Carta Pastoral del Cardenal Arzobispo de Valencia

9 de Septiembre 2020

Nos hallamos en una nueva fase de la pandemia del covid-19, tras las vacaciones, seguimos atravesando, remando en medio de la tempestad del coronavirus. Hemos pasado la fase de la “desescalada”, como se le llamó, y parecía o esperábamos que las cosas, al menos algunas, se fueran a ir enderezando, sin embargo los rebrotes se van produciendo muy peligrosamente y hay que seguir y actuar con extremada prudencia para evitar, nuevos contagios. La tormenta aún sigue; y la necesidad de pararnos, de reflexionar y de ser lúcidos y libres y prudentes, cuidadosos con esmero y, sin afectación ni miedos, el avivar la conciencia, ante este hecho tan duro se hace aún más apremiante, porque la presión, los múltiples miedos, reales o inducidos, la propaganda múltiple y pluridireccional y tantas otras cosas evidentes, pueden adormecernos, dominarnos, desconcertarnos, al menos, e inhabilitarnos, incluso, para ser libres y entrar en una fase más clara de esperanza y actuación en responsabilidad personal y compartida.

La Pontificia Academia para la Vida hizo público, pocos meses atrás, un magnífico y espléndido documento, “Humana Communitas”, cuya lectura recomiendo, y en el que deberíamos o podríamos apoyarnos en la fase que nos encontramos de la pandemia. Este momento actual de la historia, de modo particular de España y Occidente, de crisis no solo económica, y social, incluso política de las mismas democracias, como si el mundo hubiese sufrido una guerra con notables consecuencias, estamos viviendo un momento de infierno, de ejercicio del poderío del príncipe de la mentira, que nos oprime y circunda en esta epidemia por la ausencia de Dios que hemos creado unos y otros, porque el verdadero infierno es ESA AUSENCIA, en estos tiempos actuales de la historia mundial, occidental, oriental, europea y española: ¿cómo nos ha sorprendido o cogido esta pandemia? ¿Cómo estábamos y cómo vivíamos? ¿Qué lugar ocupaba Dios en la vida de los hombres y de nuestra sociedad? Seamos sinceros, pero de verdad, ¿se podía seguir viviendo como se vivía? ¿No nos dicen nada, por ejemplo, los miles y miles, seguramente millones, de abortos provocados por legislaciones injustas? ¿No nos dicen tampoco nada las legislaciones permisivas de la eutanasia? ¿Tampoco pasa nada con el descenso de natalidad tan grande? ¿Y qué decir del descenso de los matrimonios entre un hombre y una mujer, que son la base de la familia en la que se asienta la humanidad y su futuro, la generalización de los divorcios, el aceptar como matrimonio entre personas del mismo sexo? ¿Se puede mantener o favorecer la ideología de género sin consecuencias nefastas para la humanidad? ¿No es degradación la cultura de muerte que se viene extendiendo, el desprecio de la verdad, el reinado o imperio de la mentira, o el relativismo imperante? ¿Y qué decir de tantos casos de pederastia de personas consagradas, sacerdotes, que son ruina para la Iglesia y la misma humanidad? ¿Pueden quedar impunes tantos pecados cometidos dentro de la Iglesia contra los sacramentos? ¿Pueden quedar impunes los millones de niños víctimas del hambre o los eliminados por los actos de terrorismo, o la trata y el maltrato de mujeres y de hombres, de nuevas esclavitudes, de sangrantes divisiones y enfrentamientos? ¿Podemos seguir impasibles ante la descristianización de nuestro mundo o ante la generalización de la secularización y el laicismo o la apostasía silenciosa impunemente?… Un larguísimo etcétera podríamos añadir de pecados de los hombres. Y ¿todo ello puede quedar sin consecuencias? Todo esto deja huellas y heridas en la humanidad, que se ha debilitado en su conjunto. Nos debería hacernos pensar y cambiar de ese estilo de vida.

Lejos de mí el considerar este hecho como un castigo divino, o de ver a un Dios castigador, vengativo, enemigo y en contra del hombre, porque Dios es amor, y para nosotros los cristianos se nos ha revelado en la cruz de Jesucristo, que es perdón, amor misericordioso universal, salvación, pero también es juicio de nuestros pecados, y, porque Dios está presente, cercano, en su providencia amorosa, a pesar de nuestro olvido de Él, o de un vivir como si Dios no existiera, y de nuestros muchos pecados y errores por ese olvido; Dios, se hace presente, a su modo, en este acontecimiento universal, al que habrá que estar muy atentos; pero que tiene mucho de “extraño”, cierto. Y digo “extraño” pues son muchos los puntos sin aclarar, los ocultamientos de la verdad, los sometimientos y los miedos que están generando, a dónde nos lleva todo esto, ¿alguien sabe? Es un “novum” en la historia humana, que ha irrumpido sin avisar, con dimensiones mundiales, y nos ha dejado como apabullados y desconcertados, ante el que se han hecho patentes las limitaciones del hombre, de las mismas ciencias y las capacidades tecnológicas, sanitarias y políticas de los países. Un nuevo “orden” y una nueva cultura parecen adivinarse en el horizonte. Abundantes y muy gruesos problemas, reclaman nuestra solicitud, la de todos en común y con la responsabilidad compartida de todos, solicitan particularmente la solicitud atenta y la lucidez y libertad de todos, también de la Iglesia.

Esta pandemia está siendo, como digo, un acontecimiento único y universal, inédito, nuevo, en toda la historia de la humanidad por su extensión, por su gravedad, por la incapacidad del hombre ante él en todas las naciones –en unas más que en otras–, por el número de afectados y, sobre todo por el alto número de muertos, por los sufrimientos y desgracias que está acarreando consigo y por habernos rozado y tocado de lleno la muerte a la población mundial en este momento actual de la historia; pero, atrevámonos a decirlo con todo respeto, pero con todo amor y sentido de responsabilidad, el más hondo, vasto y auténtico problema del mundo, particularmente de Occidente, más aún que el de la pandemia del covid-19, es el que Dios desaparece del horizonte de los hombres y con el apagarse la luz que proviene de Dios, la Humanidad se ve afectada por la falta de orientación cuyos efectos destructivos son cada vez más manifiestos, como nos está ocurriendo ahora que camina a obscuras. Aunque, a decir verdad, durante la pandemia parece que bastantes se vuelvan a acordar de Dios y miren a Él.

En los días de confinación, de silencio, y de casi total incomunicación y escaso trato con personas, en los que aún estamos todavía, no sabemos hasta cuando, me he preguntado muchas veces ante el Señor, porque han sido, están siendo, días de oración, de presencia y cercanía de Dios al que invocar, porque “Él es bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas, compasivo, y está cerca de los que lo invocan, de los que le invocan sinceramente” (Sal 144): “¿Qué podríamos hacer, además del ayuno y penitencia imprescindibles, además de orar y ayudar, de volver a Dios y escucharle y adorarle y de ayudar a los demás en lo que se pueda? ¿Qué nos pides, Señor? Eso, Señor, ¿qué nos pides?”. Y escucho en el hondón de mi alma: Que volvamos, sin dudarlo, de verdad a Ti, que nos convirtamos, que sigamos invocándote porque estás muy cerca y nos oyes, que nos unamos todos, según su voluntad o querer, para ocuparnos de la salud y sanación de todos, y evitar que haya nuevos contagios, que colaboremos en superar, con tu auxilio, esta pandemia. Esto es lo más inmediato, como también que la ciencia dé con vacunas adecuadas, legítimas y eficaces, para todos y asequibles a todos, sin discriminación de ningún tipo.

Pero ante tanta miseria destapada, y tanta desgracia y ruina, tanta desolación y destrucción como ha desvelado y ocasionado y sigue ocasionando, como si se tratase de una nueva guerra mundial en el ámbito social, económico, político, moral y espiritual, humano, es urgente y apremiante que reemprendamos un camino nuevo de futuro, de recomposición y reconstrucción, el camino nuevo y antiguo, el del ayuno que Dios quiere: que compartamos el pan con el hambriento, que vistamos al que está desnudo y que hospedemos a los pobres sin techo, y que evitemos responsablemente todo contagio cumpliendo las normas dictadas al efecto, que nos comportemos como criaturas de Dios, hijos suyos, como hermanos que somos unos de otros. Se habla mucho del campo económico, incluso político, pero, pienso, que hay que ir más allá; sin duda que el desastre económico, de empresas que tienen que cerrar, de trabajadores que se quedan sin empleo, de familias depauperadas, es ya muy grande y va a ser aún más grande, y de que la “vuelta al cole”, o la vida de colegios, institutos y universidades amenaza con nuevas situaciones de peligro, si no ponemos remedio adecuado; la pobreza que va a sobrevenir va a ser de grandísima magnitud, aquí en España y en muchas naciones; pero también la descomposición y los problemas morales que se originan no son de menor tamaño. Es hora de un cambio o de una renovación honda y extensa; el rearme económico, político y social tan necesario y apremiante requiere un cambio, una actuación, una conversión que no se puede demorar.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia