Carta Semanal del Cardenal Arzobispo de Valencia

8 de Noviembre 2020

Este mes de noviembre es tradicionalmente el mes de los difuntos, popularmente el “mes de las almas, en referencia a las almas del purgatorio; mes en que se hacen especiales oraciones por ellos y se dicen misas en sufragio por ellos. Se comienza con el día dos, día de los difuntos, en los que incluso se supera el número de misas”. Siguiendo la piadosa costumbre y la tradición enraizada en el pueblo cristiano hemos orado y encomendado al Señor a quienes nos han precedido en la vida y en la fe, y hemos ofrecido el sacrificio de Cristo en la Cruz, en sufragio de quienes nos han precedido en la vida y en la fe. Por ellos, por su eterno descanso en la paz del Señor, ofrecemos el santo Sacrificio de la Eucaristía, memorial de la pascua del Señor, como sufragio y acción de gracias.

Traemos ante el Señor, Dios de toda consolación, a nuestros seres más queridos y entrañables, a los conocidos y desconocidos, a todos los que no dejaron y acabaron su peregrinación. No podemos olvidarnos de ellos, ni tampoco podemos dejar de recordar en cada momento que la misericordia del Señor y su compasión son eternas y se renuevan incesantemente, cada mañana, siempre. Los que tenemos fe en el Dios viviente, que quiere al hombre y cuya gloria es que el hombre viva, tenemos la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre ellos, ni lo será tampoco para nosotros, puesto que en la vida y en la muerte somos del Señor, que no nos deja en la estacada ni ante el abismo de la muerte.

El día dos la santa madre Iglesia encomienda a todos sus hijos que han muerto en el Señor, y a todos los que han muerto y han acabado su paso por la tierra. Con ella encomendamos a todos a la infinita misericordia y compasión de Dios, imploramos para todos ellos el perdón de sus culpas; llenos de fe y de confianza, pedimos a Dios, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo, que, en su benignidad que no tiene límite y nunca se acaba sino que se renueva permanentemente, los lleve con Él, les conceda la paz y el gozo eterno de su presencia, y que se sacien de Él, contemplándole y gozando eternamente de su amor que no tiene límite. Al mismo tiempo, damos gracias a Dios por todos los bienes y dones que a través de los fieles difuntos, nos ha concedido, muestra y prueba, garantía, de su infinito amor que nos ha manifestado y dado en su Hijo Jesucristo plenamente que nunca podríamos ni siquiera soñar. ¡Qué consoladoras y esperanzadoras palabras las que escuchamos en un texto del Evangelio de Juan! Poco antes de su muerte, de su paso de esta vida terrena, poco antes de su partida, que sería después tan dolorosa y que dejaría tan cariacontecidos y hundidos a sus discípulos, les comunica que iba a partir a la casa de su Padre, Dios eterno y misericordioso, para prepararles un lugar, para que donde estuviese Él, estuviesen también sus discípulos.
Esta es la gran noticia y la gran esperanza, en la casa de su Padre y nuestro Padre, en el cielo, hay muchas moradas, Jesús nos ha precedido y nos ha preparado un lugar, junto a Él: ¡Tenemos un lugar dispuesto en el cielo para cuando acabemos nuestra peregrinación! Sabemos bien a dónde vamos. Nuestros días, nuestra vida no acaba en el vacío, no es un eterno caminar sin meta alguna, tiene un destino, una meta gozosa: el descanso en la morada ya dispuesta del Señor, en la casa paterna, familiar y anhelada; tras el duro caminar de nuestros días, amasados entre llantos y trabajos, logros y fracasos, nos aguarda un lugar en la casa del Padre que sabemos muy bien cuánto nos ama como vemos en Jesús, su Hijo, que ha venido en carne para hacernos hijos de Dios.

Es verdad, Dios nos ha dado a Jesucristo, su amor plenamente y en una medida que nunca podríamos ni siquiera soñar por nosotros mismos: nada menos que nos prepara un lugar para que vivamos con Él para siempre de su presencia y de su amor que no tiene límite ni ribera alguna. Esta es la verdad, la verdad de nuestro ser hombres; aquí está la vida que no muere y que anhelamos gozar como dicha y felicidad. Dios se muestra tan generoso y misericordioso con nosotros, que no sólo nos muestra la meta, sino que, ¡además y como colmo!, para ir hasta esta casa, nuestra patria verdadera, nos ha mostrado el camino: ¡Él mismo, Jesús, es el camino, la Verdad y la Vida! Quien cree en Él y le sigue tiene y alcanza la vida eterna.

Con la esperanza y la confianza que todo ello suscita en nosotros, confiamos que los fieles difuntos, de los que hacemos memoria ante el Señor, por la misericordia y la bondad infinita de Dios, participarán de esa dicha en la morada eterna, la casa del Buen Dios, que el Señor ha prometido a sus servidores fieles y vigilantes. Pedimos a Dios, padre de misericordia, que guiados y llevados sobre los hombros del Buen Pastor, los lleve junto a Sí, a su casa paterna, el hogar familiar al que Él ha querido que pertenezcamos y donde nos ha preparado un lugar.

En ese hogar el Señor mismo lava los pies fatigados, enjuga las lágrimas, cura las llagas, y alivia el cansancio de los que terminan su peregrinación y vienen de la gran tribulación. El recuerdo de todos los fieles difuntos, entre los que contamos a nuestros seres más queridos que ahora tenemos en nuestra mente y en nuestro corazón y a nuestros hermanos que nos han precedido y descansan en el Señor, nos evoca la realidad tan cierta de la muerte, y, sin embargo, tan contraria al hombre, tan no querida por Dios para el hombre, puesto que es el Dios de vivos y fuente inagotable de vida. La muerte es la gran enemiga del hombre. La muerte nos arranca de la tierra de los vivos, y nos sume en la soledad de la ausencia de los seres queridos. Pero, al mismo tiempo, los cristianos, como hombres y mujeres de fe y de esperanza, miramos también la muerte con la luz que nos ofrece la fe y la escucha de la Palabra de Dios, tan luminosa, como la aurora luciente que alumbra un nuevo día, un día sin ocaso. Esa Palabra, que no es otra que Cristo mismo en persona, nos habla de la dicha del siervo vigilante al terminar su servicio, de la dicha del servicio cumplido fielmente, de la carrera fielmente coronada, de la meta alcanzada, de la victoria sobre la muerte con la resurrección en Cristo, que nos ha precedido yendo delante de nosotros en su muerte a la casa del Padre, donde hay muchas moradas, para prepararnos un lugar.

Y también, Jesús, Palabra eterna de Dios hecha carne de nuestra carne, nos habla de que hemos de estar preparados, y dispuestos, como fieles siervos, para abrirle la puerta cuando Él llegue. Que Dios, Padre de misericordia, escuche nuestra plegaria por los difuntos que le dirigimos desde lo hondo de nuestra alma. Amén.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia