Carta del Cardenal Arzobispo de Valencia

29 de Diciembre 2020

Dentro de la Octava de Navidad, fijamos nuestra mirada en Jesús, María y José y adoramos el misterio de un Dios que quiso nacer de una mujer, la Virgen Santísima, y entrar en este mundo por el camino común a todos los hombres. Al hacerlo así santificó la realidad de la familia colmándole de la gracia divina y revelando plenamente su vocación y misión. Celebramos, gozosos, la fiesta de la Sagrada Familia, fiesta también del don inmenso de todas las familias. Damos gracias por este don, pedimos la ayuda de Dios sobre toda familia, al tiempo que reafirmamos el valor, la belleza y la grandeza de la familia. Compartimos gozosamente la alegría grande y verdadera, de este día: día de la Sagrada Familia, día de la Familia. Es un inmenso regalo de Dios, la familia es un maravilloso don divino. Es lo mejor que tenemos. ¿Qué sería de nosotros sin nuestras familias? ¡Gracias a todos, gracias a las familias, gracias a Dios!

Al contemplar el misterio del Hijo de Dios que vino al mundo rodeado del afecto de María y de José, el Señor nos invita a las familias cristianas a experimentar la presencia del Señor en nuestras vidas; nos alienta a que, inspirándonos en el amor de Cristo por los hombres, demos testimonio ante el mundo de la belleza del amor humano, del matrimonio y de la familia que sobre él se sustenta. “El matrimonio, realidad sobre la que se asienta y fundamenta la familia, es la cosa más bella que Dios ha creado. La Biblia nos dice que Dios ha creado hombre y mujer, los ha creado a su imagen y semejanza. El hombre y la mujer que se hacen una sola carne son imagen de Dios” (Papa Francisco). La familia, fundada en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, constituye el ámbito privilegiado en el que la vida humana es acogida y protegida hasta su fin natural. Por eso los padres cristianos tienen el derecho inalienable y la obligación insoslayable y fundamental de educar a sus hijos en la fe y en los valores que dignifican la existencia humana.

Esta celebración de la Sagrada Familia queremos que sea una gran fiesta de la fe de las familias cristianas. Este día es una ocasión preciosa para afirmar vibrante y gozosamente, con certeza y valentía, la gran verdad de la familia, el Evangelio de la familia, de “la alegría del amor”; este día expresamos y manifestamos, sin poder callarlo, la fundada esperanza de que en la familia está el futuro de la humanidad y de cada hombre. Vale la pena trabajar por la familia y el matrimonio porque vale la pena trabajar por el ser humano, el ser más precioso creado y querido directamente por Dios.

Viene bien recordar palabras de Benedicto XVI, en el inolvidable Encuentro Mundial de las familias en Valencia, “nos congregamos, dijo, como una comunidad que agradece y da testimonio con júbilo de que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios para amar y que sólo se realiza plenamente cuando hace entrega sincera de sí a los demás. La familia es el ámbito privilegiado donde la persona aprende a dar y a recibir amor». Por eso, tenemos la plena seguridad de que la promoción, fortalecimiento y defensa de la familia, en su verdad inscrita en la naturaleza y gramática del hombre por el Creador, es la base para una nueva cultura del amor y de la vida. Es el centro de la «nueva civilización del amor». Sabemos que lo que es contrario a esa nueva cultura, a esa nueva civilización de amor, y por tanto contrario a la familia, es contrario a toda la verdad sobre el hombre, está en contra del hombre, constituye una amenaza para él. Estamos convencidos que sólo la defensa y afirmación de la familia abrirá el camino, necesario y urgente, hacia la civilización del amor, hacia la afirmación del hombre y su dignidad, hacia la cultura de la vida superando la tenebrosa cultura de la muerte que con tanto poderío nos amenaza, que es la negación del amor y la afirmación de todo egoísmo fratricida y del poder y del dominio destructor.

Quisiera dirigirme desde aquí a vosotros niños para que queráis a vuestros padres y hermanos, y recéis por ellos; me dirijo a vosotros jóvenes para que, estimulados siempre por el amor de vuestros padres, sigáis vuestra vocación matrimonial, sacerdotal o religiosa. Me dirijo a vosotros ancianos y enfermos para que encontréis la ayuda y comprensión necesaria. Me dirijo a vosotros, padres, para que Dios os conceda ser y crecer cada día más fuertes en vuestro amor, y que este amor, como escuchamos a San Pablo, sea el vínculo de vuestra unidad consumada, para que seáis los verdaderos educadores de vuestros hijos, para que les transmitáis vuestra fe y para que os dé la sabiduría y acierto en vuestra tarea no fácil de padres y esposos fieles. Contad, queridos padres y esposos, con la gracia de Dios, para que vuestro amor sea cada vez más fecundo y fiel; y para ello permaneced firmes y perseverantes en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios y en la participación de los sacramentos, de la Penitencia y de la Eucaristía, sacramento del amor y del perdón que renueva, purifica y sana las heridas.

Es cierto, vivimos tiempos no fáciles para las familias. La institución familiar se ha convertido en blanco de contradicción: por una parte, es la institución social más valorada en los sondeos de opinión, y, por otra, está siendo sacudida en sus cimientos por graves amenazas claras y sutiles, incluso con legislaciones que no la favorecen como se debiera hacer. La familia se ve acechada hoy, en nuestra cultura y en nuestra sociedad, por un sin fin de graves dificultades, al tiempo que sufre incluso ataques de gran calado, que a nadie se nos oculta. Esta situación es tan delicada, tan grave y de tan graves consecuencias para el futuro del hombre y de la sociedad, que, hoy sin duda, se puede considerar la estabilidad del matrimonio y la salvaguardia y defensa de la familia, su apoyo y reconocimiento público, como el primer problema social. Cuando se ataca, se deteriora, o no se defiende o protege la familia se pervierten las relaciones humanas más sagradas, se llena la historia de muchos hombres y mujeres -en todas las edades- con sufrimiento y desesperanza, y se proyecta una amarga sombra de soledad y desamor sobre la historia colectiva y sobre toda la vida social. La familia debería ser la primera y gran prioridad mundial. Por eso es preciso y apremiante defender y afirmar la familia, como hacemos el día de la Sagrada Familia. Ante tantas dificultades, la familia es una esperanza grande; en la familia están grandes motivos para el futuro porque, en ella, en vuestros hogares mismos, queridísimas familias, estáis diciendo «SÍ» a la familia y os jugáis todo por ella.

Son muchas, sí, las dificultades; a veces, hasta pueden escasear nuestras fuerzas, o debilitarse nuestros ánimos; pero no temamos, no tengamos miedo; contamos con el auxilio, fuerza y fortaleza de Dios. Y lo invocamos, y nos confiamos a sus manos: ¿Qué manos mejores, más amorosas y más fuertes que las suyas?. El auxilio nos viene de Él. ¡No tengamos miedo!¡Abramos las puertas de las familias a Cristo, sólo Él sabe lo que hay en el corazón de las familias! ¡Gracias a todos! ¡Animo! ¡Reclamemos nuestros derechos inviolables que corresponden a las familias, reclamemos la protección que se les debe! ¡Adelante!: el Señor está con vosotros, está con vuestras familias, está con todas las familias, a todas las quiere, por todas vela, a todas acompaña, a ninguna le niega su auxilio! ¡Confiemos en Él!

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia