Carta Semanal del Cardenal Arzobispo de Valencia

13 de Abril  2020

TODOS UNIDOS EN LA ESPERANZA

Estamos pasando momentos muy difíciles, de grandes sufrimientos, envueltos en la obscuridad y la niebla de la pandemia del Covid-19 y sus consecuencias que nos sumen en una gran tristeza y llanto, desconcierto y desolación. Lo peor, evidentemente es la pandemia del covid-19, los miles de muertos sobrevenidos de esta enfermedad, y muchos más miles y miles de afectados por ella, y el miedo y pavor que nos están creando; los desastres sociales que se están desencadenando, la destrucción de la economía y de puestos de trabajo, las pobrezas y las miserias que va a traer todo esto; una verdadera ruina, cuyas consecuencias, inimaginables ahora, veremos en un futuro no tardío, de la que las principales víctimas van a ser los de siempre: los pobres y los descartados, los vulnerables, los ancianos que ya lo están siendo, las familias que ya no podrán ayudar como lo han hecho tan bien en anteriores crisis, pero que ahora no podrán hacerlo, muchas familias destrozadas, pequeñas empresas en quiebra… Todo nos habla de ruina, de desplome y desmoronamiento de una sociedad que se asentaba en criterios falsos y contrarios a la verdad, y que reclama un cambio urgente y sin dilaciones, un viraje profundo y firme. Vivimos una crisis muy honda de la Humanidad, cuyo origen no podemos separar del silencio y ausencia de Dios de nuestra cultura, del paganismo reinante, del laicismo imperante, de deterioro moral evidente, de autosuficiencia y de la mentira. Vivimos momentos cruciales. Son muchas las realidades, grandes las necesidades, no solo económicas, también políticas y sociales, pero sobre todo humanas, que reclaman la solicitud atenta de la sociedad mundial, de los Estados, de España, también, y sobre todo, de la Iglesia, llamada a ser testigo de la fe, de Dios y de su amor, signo y anticipo de vida eterna.

Ancianos, jóvenes y niños van a ser o están siendo ya los más dañados, aunque están siendo un ejemplo para todos y están mostrando una capacidad de resistencia y sacrificio, de madurez, admirable, que tal vez no esperábamos de ellos por su edad. Amigos, muy amigos, familiares queridos, han fallecido, sin poderlos acompañar, y sin poder despedirnos. Personas de fe verdadera y enraizada que no pueden comulgar ni siquiera en Pascua, y te dicen con el corazón roto, desde lo más hondo de sus almas, con autenticidad, como los mártires :”Sin la Eucaristía, no podemos; no podemos vivir”, y menos hoy, no les basta vivir la comunión espiritual, anhelan recibir al Señor en persona, su Cuerpo real ¡Qué dolor y qué tristeza tan grandes! 

La muerte de personas para mí muy queridas

Andaba yo enfrascado en estos pensamientos, en el día en que comenzaba la Semana Santa, Domingo de Ramos por la tarde, cuando inesperadamente en aquellos momentos recibo una llamada de una persona amiga, joven y muy formada, muy competente, seglar, arquitecto, que ejerce su docencia en diversas universidades extranjeras, con varios premios internacionales en su currículo. Le comuniqué en qué pensamientos andaba en esos momentos y le manifesté mi tristeza y mi dolor; habían muerto, además de un primo hermano mío, Gonzalo, muy querido, con el que me había criado desde la infancia, tabique por tabique nuestras respectivas casas, y otras dos personas entrañables: uno judío, Sady Cohen, hombre de fe donde los haya, verdadero hijo de Abraham, un auténtico santo del pueblo de Israel, hombre de diálogo, encuentro y paz, muy cercano a los católicos, y el otro, musulmán, Riay Tatary, presidente de la Comisión Islámica Española, hondamente creyente, un verdadero hermano, como él me llamaba y yo le correspondía con la misma expresión de hermano, otro hombre clave del diálogo interreligioso en España, amante de la paz y luchador por la paz; y un tercero, Francisco Hernando, “El Pocero”, mi “hermano” Paco, como él me distinguía en su gran bonhomía, en su profunda y verdadera amistad de la que me sentía muy orgulloso, por tener un amigo, un “hermano” con aquella bondad y aquellos sentimientos y obras tan nobles en favor de los demás, singularmente de los pobres; también había sufrido el gran dolor por la muerte de dos hermanos sacerdotes, mi queridísimo amigo, condiscípulo y paisano, Miguel Díaz Valle, Vicario episcopal de mi equipo de gobierno diocesano, y mi no menos amigo y entrañable colaborador en la Curia Diocesana, José Bellvís Cerdá. Andaba sí, triste y lloroso.

La persona que me llamó la tarde de Domingo de Ramos por teléfono me hizo volver a lo esencial y me dijo más o menos: “D. Antonio, usted no puede andar en esa tristeza, mire su vida pasada y su presente, y vea cómo le ama Dios, cómo anda envuelto en un amor que Dios le da y le desborda; nos tiene que ayudar a que los demás tengamos esperanza, a que vivamos en ese amor que Dios le ha dado; y si le falta algo, mire a la cruz, y contemple cómo Dios nos ama: más imposible; y usted es ministro de ese amor, sacerdote, Obispo, Cardenal, para anunciar y comunicar ese amor, colaborador muy cercano del Papa Francisco, de Benedicto XVI: ¡mire la cruz!, ahí está todo el amor, que vence y supera toda tristeza y consuela; recuerde lo que dijo Jesús, el único, y lo único que importa: ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, desolados, y yo os aliviaré’. ¡Qué lección tan grande recibí de una persona seglar, cierto que de una gran fe y testigo ejemplar en el mundo, de Jesús. La verdad es que me hizo entrar y me ayudó a vivir el misterio de la Semana Santa: el misterio del amor de Dios, de la pasión y de la cruz, a pedir perdón a Dios y centrarme mucho más en Él. Así la he vivido esta Semana Santa, única y distinta: con fe, con esperanza, gozando de un amor tan grande como el de la Cruz de Cristo y de la Eucaristía, que Él nos dejó y de la que me hizo su indigno ministro.

Y para colmo, hoy mismo, lunes de Pascua, cuando escribo estas reflexiones que comparto con quienes las quieran escuchar, recibo la amarga y dura noticia de la muerte de otros tres amigos: Juan Cotino, Landelino Lavilla, y Alberto Elzaburu, Marqués de la Esperanza. D. Alberto era un hombre encantador que hacía honor al nombre del marquesado que poseía, el de la “Esperanza”, siempre alegre, con la sonrisa en los labios, cercanísimo, hombre justo, prudente, de fe sólida, sencillo y cultísimo, creador y artífice de encuentros y diálogo, fiel propulsor de la devoción sincera y real a la Reina Isabel Iª de Castilla, la Católica, de la que era ferviente admirador y difusor de su inmensa obra; D. Landelino Lavilla, cuya grandeza de hombre y de hombre de Estado me hizo apreciar D. Adolfo Suárez, el jamás olvidado y siempre presente; y D. Juan Cotino, a quien tantísimo he querido, tantísimo me ha ayudado con su sabiduría cristiana y con quien tan unido he estado y me he sentido, y también mi familia, desde que mi hermano Jerónimo me lo presentó meses antes de su muerte, acaecida en Utiel; un hombre de fe hasta las raíces más hondas de su corazón, que, como del justo dice la Escritura, vivía de la fe, un cristiano de una pieza, “un santo”,- me ha dicho de él esta mañana un testimonio vivo y muy directo suyo-, un mártir de la fe, -como acaba de decirme otro de él-, y que como tal ha muerto víctima de la persecución desatada contra su persona por ser, en el fondo, un hombre de Iglesia, una víctima de ese mundo tan viscoso de tramas políticas tan oscuras e injustas, cebadas en Valencia, un hombre comprometido con la política desde joven por su fe y desde ella, no a pesar de ella, un hombre que nos deja un gran vacío en el urgente campo de la acción política y social conforme a las enseñanzas sociales de la Iglesia que con tanto afán como sabiduría enseñó y propagó, un apóstol incansable para tiempos nuevos, un hombre bueno de verdad a quien Dios me concedió conocerlo y tratarlo como era, en su interior, y no como decían de él sin conocerlo bien algunos políticos y periodistas: ha muerto el lunes de Pascua, Dios lo ha librado de una presunta condena por algo injusto que se pretendía contra él y Dios se lo ha llevado antes con Él, a la gloria del cielo, venciendo la muerte de la condena, librándole de las ataduras de la prisión, del banquillo de los jueces y de los medios y de la losa de mala fama que se pretendía poner encima de él; ¡qué bueno, misericordioso y compasivo es Dios!.

Un día para mí muy amargo, triste y doloroso, de desolación pero también, debo decirlo, de una gran esperanza, una grandísima esperanza y un gran consuelo que nada ni nadie me puede arrebatar, ni borrar, y que me da la fe que de la Iglesia he recibido:¡Lo más grande bello y hermoso, que tengo!

Jesús, abrazado a la cruz del Covid-19 con nosotros y por nosotros

Hoy es Pascua; Jesucristo ha vencido la muerte, no ha sucumbido a la desgracia y a la pasión de que fue víctima injustamente condenada, a pesar de que sigue sufriéndola hoy en sus hermanos, la Humanidad sufriente por la pandemia del virus Covid-19, abrazado a esa cruz con nosotros, y por nosotros. Pero hoy es Pascua, ha resucitado y vive vencedor de la muerte, sin la losa sepulcral de muerte. Sigue amándonos y no nos deja. Camina con nosotros como con los discípulos desconcertados y cariacontecidos hacia Emaús, desesperanzados. Nos invita a proseguir el camino, sin retirarnos, con la mirada fija puesta en Él que tanto supo y sabe de ignominia y de desgracia. Y nos levanta el ánimo y devuelve la esperanza grande y verdadera. A Él dirigimos nuestra mirada para que sane las heridas de la Humanidad desolada. Hoy es Pascua de resurrección y sigue repitiéndonos con fuerza: “no temas, he resucitado y aún estoy contigo”, no te dejo, camino contigo, Humanidad herida y desolada. “Para muchos es una Pascua de soledad, vivida en medio de numerosos lutos y dificultades que está provocando la pandemia, desde los sufrimientos físicos hasta los problemas económicos” (Francisco)

¿Por qué he dicho todo esto? Porque quiero compartir este gozo con los demás, en estos momentos de desolación de la pandemia, y proclamar que la cruz, la muerte, la enfermedad, el dolor, la desolación, la losa sepulcral, la ruina, no tienen la última palabra: la última palabra la tiene Dios que ha resucitado a su Hijo de entre los muertos y ha retirado ya la losa opresora, porque nos quiere con su amor sin medida. Verdaderamente ha resucitado el Señor, el crucificado, atrapado por la muerte pero no vencido por ella, y vive. Esta es nuestra esperanza que humildemente, como don de Dios, se la ofrezco a todos y para todos pido. ¿Qué hemos de hacer? Desde aquí grito: volvamos a Dios, abramos las puertas a Cristo que vive. Desterremos de nosotros, la indiferencia, el egoísmo, la división y olvido (Francisco). Abramos las puertas a Cristo, abran las puertas de los Estados, de la sociedad, de la cultura, de las familias, de los hombres todos, singularmente los afligidos y miedosos, a Jesucristo; sólo Él sabe lo que hay en el corazón de los hombres. Es la hora de la Pascua, es la hora de la esperanza que no defrauda. Es necesario que fluya esta corriente de esperanza, que se contagie esta esperanza que se nos ofrece en la Pascua y trabajemos juntos unos por otros y con otros en el próximo futuro. Es posible un nuevo futuro, pero cambiemos, no olvidemos lo fundamental y primero: Dios y su amor, su apuesta por el hombre, y su predilección por los pobres, enfermos y vulnerables.

Echemos a volar la imaginación y creatividad de la caridad en nuestra diócesis, no cesen ni se aminoren o debiliten las fuerzas en Cáritas y su voluntariado, que sus instituciones diocesanas educativas y universitarias elaboren y realicen proyectos que son posibles en su manos y si no que busquen apoyos, que los medios de comunicación estén al servicio de lo que hoy en la pandemia nos está pidiendo el Señor. ¡Adelante, con ánimo, con fe, con esperanza. Sin límites nada más que los que Dios nos ponga!

El otro ‘contagio’

Volvamos una y otra vez al “Mensaje Urbi et orbi” del domingo, tan colosal, del Papa Francisco, cuyas palabras hago mías y repito: “el mundo se encuentra abrumado por la pandemia, que somete nuestra gran familia humana a una dura prueba. En la noche de esta prueba resuena la voz de la Iglesia: ‘Resucitó de veras mi amor y mi esperanza’. Es otro “contagio”, que se transmite de corazón a corazón, porque todo corazón humano espera esta Buena Noticia. Es el contagio de la esperanza, la victoria del amor sobre la raíz del mal, una victoria que traspasa el sufrimiento y la muerte, trasformando el mal en bien, signo distintivo del poder de Dios. Este no es el tiempo de la indiferencia, ni del egoísmo, ni de la división, ni del olvido.

Las palabras que queremos escuchar en este tiempo no son indiferencia, egoísmo, división y olvido. ¡Queremos suprimirlas para siempre!. Estas palabras pareciera que prevalecen cuando triunfa el miedo y la muerte; es decir, cuando no dejamos que el Señor Jesús triunfe en nuestro corazón y en nuestra vida. Que Él que ya venció la muerte abriéndonos el camino de la salvación eterna, disipe las tinieblas de nuestra pobre humanidad y nos introduzca en su día glorioso que no conoce ocaso” (Francisco) Volvamos a Dios, abramos nuestro corazón a Cristo. Es la hora de la esperanza que no defrauda.

Este momento actual de la historia, de modo particular de España y Europa, de crisis no solo económica, y social, incluso política de las mismas democracias, de infierno que nos oprime y circunda en esta epidemia por la ausencia de Dios que hemos creado unos y otros, y esto es el verdadero infierno,- ESA AUSENCIA-, en estos tiempos actuales de la historia mundial, europea y española, digo, abundantes y muy gruesos problemas, reclaman nuestra solicitud, la de todos en común y con la responsabilidad compartida de todos en común, solicitan particularmente la solicitud atenta de la Iglesia.

En este momento actual de la historia, atrevámonos a decirlo con todo respeto, pero con todo amor y sentido de responsabilidad, el más hondo, vasto y auténtico problema es que : Dios desaparece del horizonte de los hombres y con el apagarse la luz que proviene de Dios, la Humanidad se ve afectada por la falta de orientación , cuyos efectos destructivos son cada vez más manifiestos, como nos está ocurriendo ahora.

Es hora de un auténtico rearme moral

Amigos todos: En estos días de confinación, de silencio, de oración y de casi total incomunicación y escaso trato con personas, me he preguntado muchas veces ante el Señor: ”Qué podríamos hacer, además de este ayuno y penitencia, además de orar y ayudar, de volver a Dios y escucharle y adorarle y de ayudar a los demás en lo que se pueda?¿qué nos pides; Señor?. Eso ¿qué nos pides, Señor? Que volvamos a Ti, que nos convirtamos, que sigamos invocándote, que nos unamos todos, según tu voluntad o querer, para ocuparnos de la salud y sanación de todos, y evitar que haya nuevos contagios, que colaboremos en superar, con tu auxilio, esta pandemia. Esto es lo más inmediato. Pero ante tanta miseria destapada, y tanta desgracia y ruina, tanta desolación y destrucción como ha desvelado y ocasionado y sigue ocasionando en el ámbito social, económico, político, moral y espiritual, es urgente y apremiante que reemprendamos un camino nuevo de futuro, de recomposición y reconstrucción.

Se habla mucho del campo económico, incluso político, pero, pienso, que hay que ir más allá; sin duda que el desastre económico, de empresas que tienen que cerrar, de trabajadores que se quedan sin empleo, de familias depauperadas, es ya y va a ser muy grande; la pobreza que va sobrevenir va ser de gran magnitud; pero también la descomposición y los problemas morales que se originan no son de menor tamaño. Es hora de un cambio o de una renovación honda y extensa, el rearme económico, político y social tan necesario y apremiante requiere un cambio, una actuación que no se puede demorar. No soy yo ni me corresponde hablar de economía o de política, pero sí que exige de mí, por deber social y en responsabilidad como Obispo, hablar de renovación de la sociedad, de rearme moral y de apelar a la conciencia de los cristianos a que se apremien a actuar con los demás sin demora y colaborar, codo con codo, en la reconstrucción de nuestra sociedad que tanto la vamos a necesitar. Así brillará con brillo y esplendor grandes, el esplendor de la verdad, una inmarcesible belleza de Dios que es amor.

La belleza a la que me refiero “no es un mero esteticismo, sino el modo en que nos llega, nos fascina y cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo, haciéndonos salir de nosotros mismos y atrayéndonos así hacia nuestra verdadera vocación: el amor… Esta belleza es misteriosamente quien no tiene “un aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres (…) ante el cual se ocultan los rostros” (Is 53,2). Jesucristo nos enseña cómo la verdad del amor sabe también transfigurar el misterio oscuro de la muerte en la luz radiante de la resurrección” (Benedicto XVI).

Y esta belleza del amor los cristianos habremos de transparentarla siempre en la situación ruinosa a la que nos vemos abocados contribuyendo en primera fila, con la ayuda de Dios, y siguiendo las sabias indicaciones del Papa en estos días, a solucionar los problemas del paro, de cierre de empresas, de hambre que pueda sobrevenir en la nueva época en que nos encontremos con imaginación, prudencia y audacia. Hay que hacer “algo”, o mejor, “mucho” porque, sin duda, estamos necesitando y vamos a necesitar aún más de una reconstrucción para ese mañana que, de alguna manera, ya está aquí, sobre todo social, cultural, espiritual y moral. La diócesis de Valencia en otros momentos como el que estamos a vamos estar se ha mostrado con una capacidad y fuerza muy grandes para acudir a las situaciones de pobreza o de nuevas pobrezas. Ha de demostrar a los ojos de todos que es una Iglesia pobre y para los pobres, que es capaz y sabe quedarse prudentemente a “dos velas”, si necesario fuese, por atender a los pobres. Tenemos muchas personas e instituciones con las que podemos y debemos contar, y unidos poner en marcha la imaginación de la creatividad para la caridad.

Creíamos que éramos invulnerables pero no es así

Innegablemente nos encontramos en una situación que, doloroso es reconocerlo, puede ser propicia u oportuna para pensar en qué se puede hacer, aunque la situación que vivimos nos ha paralizado a casi todos, al mundo en que nos movemos. Hemos sido claramente víctimas de unos virus, insignificantes seres microscópicos que han hecho caer al gran coloso de nuestro mundo que nos estamos fabricando, han derribado a los poderes de este mundo, a los nuestros, a nuestros grandes planes, fruto de nuestras grandiosas ideas, capacidades y acciones, han hecho caer al gran coloso que nos estábamos formando, obra de nuestras manos. Creíamos que éramos invulnerables, pero no es así. Lo siento mucho, aunque en este momento así es. Y por eso es preciso confiar más plenamente en Dios, abrirnos a Él, a su amor, es la hora de Dios, nada es ajeno a Dios y a su providencia y misericordia¸ confiar, por encima de todo en Él y no en nuestras obras, confiar en el Dios de las obras, el único, y no en nuestras obras, humanas al fin y al cabo, que no son Dios. Es hora de elaborar proyectos de acción caritativa y social, es hora de mostrar que somos una familia, una fraternidad. ¡no podemos permanecer impasibles y parados!

Para elaborar esos proyectos a los que me refiero o la realización de sugerencias válidas que puedan y deban hacerse, una primera cosa que no convendría olvidar es el libro del Génesis cuando narra lo que sucedió a los hombres que proyectaron edificar una torre para evitar otra destrucción masiva como el diluvio, que paliase al menos una devastación universal. Y, en todo caso, pienso que sería muy oportuno que nos planteásemos en esta situación que vivimos algunas preguntas: “¿No estaba todo bajo control?¿Será capaz un virus de echar abajo el bienestar del que gozamos?¿Es tan frágil el sistema económico que ha llevado el hombre a la Luna y ha creado un nuevo mundo globalizado por instrumentos sofisticados para el transporte de personas y mercancías y para la comunicación? ¿No podrán, de verdad, los sistemas sanitarios curar y ni siquiera atender a los enfermos? Cuando las cosas mejoren ¿no será necesario revisar a fondo el modelo de vida democrático que nos domina? ¿No he de plantearme ya en qué relación están mi vida y mi muerte con el supuesto futuro mejor de la Humanidad?¿Me salvará a mí ese futuro?¿Salvará a mi familia y al pueblo del que formo parte?¿Será el porvenir mejor desde el punto de vista de desarrollo social y económico?¿Lo será desde el punto de vista moral?¿Lo será necesariamente como la ideología del progreso (moral) no cesa de pretender hacernos creer?” (J.A. Martínez Camino). Es cierto, segurísimo, que esta prueba, precisamente en este tiempo, “podrá marcar el comienzo de una nueva época para la Humanidad, si se aprovecha esta oportunidad de redescubrir la humildad y de encontrarse con Dios humilde y paciente, que nos salva y hace hermanos” (J.A. Martínez Camino), porque nos da su amor.

Reconstruir este mundo nuestro

Para recomponer el tejido social de nuestro mundo o para una reconstrucción de este mundo nuestro, creo, además, que no podemos dejar en el olvido el episodio de las tentaciones de Jesús, narrado por el evangelista Mateo, para no sucumbir, una vez más a manos del Maligno, y aconsejo, al mismo tiempo, releer la explicación e interpretación que nos ofrece Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, en su obra “Jesús de Nazaret” sobre tales tentaciones, que reclaman poner en el centro a Dios y adorarlo a Él sólo.

Debo añadir que, precisamente a raíz de este reconocimiento y adoración de Dios, para la recomposición del tejido social de nuestro mundo o la reconstrucción de este mundo nuestro, -aparentemente tan poderoso y fuerte pero, la verdad, tan débil-, tan necesarias y que Dios las quiere, habremos de ponernos a escuchar a Dios y atender a sus signos, pues de Él y por Él, nos llega su palabra y nos llegan los signos de reconstrucción y salvación que nos ofrece. Acojámosle, acojamos su palabra y sus signos. Venzamos, con Jesús y unidos a Él, toda tentación que nos puede llegar en este intento.

Se nos ofrece la oportunidad de que, así y en estos momentos de reflexión y silencio, busquemos por encima de todo a Él y su voluntad, que no es otra que salvarnos y llevarnos a participar de su amor y vivir ese amor suyo en formas concretas, como estos días estamos viendo. Con dolor, debo decir que bendito este momento si nos sirve para recibir su luz, la luz de la Pascua que nos guíe en esta prueba -la luz es Cristo en su vida, pasión, crucifixión, muerte y resurrección-, y nos haga mirar el gran futuro que Él quiere y dispone para los hombres, y vayamos, volvamos a Él, reconozcamos a Dios manifestado en el rostro de su Hijo y adoremos a Dios, sin omitir que adorar y servir Dios no es posible sin respetar, promover, servir, amar a los hombres, mis hermanos, sobre todo si sufren y están necesitados.

No podemos “escurrir el bulto”

Para esta reconstrucción y recomposición del tejido social, necesarias, la verdad es que la fuerza del Evangelio del amor, de los pobres, de los enfermos y de los que sirven y dan la vida, ha de guiarnos y conducirnos para encaminarnos a una humanidad nueva, con hombres y mujeres nuevos. A partir de ahí me vienen a este respecto las siguientes reflexiones, la primerísima e imprescindible: que como Iglesia debemos pensar en que la Iglesia sea Iglesia, hacer lo que ella es: obra de Dios, que, en estas y futuras circunstancias, su único fundamento, y el de todos sean o no creyentes quienes me lean o escuchen, es Cristo, la piedra angular sobre la que edificar y reconstruir; y, por tanto, que la Iglesia se dedique aún más intensamente, con la ayuda de lo Alto, a ser Iglesia y cumplir hoy su misión recibida y encargada de su Señor: anunciar el Evangelio y hacer discípulos de Jesús; esta primerísima e insoslayable reflexión me lleva a otra también clave: no podemos “escurrir el bulto” y ser o engrosar más la larga cofradía de los ausentes.

Traigo a colación aquel hecho, después de la resurrección de Jesús, de cuando Pedro se dirige al templo de Jerusalén, y en la puerta se encuentra con un paralítico que está pidiendo limosna, y Pedro le dice a aquel paralítico y mendigo a la puerta del templo de Jerusalén: “No tengo oro ni plata; lo que tengo te doy: en nombre de Jesús Nazareno, toma tú camilla, levántate y echa a andar”. La Iglesia no tiene oro ni plata, aunque algunos les pueda parecer lo contrario: que tiene “plata” y “poder”. Pero, sin embargo, tiene un tesoro y una fuerza mucho mayor: Jesús; en estos momentos junto a la pandemia y ahí mismo, sin pasar de largo de ella, la Iglesia tiene que dar este tesoro a la humanidad, en casi ruina que le impide andar y abrirse caminando al futuro que le espera por delante. En esto no puede fallar.

También quiero recordar, como hizo el Papa en la oración universal en la plaza de san Pedro ante la inmensidad de la pandemia del Covid-19, a Jesús con los discípulos en la barca sacudida por una tormenta: en esta ocasión, compartiendo con sus discípulos llenos de pánico las aguas agitadas y procelosas, el torbellino, de ahora, la zozobra de la amenaza de naufragio que sienten los hombres, en peligro, con los que comparte la misma barca que navega tan azotada y de la que Él, sin embargo, no se baja, no la abandona y deja a su suerte, y de la que no se despreocupa. Y sí le importa y mucho, todo, aunque se le vea dormido, poniéndose en pie. Impera y manda sobre la tormenta borrascosa, sobre los vientos adversos, y le obedece la tormenta y le obedecen los vientos y se silencia su fragor y amenaza.

¿Dónde está nuestra fe ahora?

La Iglesia de hoy en su barca, dispuesta a acoger a todos en ella, y sintiéndose unida a esa Humanidad sufriente, con miedo, castigada por la tormenta de la pandemia, grita en súplica angustiada y confiada, y así los discípulos despiertan al Señor: “Señor, ¿no te importa que perezcamos? ¿que nos hundamos? ¡Sálvanos! Él les dijo: ¿Por qué tenéis miedo, aún no tenéis fe”, ¿dónde está vuestra fe? ¡hombres de poca fe!”. ¿No nos está sucediendo esto, que estamos llenos de miedo, incluso de pánico? ¿dónde está nuestra fe en esos momentos? ¿no estamos dando muestras, en ese miedo, que no tenemos fe o somos de poca fe? Basta ver cómo oramos, si es que oramos, y suplicamos y cómo actuamos tras la oración para constatar la verdad del reproche que Jesús nos hace: no hay fe sin obras, no hay oración y súplica a gritos sin fe en Dios, pero esta fe debiera ir acompañada de obras buenas de caridad, y si no tenemos estas obras de caridad que tiene muchos aspectos, hasta políticos, habría que ver a dónde vamos.

Vivimos momentos para que esto lo reflexionemos y discernamos, porque me parece que a esta situación hemos llegado con poca fe en Dios, con falta de fe en Dios, con olvido de Dios y con poco amor que de esa fe se deriva. ¿No estamos haciendo de este mundo y civilización sin Dios, un mundo contra el hombre, donde tampoco el hombre cuenta o se le somete a otros intereses, no estamos ya mucho tiempo intentando “matar” a Dios, suprimiendo a Dios, y haciendo un mundo más pobre, más angosto, más vacío?¿qué llena ese vacío, la economía, el dinero, el bienestar, el placer, bienestar y sexo, las ideologías, los intereses individuales o de grupo, el poder y el mandar, ocupar puestos,…?

El vacío que ha dejado Dios, no lo puede llenar el hombre y sus intereses, ni planes o proyectos que solo proceden de los hombres. Y la humanidad enferma, se abruma y perece o se hunde. Por eso esta situación que estamos pasando debería hacernos reflexionar y llevar y conducir a todos, especialmente a la Iglesia, a la fe, a la sola fe en Dios que espera en Él y todo de Él y se expresa en la caridad que viene de Él, que no tiene límites. ¡Ayúdanos, Señor, a creer!¡Aumenta nuestra fe, una fe que obra por la caridad! Me llama la atención y me duele que, incluso en estos momentos, públicamente y por medios públicos, se esté ignorando la fe o lo que tiene que ver con la fe. Es cierto, sin embargo, que alguna cadena de TV está emitiendo la Santa Misa, cosa que tal vez antes no hacía, y que la Santa Misa está siendo muy demandada por los telespectadores, pero en tertulias y entrevistas, en reconocimiento de actuación, la fe o lo relacionado con ella brilla por su ausencia; y, sin embargo llena de esperanza y alegría, por ejemplo, por medio de algún que otro whatsapps, llega o llegan testimonios bellísimos y gozos, animosos, como el de aquella ancianica, me parece argentina-hispana por el tono y las expresiones de su lenguaje, que, con sus 96 años, daba, a través de poco más de dos minutos, un testimonio bellísimo y valiente de fe; pero testimonios, desgraciadamente, así no los veo o no nos llegan por las TV u otros medios de comunicación. Y esto también ayuda y ayudaría muy mucho a superar la crisis, por múltiples conceptos, y la tormenta destructora que está cayendo.

Tarea de la Iglesia, despertar la Humanidad dormida

Hay, además, otro relato evangélico que traigo a colación: el de la resurrección de Lázaro; en ese relato vemos a la Humanidad que, como Lázaro, está enferma, no sólo por los afectados por el virus covid-19, sino por otras muchas enfermedades, físicas y, sobre todo, espirituales, como puedan ser el egoísmo, individualismo, la violencia, el pecado, la dejación de responsabilidades, la soberbia humana, la cerrazón a Dios, el olvido de Dios, y tantas otras: está enferma, muy enferma, esta humanidad nuestra, tan querida por Jesús, que llora a su lado; preciso es reconocerlo. Y Jesús comenta: “Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”, y se quedó sin actuar inmediatamente con eficacia, hasta que dice: “mis amigos los hombres enfermos, están dormidos, y voy a despertarlos”. Sí, la humanidad de hoy parece enferma, está enferma, pero no de muerte, está dormida, hay que despertarla: esa es la tarea de la Iglesia, despertar a esta humanidad, como Jesús a su amigo Lázaro; confiamos que esta humanidad no caiga aún en la muerte, no esté muerta y esperamos que venga Jesús para que creamos; da la impresión que en la circunstancia que atravesamos le estuviésemos diciendo a Jesús, algo así como le dijo Marta: ”Si hubieses estado aquí con los hombres enfermos no se hubiese propagado esta enfermedad que nos aflige y algunos hermanos no habrían muerto; pero aún ahora sabemos que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Y Jesús nos responde más o menos como entonces: “Tus hermanos, la humanidad entera, resucitarán”. Y nosotros, como repitiendo mecánicamente, medio consolados, respondemos con la respuesta verdadera, pero manida ya del catecismo: “Sabemos que resucitarán con la resurrección del último día”. Pero Jesús, hoy mismo replica anunciándonos y diciéndonos la gran noticia, la gran realidad, la gran palabra, no hay otra: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre, ¿crees esto?”.

Por último, me remito al episodio de las bodas de Caná; la Madre de Jesús, en una situación tan normal como una boda, adelantando la hora de Jesús, les dice a los criados –también la Iglesia, los cristianos, somos criados, siervos y servidores- y nos dice: “Haced lo que Él os diga”. En la insipidez o amargura del agua que nos provoca la situación que estamos viviendo, la Madre de Jesús, la Santísima Virgen, a cuyo corazón Inmaculado fuimos consagrados desde Fátima el día 25 de marzo, fiesta de la Anunciación a María, esclava del Señor y Salud de los enfermos, Madre intercesora, siempre atenta a las eventuales carencias, necesidades, apuros de sus hijos,…, nos está diciendo como en Caná de Galilea: “Haced lo que Él os diga”. No tenemos otra salida del “atolladero” en que nos encontramos que esta: Hacer lo que Cristo nos dice. Esto, por favor, no es fundamentalismo; es la verdad, y soy testigo. Y nos lo dice Él mismo, Jesús, a lo largo de toda su vida, especialmente en los acontecimientos de los que hemos hecho conmemoración en las celebraciones de la Semana Santa, este año a puerta cerrada, y que también, por lo demás, nos ha mostrado en tantos gestos que estamos viviendo y viendo estos días: en médicos, enfermeros y enfermeras, personal auxiliar sanitario, administrativos en hospitales, conductores de ambulancia, jóvenes, familias, vecinos, enfermos, hospitales, investigadores, universidades, sacerdotes, capellanes de pastoral sanitaria, religiosas, señoras de la limpieza, militares… etc, etc.

Estos hechos, de algún modo, podemos relacionarlos con los del coronavirus, y vemos que el protagonista y salvador es Jesucristo como quien hace caminar al paralítico, calma la tempestad, convierte el agua en vino de alegría y de amor, es resurrección y vida, triunfador del mal, del pecado y de la muerte, trae y da la esperanza, y a su lado María, su Madre y nuestra Madre que adelanta la hora de salvación de su Hijo. Siempre Jesucristo y nada más que Jesucristo. Es la única palabra, luz, riqueza, verdad y fuerza que tiene la Iglesia. Y esta no la debe callar, ni la puede silenciar ni dejarla morir. Ha de acudir siempre, a tiempo y a destiempo, ahí, anunciar a Jesucristo, darlo a conocer, seguirle y testificarlo, adorarlo. La Iglesia no tiene otro plan ni otra respuesta, ni otra esperanza que Jesucristo, de quien se derivan tantos caminos. Este plan, esta obra no es de los hombres, es de Dios y quiere que, juntos, la llevemos a cabo y adelante

Como en los mejores tiempos de la Iglesia

 A partir de Jesucristo corresponde a los cristianos aceptar, vivir, encarnar en sus vidas y en la sociedad, en sus pensamientos y en sus obras, guiados por el Espíritu Santo, a Jesucristo; a partir de Él, del encuentro con Él, saldrán y concretarán y se decidirán proyectos y acciones como siempre ha sido surgidos de un nuevo corazón y de una nueva mente, inspirados por la luz del Evangelio del modo que Dios sabe y a nosotros se nos escapa, y cambiará el mundo; a partir de este encuentro con Él se podrán y se deberán hacer muchas cosas, unas espontáneas, casi naturales, otras más pensadas y proyectadas comunitariamente, como ha sido en los mejores tiempos de la Iglesia; y esto es, llamémosle como sea, es EVANGELIZAR DE NUEVO, con nuevos métodos y lenguajes, y sobre todo con nuevo ardor: dar a Cristo a nuestras gentes desalentadas que hambrean esperanza y consuelo, ofrecer remedios y respuestas que van más allá, ayudar y contribuir, colaborar, a que nazca y crezca una humanidad nueva con hombres y mujeres nuevos, con un nuevo estilo de vivir, el del Evangelio, que muestren lo que ha sucedido al aceptar y seguir a Jesucristo y así lo viven y proclaman en cuanto son o se les demande, pero que no se quedan aquí solo sino que van más allá abren un grandísimo horizonte de luz. Este es el gran reto que tenemos, en el que se nos pide ofrecer lo que tenemos y aportarlo con sus consecuencias humanas, sociales, religiosas, culturales, y políticas, económicas, de reconstrucción de un mundo nuevo y una humanidad nueva con hombres y mujeres nuevos.

Esto es lo que quería compartir con vosotros con esta comunicación, deciros una vez más, como tratamos de hacer ahora y con el Sínodo Diocesano: tenemos el Evangelio y busquemos en él, como en la alegoría del arcón, cosas viejas y nuevas y pongámonos manos a la obra, en el brete de hacer eso nuevo y viejo reales y eficaces, con el auxilio que siempre nos viene y vendrá del Señor, con fe, confianza, perseverancia, oración y súplica a Dios para quien nada hay imposible, y sin olvidar la palabra de María que nos anima a que sirvamos a Cristo, sirviendo de medios e instrumentos para que se dé y continúe la alegría, que viene de Él, y anticipa la alegría final a la que aspiramos, por el deseo puesto por Dios en nuestro corazón e inscrito por Él, desde el principio, en nuestra gramática humana.

Sin nerviosismos, sin prisas, que nunca son buenas, pensando, con humildad y paciencia y sensatez y confianza edificaremos juntos o reconstruiremos juntos con el Señor la casa común después de la pandemia, y por eso hagamos o habríamos de hacer también planes de futuro, como enseña Jesús cuando nos dice que hay que proyectar antes de edificar; para esto, sin duda, habría que ponernos en común y sumar esfuerzos, por ejemplo, convocando y reuniendo a políticos cristianos que, a partir del Evangelio, a su luz, y las enseñanzas de la Iglesia, plasmen ese Evangelio en proyectos para el ahora y el inmediato después de la crisis; a economistas, entidades y personas con medios económicos, o a profesores e investigadores, a intelectuales y a gentes sencillas, a médicos, enfermeros y enfermeras, responsables y expertos del ámbito de la salud, a universidades en común, a grupos de profesionales o de observatorios sociopolíticos, culturales, de pensamiento y acción, grupos educativos y de comunicación, cristianos, a miembros de seguridad y defensa y que vean cada uno, desde su competencia, qué aportar y qué se podría hacer, anticipándose, ante el inmediato futuro que mañana mismo va a llegar. También habría que pensar en los sacerdotes porque también ellos deben animar y dar aliento y vida a cristianos que lo necesitan, alentar e ir delante y acompañando a las comunidades. ¡Adelante!, pues. Pensemos en los actuales momentos que vivimos para que las cosas se hagan bien conforme a lo que Dios quiere. Pero pensemos también en el futuro, en el que tal vez podamos encontrarnos en otras situaciones nuevas y no previstas, incluso nuevas e inéditas, que necesitarán, sin duda fe y ayuda de Dios, pero también colaboración y concordia de todos. ¡Ánimo y adelante, en nombre del Señor!

Innumerables ejemplos ante la pandemia

En todo caso creo que habría que aprender mucho de estos días de pandemia y del estado de alarma en el que estamos. Por ejemplo, me ha maravillado y me ha cautivado el ejemplo y testimonio que están dando tantos médicos, enfermeros y enfermeras, cuidadores, servidores de la sociedad desde sus farmacias o desde los comercios agroalimentarios, empresarios, trabajadores, en concreto de limpieza: han sido, están siendo un verdadero y auténtico ejemplo con su entrega, su volcarse sobre las personas, su dejar dar la vida por los demás, su atención a los enfermos hasta la extenuación, su generosidad, su poner hasta en riesgo sus propias vidas… No sé si son cristianos todos o si están inspirados en ese proceder y actuar suyo reflexivamente desde el Evangelio; lo que sí puedo y podemos asegurar es que el Evangelio, con la fuerza de Dios, no está lejos de ellos, y está actuando en ellos y actuándose y haciéndose presente en ellos. ¡Gracias! ¡¡Mil millones de gracias a todos, sin dejarme a ninguno!! Y lo mismo habría que decir de los militares y agentes de la seguridad del Estado que nos han ofrecido y están ofreciendo un ejemplo tan conmovedor y tan anónimo, y tantos otros; están siendo unos días muy ricos en enseñanzas para aprender y secundar, como también en conductas o “ejemplos” que no debemos seguir, porque se ven a la legua cargados de ideología o de interés por el poder. También habría que fijarse en el comportamiento de algunos políticos, dignos del mayor encomio por su libertad y búsqueda del bien común; y, también el de las religiosas, voluntarios y responsables de Cáritas, de los sacerdotes, admirable comportamiento el suyo que desde la soledad y el silencio están prestando tan ejemplar testimonio, y tal vez no reconocido socialmente, ese testimonio y servicio suyo tan fundamental e imprescindible. He de reconocer que todo este tiempo doloroso está siendo un aliento para vivir en verdad la comunión a cuyo servicio me encuentro. Todos estos gestos, más abundantes de lo que parece, nos están diciendo a voces: ¡Hoy es día de Pascua de resurrección, es día abierto a la esperanza. ¡Ojalá escuchemos hoy la voz del Señor, no endurezcamos nuestro corazón!.

Que Dios nos ayude y nos dejemos ayudar por Dios, porque el auxilio en esta situación tan difícil nos viene y vendrá de Él, para quien nada es imposible. A Él nos encomendamos, en sus manos ponemos nuestras vidas e inquietudes, nuestros afanes, nuestros proyectos. Y acudimos a su Madre, de quien nos viene la esperanza y la alegría que trae su Hijo. A Ella, Madre de los desamparados y salud del pueblo, que está en el cielo y nos fue dada por Madre junto a la cruz, encomiendo todo esto y a las personas que lo viven, lo sufren o tienen miedo. Los ejemplos tomados del Evangelio que he recordado antes, nos pueden ayudar y los misterios que hemos conmemorado en Semana Santa y Pascua son nuestra luz, nuestro consuelo, porque en la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo está la esperanza de nuestra feliz resurrección y de vuelta a la vida, que es donde se encuentra el verdadero juicio de Dios, siempre de misericordia, de aliento, de amor y de vida. Vayamos a Él si estamos cansados y agobiados y hallaremos el alivio y el consuelo.

Con mis mejores deseos para todos, un abrazo cordial a todos en Cristo Jesús, nuestra esperanza y nuestra salvación. Pero no nos crucemos de brazos. Actuemos, en nombre de Dios, de Jesucristo Nazareno y pongamos a esta humanidad en pie, en camino, a hacer camino hacia adelante, hacia la patria y la casa que Dios nos promete y concede, la suya, la de la familia y fraternidad que somos todos, ya que tenemos al mismo Padre, Dios, y todos somos hermanos en Jesucristo por el Espíritu Santo.

¡¡¡Feliz Pascua de Resurrección!!!

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia