Carta Semanal del Cardenal Arzobispo de Valencia

11 de Diciembre 2021

Una vez más me voy a referir a la gran cuestión de la enseñanza, sobre todo teniendo presente la Ley Celáa a la que no me atrevo a llamar de “educación”, porque, entre otras cosas, ni siquiera menciona los términos “padre, “o madre o padres”, sin los que no cabe la educación, y los sustituye por los términos de “progenitor o progenitores”. Con lo que bien podríamos denominar no “ley de educación”, sino “ley de adoctrinamiento”. Me voy a basar en mi reflexión en la Encíclica “Fides et Ratio” (FR) de Juan Pablo II y su incidencia en la educación. La hago en unos momentos interpelados fuertemente por una emergencia educativa y por el anuncio o promulgación de leyes que nos hace plantearnos, una vez más, la cuestión de la enseñanza escolar, del papel de la enseñanza, de la libertad de enseñanza, de la enseñanza de la religión en el ámbito escolar: cuestiones que han salido nuevamente a la palestra. Tendré muy presente, de manera prevalente, la enseñanza religiosa escolar, porque desde ahí podremos abordar otras cuestiones relacionadas con la enseñanza sobre las que arroja luz (FR5).

En cumplimiento de su razón de ser y de la naturaleza escolar de la enseñanza religiosa, la Enseñanza religiosa escolar, la escuela misma en su tarea de educación tendrá muy en cuenta que, para cumplir con su misión, ha de ayudar a niños, adolescentes y jóvenes a que se encuentren a sí mismos y puedan lograr la “identidad” de su personalidad mediante una adecuada orientación a un significado último y total de sus vidas: ha de ayudar a formar y liberar la personalidad de niños, adolescentes y jóvenes en una dirección; es decir, ha de ayudar a los educandos a que hallen un sentido último a sus vidas y la orienten conforme a él en libertad. Para ello, a través de las posibilidades propiamente escolares, que son todas, la Enseñanza religiosa en la escuela habrá de transmitir el “saber o verdad” de la comunidad religiosa a la que pertenecen los alumnos, en toda su originalidad y peculiaridad, en su propia manera de pensar, de querer y actuar, visión de la vida humana y del mundo, en toda su fuerza de provocación, en todo lo que tiene de interpelante y de donación de sentido, y con todo el máximo respeto a la libertad de los alumnos.

Es éste un aspecto fundamentalísimo y una aportación clave, me atrevo a decir que imprescindible, de la enseñanza religiosa católica a la escuela: el dar respuesta a “las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy?,¿de dónde vengo y a dónde voy?,¿por qué existe el mal?, ¿qué hay después de esta vida?… Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia” (FR 1). El hombre tiene necesidad de una base sobre la que construir la existencia personal y social: Aquí está el quicio de la educación; y aquí está el núcleo de la enseñanza religiosa ahora y en el futuro. Esta exigencia profunda e insoslayable del corazón humano a la que ha de dar cumplida respuesta la educación, en general, y la enseñanza religiosa, de manera muy particular y específica, se siente todavía más, o de una manera más notable, cuando, como sucede hoy, el hombre de nuestro tiempo se ve obligado a “constatar el carácter parcial de propuestas que elevan lo efímero a rango de valor, creando ilusiones sobre la posibilidad de alcanzar el verdadero sentido de la existencia” (FR 5), lo cual conduce, como se puede comprobar en la sociedad actual, a que muchos lleven “una vida casi hasta el límite de la ruina, sin saber lo que les espera” (FR 6): reflejo, precisamente, de la ausencia de una auténtica educación o de carencias fundamentales en ella.

No es descubrir nada nuevo, ni condenar nada ni a nadie, sino constatar simplemente los hechos, el afirmar que la escuela y el sistema educativo vigente, fiel reflejo de una cultura dominante en nuestros días, presenta una visión unilateral del hombre y “parece haber olvidado que éste está también llamado a orientarse hacia una verdad que lo trasciende” (FR 5). Las consecuencias prácticas de esto quedan en evidencia: acaba comprometiendo el futuro del hombre; “su condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica” (FR 5); se va extendiendo, o incluso imponiendo, una mentalidad positivista que no sólo se aleja de cualquier referencia a la visión cristiana del mundo, sino que, y principalmente, olvida toda relación con la visión metafísica y moral (Cf. FR 46). Sin la referencia ética, y con la conciencia de las “potencialidades inherentes al progreso técnico”, parece que haya que ceder a la “tentación de un poder demiúrgico sobre la naturaleza y sobre el ser humano mismo” (Cfr. FR 46), y aceptar sin más una mentalidad cientifista que lleva a que “muchos acepten la idea según la cual lo que es técnicamente realizable llega a ser por ello moralmente admisible” (FR 88). Así se conduce hacia un pragmatismo.

+ Antonio Cañizares Llovera.
Arzobispo de Valencia