Carta Semanal del Cardenal Arzobispo de Valencia

1 de Junio  2022

Una cuestión que no deja de aparecer de vez en cuando –y es normal que así sea– es la de la educación. Y en relación con esta cuestión no puedo dejar de insistir en la masiva presencia, en nuestra sociedad y cultura, del relativismo, particularmente insidioso para la obra educativa. Este relativismo, “al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio “yo” (Benedicto XVI). En ese ambiente relativista no es posible una auténtica educación, pues sin la luz de la verdad, antes o después, toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común.

La sociedad actual, carcomida por el relativismo, parece que ha dejado de creer en la verdad; en su lugar, duda escépticamente de ella y de la posibilidad de acceder a ella. Considera, de alguna forma, que la verdad es inaccesible, un bien que en sí mismo es inalcanzable y ampliamente fragmentado. El hombre que debería ser santuario de la verdad, ha pasado a ser destinatario y consumidor de fragmentos de verdad. Más aún, en nuestro tiempo, la razón movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece haber olvidado que éste también está llamado a orientarse hacia una Verdad que lo trasciende (Verdad que no es otra que Dios mismo, de la que es inseparable la verdad del hombre y su realización). Domina la persuasión de que no hay verdad última, de que no existen verdades absolutas, de que toda verdad es contingente y revisable, y de que toda certeza es síntoma de inmadurez y dogmatismo intolerante. De ahí puede deducirse que no hay valores universales que merezcan adhesión incondicional y permanente, e, incluso, tampoco derechos fundamentales, de todos y para todos, en cualquier circunstancia y anteriores a la normativa jurídica o a la decisión de los legisladores. De esta suerte, las formas distintas de percibir la verdad, los valores, y aun los derechos, por parte de los individuos y grupos sociales se hacen objeto de un cierto consenso, en el cual tiene categoría de criterio determinante la opinión socialmente más extendida y el valor funcional que la acredita. Individuos y grupos se ven obligados a renunciar a convicciones con pretensión de hallarse objetivamente fundadas, verdaderamente abarcantes de la totalidad de la existencia, que aportarían sentido a la vida por su carácter integrador de todos los elementos personales y sociales: se ven, en definitiva, obligados a orientarse sin esa referencia hacia una verdad última y universal que los trasciende. Ese es, a mi entender, el drama de nuestro tiempo y el cáncer en la educación.

Pero añado más, y pienso muy directamente en España. Vemos que se nos está instando a asumir un horizonte de vida y de sentido en el que ya nada hay en sí y por sí mismo verdadero, bueno, justo en sí mismo y por sí mismo, porque ya no tiene cabida la existencia de una verdad última, ni una realidad verdadera que nos precede, previa a nosotros e indisponible para nosotros. Hemos entrado en una mentalidad relativista, escéptica, subjetivista que niega la posibilidad y la realidad de principios estables y universales, de la verdad, en definitiva, o de acceder a ella. La realidad misma que se impone a nosotros porque es antes que nosotros, y la tradición sin la cual no somos, no debería contar según la mentalidad de algunos: así sucede cuando en la misma programación escolar se prescinde de la historia del país al que se pertenece, o se le mutila en partes muy fundamentales que nos muestran esa tradición, sus orígenes, sus raíces, sus fundamentos; se pierde la “memoria” de lo que somos dentro de la gran tradición de nuestro pueblo o de la unidad de nuestros pueblos: quien pierde la memoria, quien renuncia u olvida su pasado, corre el riesgo cierto de que otros le hagan su futuro. En, el fondo, en esta mentalidad, sin verdad, sin tradición y sin memoria, lo que debería contar es lo que yo o con otros quiero que sea ahora la realidad, lo que yo con otros queremos construir, lo que yo decido. Todo dependería de nuestra decisión, de nuestra libertad: lo real sería lo que decidimos, lo verdadero sería lo que construyo y decido por mí o junto a otros. El mundo y la historia humana obra de nuestras manos y nada más, construcción del hombre conforme a su decisión.

Por supuesto, en todo ello hay más: hay una concepción del hombre, autónomo e independiente, único “dueño” de sí, en la que Dios no cuenta ni puede, ni debería contar, pues nos quitaría nuestra libertad, nuestro espacio vital. Quienes profesan esta mentalidad y tratan de imponerla, piensan que hay que apartar a Dios, al menos de la vida pública y de la edificación de nuestro mundo, y así tener espacio para ellos mismos. Se diga o no, en el fondo se está diciendo que Dios, Verdad última y trascendente, fuente de toda verdad, Sabiduría y Razón suprema, no nos deja libertad, nos limita el espacio de nuestra vida con sus mandamientos; por tanto debería desaparecer, si queremos ser autónomos, independientes; por el contrario, siendo nosotros autónomos e independientes, apartando a Dios o dejándolo al lado como si no existiera, siguiendo nuestras ideas, nuestra voluntad, nuestras decisiones, llegaríamos a ser realmente libres, para poder hacer lo que nos apetezca o decidamos sin tener que obedecer a nadie. “Pero cuando el hombre desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar. Eso es precisamente lo que confirmado la experiencia de nuestra época” (Benedicto XVI). La pérdida de grandeza del hombre, el vacío de la nada y el nihilismo son consecuencias inevitables o exigencias concomitantes de estas posturas. Pero, además, esa negación de la verdad que nos precede y de la que no podemos disponer a nuestro arbitrio, tiene en su entraña una concepción materialista del hombre y del mundo, y conduce o reclama el totalitarismo para no sumirse en el caos.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia