Carta Semanal del Cardenal Arzobispo de Valencia

19 de Diciembre 2020
Se había abierto un rayo de luz. La votación de la ley reguladora de la eutanasia que iba a ser discutida y previsiblemente aprobada el jueves por el Congreso de Diputados, se había pospuesto, aplazado provisionalmente. ¿Y si no había ya día, después de Navidad, nunca? La presión social, en contra, está siendo, gracias a Dios muy grande, la gente, los cristianos, los hombres de la confesión o tradición religiosa que sea, los médicos, etc., siguen oponiéndose, los creyentes seguimos intercediendo ante el Señor de la vida para que no se apruebe nunca: y confiamos y esperamos que así suceda. No sabemos qué había influido en el ánimo de los señores Diputados en el anuncio del aplazamiento, ¿podrían ser razones estéticas porque parece que no está bien, estaría feo o no sería estético, el que los días de Navidad, días de Luz y de luces, días de alegría y belleza se viesen oscurecidos, privados de todo el esplendor que les es propio, días en los que nos deseamos felicidad unos a otros se viesen ensombrecidos por la tristeza? Todo era posible, aunque no fueran razones éticas en favor del hombre y su dignidad las que motivaran la decisión sabia de no aprobarse en el día previsto esta ley. Dios guía la historia y alumbra destellos de luz.

Teníamos esperanza en que esta demora pasajera, se convirtiera en una realidad futura y permanente en favor de la vida y en contra de la muerte y de su cultura, en favor de la dignidad de todo ser humano siempre y en todo momento, al nacer y al morir, desde el principio de su gestación hasta el día que llegue su muerte natural y digna. Porque la Navidad es en efecto, en su realidad más auténtica el nacimiento de la Vida, de Dios que se hace hombre en el seno de la Virgen Madre, Madre de la vida y de todos los hombres. En Belén, Dios, que se despoja de su rango, sin ningún poder que domine, pobre y débil entre los pobres y los débiles, vulnerable, niño como uno más, y nos muestra así su infinito amor, su condescendencia en favor de los hombres, los pobres, los débiles, los vulnerable, los pequeños y necesitados de cariño y de todo: Dios amor que trae amor y apuesta por el hombre cuando más pobre y necesitado, cuando más débil y más vulnerable es, y se muestra como amor universal sin excepción en su nacimiento y en la cruz. Ahí está todo el amor de Dios, la omnipotencia de su amor del todo menesteroso. Qué cultura del absurdo aprobar una ley que asienta la muerte, cuando cada día tenemos lamentablemente noticia de varios cientos de fallecidos, a consecuencia de esta terrible pandemia.

Estos días, además –otro gesto–, hemos celebrado en Valencia, organizado por la Universidad Católica de Valencia, un congreso académico en memoria y homenaje del gran Papa San Juan Pablo II, el Papa de la vida, y de la razón, un Papa venido de lejos, que había sufrido la opresión de la dictadura inhumana y cruel del nazismo y del comunismo, cuyo largo pontificado, desde el inicio hasta su muerte, sin bajarse de la cruz, proclamó que Dios es Dios y que el camino es el hombre; que proclamó la soberanía de Dios única y la afirmación del hombre, porque en el centro de todo está el acontecimiento de Jesucristo, que se ha encarnado, se ha humanado, se ha hecho hombre: a partir de Él, de su encarnación y nacimiento, no se puede afirmar a Dios sin afirmar y defender inseparablemente el hombre y su dignidad, y no se puede afirmar al hombre en contra de Dios, que ama al hombre y quiere que el hombre viva. Ahí está la Navidad: esa es la Luz luminosa que alumbra a todo hombre que viene a este mundo y trae la paz y la defensa de todo hombre que es hermano de los demás. Por eso su grito desde el principio de su pontificado: «Abrid de par en par las puertas a Cristo». Abrámoslas a Él que trae la Vedad, la luz, la paz. Comenzaremos también el año nuevo invocando y alabando a María, Madre de Dios, Madre del hombre nuevo y de la humanidad nueva con hombres nuevos, transformados, de su vieja condición de pecado y de muerte, en criaturas nuevas que actúan en justicia y en amor hacia los más pobres, vulnerables y desvalidos y trabajan por la paz, Madre de la vida y de los que viven. Año nuevo, vida nueva, decimos quizá mecánicamente, pero es verdad: 2021 vida nueva, apuesta por la vida en todas las fases de su existencia, por cultura de la vida, la civilización nueva del amor, y por la fraternidad de todos, las familias, la mujer explotada o maltratada, por los pobres más pobres…, en fin, año nuevo y vida nueva para todos.

Esto es lo que deseo a todos en esta Navidad y en el próximo año 2021, que se acercan raudos: Felicidad, paz, amor, larga vida, alegría y esperanza. Que a pesar de la pandemia, o precisamente por la pandemia, vivamos estos días de Navidad, muy unidos de verdad, en familia, cercanos unos de otros aunque estemos lejos, pero no separados, alejados, y menos enfrentados o divididos. Que en nuestro corazón vivamos con esperanza estos días. Y una de las esperanzas es que no se apruebe nunca jamás la ley de la eutanasia porque va en contra del hombre y contra Dios, que quiere al hombre “a rabiar”, como dicen los jóvenes y los niños. Sigamos rezando a Dios todos, sigamos con nuestra vigilias de oración, nuestros encuentros de oración interconfesionales e interreligiosos, días de ayuno y penitencia, días de caridad y amor en favor de los que sufren, especialmente estos días, enfermos, migrantes, presos, ancianos en soledad, personas que cuidan de los otros como los médicos, los sanitarios, las fuerzas armadas, los que trabajan por la limpieza pública, por los bomberos…

No bajemos la guardia ni los brazos suplicantes. El día 16 comenzó la semana o novena de la Expectación del Parto, la semana de la O, la novena de las Posadas como en los conventos de Carmelitas Descalzas, o en México o en otros países y en algunos pueblos de España. Que el gran aguinaldo para todos y la lotería que a todos toca, sin duda alguna, sea JESÚS QUE NACE.

+ Antonio, Card. Cañizares
Arzobispo de Valencia