Carta Semanal del Cardenal Arzobispo de Valencia

7 de Marzo 2020

El pasado domingo, día 1 de marzo, se celebró en nuestra diócesis el día del Seminario, en el que ponemos nuestra mirada, nuestro corazón, nuestra oración, agradecimiento y afecto en nuestro seminario. Celebramos una Jornada entrañable e importante, como es el seminario en sí mismo. Tan importante como que es el lugar y el tiempo en el que se preparan los llamados a ser sacerdotes. ¿Hay algo que se pueda comparar a ser sacerdote? No se trata de honores, ni de glorias, ni de primeros puestos en la sociedad. Sencillamente –Dios lo ha querido–, por los sacerdotes y solamente por ellos tenemos la Eucaristía, “sacramento de la caridad y alimento de la verdad” (Benedicto XVI), de donde nace el sentido misionero, que por la caridad que de la Eucaristía brota, nos lanza a la misión y a las misiones.

Para que haya Eucaristía se necesitan sacerdotes, pero hay diócesis en las que la escasez resulta angustiosa y el pueblo cristiano se ve privado de la Eucaristía. Así nos lo ha recordado el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica “Querida Amazonía”, donde tanta falta hacen sacerdotes misioneros, precisamente para participar de la Eucaristía. Lo mismo podemos decir del sacramento de la penitencia, tan necesario para recibir la misericordia de Dios y su perdón. Necesitamos sacerdotes ministros y dispensadores del perdón, de la reconciliación, de la misericordia de Dios.

Hace falta intensificar la pastoral vocacional, en una especie de acción capilar. Los sacerdotes somos los primeros, que con nuestro testimonio, con nuestra vida honda y plenamente eucarística y penitencial, con la alegría y ánimo de ser sacerdotes, con nuestra oración, y con la llamada explícita a niños y jóvenes y la sensibilización de toda la comunidad, hemos de promover las vocaciones sacerdotales. Esmerémonos, entre otras cosas, en nuestra formación permanente para que podamos ofrecer un testimonio adecuado en orden a suscitar en otros el deseo de responder con generosidad a la llamada de Jesucristo, llamada a ser enviados, misioneros para anunciar y testificar el Evangelio a todas las gentes, y hacer de ellas discípulos de Jesús.

“La pastoral vocacional, en realidad, tiene que implicar a toda la comunidad cristiana en todos sus ámbitos. Obviamente, en este trabajo pastoral capilar se incluye también la acción de sensibilización de las familias, a menudo indiferentes, si no contrarias incluso, a la hipótesis de la vocación sacerdotal, siempre misionera. Que se abran con generosidad al don de la vida y eduquen a los hijos a ser disponibles ante la voluntad de Dios. En síntesis, hace falta sobre todo tener la valentía de “proponer a los jóvenes la radicalidad del seguimiento de Cristo mostrando su atractivo” (Benedicto XVI, CiV n. 25), y escuchando la voz que pide sacerdotes misioneros. ¿Sería un sueño ilusorio proponerse en nuestra diócesis que, como media, haya un seminarista por arciprestazgo?

Para que haya vocaciones al sacerdocio ministerial, misionero siempre, para que se formen bien los futuros sacerdotes, para que haya muchos y santos sacerdotes –tan urgente y apremiante para la Iglesia y el mundo– necesitamos un seminario bueno en todos los órdenes, desde el espiritual e intelectual, hasta el material. Para responder a las expectativas de la sociedad moderna y para cooperar en la vasta acción evangelizadora que implica a todos los cristianos, hacen falta sacerdotes preparados y valientes que, sin ambiciones ni temores, sino convencidos de la verdad evangélica, se preocupen ante todo de anunciar a Cristo y, en su nombre, estén dispuestos a ayudar a las personas que sufren, haciendo experimentar el consuelo del amor de Dios y la cercanía de la familia eclesial a todos, especialmente a los pobres y a cuantos se encuentran en dificultades, en definitiva para que sean misioneros. Como sabéis, esto exige no sólo una maduración humana y una adhesión diligente a la verdad revelada, que el Magisterio de la Iglesia propone fielmente, sino también un serio compromiso de santificación personal y de ejercicio de las virtudes, especialmente de la humildad y la caridad. También es necesario alimentar la comunión con los diversos miembros del pueblo de Dios, para que crezca en cada uno la conciencia de que forma parte del único Cuerpo de Cristo, en el que unos somos miembros de los otros. Para que todo esto pueda realizarse, os invito a mantener la mirada fija en Cristo, autor y perfeccionador de la fe.

Para que esto sea una realidad cada día más viva y plena, más amplia y extensa, pido a toda la comunidad diocesana que ayudemos a nuestros seminarios, mayor y menor, a los formadores que están llevando a cabo tan espléndidamente su labor y a los seminaristas que han respondido tan valiente como generosamente. Ayudemos con nuestra oración, con nuestro afecto, con nuestro apoyo, con nuevas vocaciones, y con las ayudas materiales, que también se necesitan.
Gracias a todos. Gracias, sobre todo, a Dios por concedernos vocaciones y un seminario como Él quiere, y gracias a los formadores y seminaristas del seminario mayor y menor de Valencia.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia