemos buscar, encontrar, atender, salir al paso con el mismo amor de Dios que Él nos da en Jesucristo por el Espíritu que derrama su amor en nuestros corazones, y animados por nuestra fe amemos con obras a estos hermanos nuestros por los que Dios por Jesucristo tiene un amor preferencial. Son muchas las maneras como se puede llevar a cabo lo que nos pide el amor de Dios en nosotros, y nosotros, personalmente o a través de Cáritas o de vuestras parroquias y de otras instituciones, lo estáis realizando ya de alguna manera. La Comisión Diocesana para el Empleo y contra el Paro es una de las iniciativas y ya nos irá diciendo esta Comisión concretamente cómo podremos colaborar y actuar, pero no esperemos a entonces, hay que actuar ya, porque es la hora de la caridad y de la misericordia y no debemos aguardar; es la hora de la fe, que reconoce a Jesucristo presente e identificado en los necesitados, y esta fe ha de manifestarse sin demora, y es la hora de la esperanza que no defrauda, si actuamos ya conforme a las promesas de Dios que nos está aguardando como a siervos suyos y nada menos que para darnos la gloria y la vida eterna si obramos conforme su querer y hacemos lo que Él nos pide hoy.

Que Dios y la Santísima Virgen, Nuestra Señora de los Desamparados, a quienes encomendamos los trabajos y acciones de esta Comisión Diocesana y todo nuestro actuar en favor de los hijos de Dios necesitados, nos ayuden y bendigan, y nos dejemos ayudar por Él y por Ella,- que ellos ya nos ayudan, como ya están haciendo siempre-; que nos den las fuerzas necesarias y su gracia, que nos conforta y fortalece para para que podamos hacer todo lo que Dios, Padre nuestro, nos pide ahora. Queridos diocesanos, que Dios os pague, bendiga a todos, colaborad y tened ánimo para que entre todos y la ayuda del Cielo y de todos caminemos en la dirección adecuada y necesaria; esto también podemos verlo como fruto del Sínodo y de la oración y del tiempo de la pandemia. Y, por último, ya, no olvidemos el aspecto educativo, que también es manifestación del amor y de la misericordia de Dios en nosotros: es necesario tomar conciencia de la responsabilidad que todos tenemos con respecto a la educación, todos estamos llamados, como nos recuerda el papa Francisco, “a fin de alimentar el espíritu de encuentro, unir esfuerzos por una alianza educativa amplia, para formar personas maduras, capaces de superar fragmentaciones y contraposiciones y reconstruir el tejido de las relacione por una humanidad más fraterna”, un mundo más humano, y “desarrollar ese movimiento de solidaridad y unidad” entre todos que “podrá generar una humanidad renovada”; y en esto nuestros Colegios Diocesanos y las Escuelas Católicas”, y las Asociaciones de Padres católicos deberían asumir el liderazgo exigible, que les corresponde.

Valencia, 24 de mayo, 2020, fiesta de la Ascensión del Señor

+Antonio Cañizares Llovera