Carta Semanal del Cardenal Arzobispo de Valencia

9 de Julio  2022

Con los meses del verano llegan para muchos las tan necesarias vacaciones de verano. Es el tiempo en que se cierran las escuelas y se concentran los días de descanso. Todos necesitamos de ese descanso reconfortante de reposo físico, psicológico y espiritual. A cuantos tienen la fortuna de poder gozar de ese espacio reconfortante les deseo una buenas vacaciones. Y para quienes carecen de las mismas desearía que tuviesen la posibilidad de gozar de ese tiempo en el que cesan las ocupaciones ordinarias para dedicarlo al descanso y a otras importantes dimensiones humanas que la vida diaria no facilita. Las vacaciones son un derecho que a todos debería alcanzar. Por ello mi recuerdo especial y lleno afecto hacia quienes no pueden dejar su ambiente ordinario, impedidos por la edad, por dificultades económicas o por otros problemas.

Yo también necesito de ese descanso y marcho a mi pueblo, Sinarcas a descansar, rezar, gozar del trato con el Señor más distendido y amplio, leer, escribir lo que no he podido escribir durante el curso o reflexionar preparando el próximo curso, estar y disfrutar de la familia, de mis sobrinos, de mi cuñado y de mi hermana, la persona a la que más quiero y debo de este mundo, ayudaré al cura de mi pueblo, D. Gilberto. Tendré vacaciones, las necesito como ser humano que soy y que también se cansa, pero no os olvidaré, todo lo contrario, pues os tendré en todo muy presente, sobre todo en la oración y la eucaristía, gozaré del don de Dios, de la naturaleza y del coraje o “tiempo” de Sinarcas, que es único allí. Una vez más me sentiré lleno de paz, sin prisas ni agobios, gozando del Señor y de la compañía de los cercanos y próximos, porque todo es gracia suya, don suyo. Espero regresar fortalecido, con renovado vigor y ánimo, si Dios me lo concede, para bien vuestro. Pido que reconforten las visitas que haga a los santuarios de Nuestra Señora del Remedio, en Utiel, y de la Virgen de Tejeda, en Garaballa (Cuenca) visitaré a mis queridísimos difuntos, a los que tantísimo quiero y que no olvido, cuyo amor y cariño están siempre a mi lado y siempre gozo, porque ellos viven y me avivan la esperanza y la alegría de estar un día con ellos para siempre.

Las vacaciones se viven como una deliciosa pausa donde se intensifica el bienestar y se vive en la evasión. “Evadirse” puede ser útil, a condición de que no se huya de los sanos criterios morales, de sí mismo y de los demás, del respeto a la propia salud y, sobre todo de Dios en quien hallamos el verdadero reposo, el encuentro con la propia existencia, la alegría de vivir, la amistad más profunda con los otros y la reconciliación con su obra de la creación. Y Hay algo más. Para que ese bienestar sea auténtico y más hondo es preciso que la persona encuentre su equilibrio tanto consigo mismo como con los otros, con el ambiente y la naturaleza. Se deberían cuidar los momentos de interioridad, de reflexión personal, de silencio, de escucha… que cada uno se encuentre a sí mismo, y halle el propio pensamiento, su ánimo y verdadera libertad, el sentido de la propia vida.

Las múltiples ocupaciones con frecuencia no nos dejan espacio para algo tan fundamental como el silencio interior. Nos urge hablar y obrar en favor de la sociedad, de los demás y de los nuestros. Pero olvidamos desde dónde obramos y hablamos. El silencio, la libertad interior, la disponibilidad total, el estar a la escucha de Dios son las condiciones necesarias para escuchar efectivamente la Palabra de Dios y, desde ahí, poder hablar y obrar para iluminar y liberar.

Hoy tanta publicidad, tantas impresiones recibidas pasivamente, tanta palabrería, tanto pragmatismo sin atención a los fines esenciales de la vida amenazan vaciarnos del todo y hacer de nosotros simples piezas del sistema. El hombre necesita vivir un vaivén entre su entrega a las tareas que lo ocupan y la retirada a ese silencio interior. Es un tiempo privilegiado, una verdadera gracia que se nos ofrece.

La gente de hoy apenas tiene tiempo para pensar y meditar con calma. Parece que que nadie se encuentre consigo mismo. La agitación nos aturde y perdemos capacidad de prestar atención a las necesidades del prójimo y de encontrarnos a solas y sinceramente con Dios. Por esto, que las vacaciones no nos tiendan una trampa, y que las aprovechemos, para esa paz sosegada que necesitamos para poder sobrevivir. La pausa no debe ser puro ocio o distracción, sino ocasión para adentrarse en la conciencia personal y cultivarla, avanzar hacia las cumbres del espíritu, ahondar en la experiencia de Dios que sosiega el ánimo y la llena de vida, de fuerzas y de esperanzas para proseguir incesantemente el camino de la vida.

Con frecuencia para no pocos resultan enfriamiento de la experiencia religiosa, cuando podrían constituir días para la meditación, la oración, la lectura y escucha de la Palabra de Dios que se oye con el alma sosegada, para recuperar un renovado vigor que aliente a reemprender la marcha de la vida azotada por tantos desasosiegos. Por eso es muy recomendable en este tiempo -cada vez son más los que lo van descubriendo- el retiro o ejercicios espirituales, la visita o peregrinación a santuarios y otras actividades veraniegas que ayuden al silencio exterior y la escucha interior, al encuentro con Dios, en suma.

Me viene a la memoria el pasaje evangélico de Marta y María. Jesús le dice a Marta que no se preocupe por muchas cosas porque hay necesidad de una sola. La palabra de Cristo es clarísima: una llamada a escucharle a Él, necesidad de Dios. Sin amor hasta las actividades más importantes pierden valor y no dan alegría, toda nuestra acción se reduce a un activismo estéril y desordenado. Por eso aprendamos a ayudarnos unos a otros, pero antes a elegir juntos la parte mejor, que es y será siempre nuestro mayor bien. También la lectura es un elemento muy importante en el tiempo vacacional. La lectura de un buen libro es semilla que puede dar un valor enteramente nuevo.

Vivir las vacaciones es oportunidad inestimable para reencontrar nuestra propia verdad, entrar en contacto con el mar, los ríos, fuentes, montes, llanuras; el cielo con sus auroras, sus puestas del sol, sus noches estrelladas. No puedo menos que exclamar con el Salmista: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?”. La oportunidad espléndida para las relaciones personales, de amistad, del tiempo libre y no interesado; relaciones y amistades nuevas y enriquecedoras con gentes venidas de otras partes. Qué duda cabe que uno de los valores de las vacaciones es el encuentro, compartir momentos de paz, de charla apacible, de compartir la mesa, y la conversación amiga…

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia