29 de Marzo de 2014 

El Papa Francisco de rodillas en la basílica vaticana, apoyado en el confesonario. Ante él un franciscano conventual que escucha su confesión. Fue ciertamente esta inédita imagen la que dio una impronta significativa a la celebración penitencial presidida por el Pontífice el viernes 28 de marzo, por la tarde, en la basílica de San Pedro. Durante el rito, que tuvo lugar en presencia de numerosos fieles, el Pontífice mismo confesó luego a algunos penitentes.

La reflexión propuesta por el Santo Padre a los presentes se centró en dos actitudes —revestirse del hombre nuevo y permanecer en el amor— necesarias para alcanzar esa vida nueva que «permite mirar la realidad con ojos distintos sin ser ya distraídos por las cosas que no cuentan y no pueden durar mucho tiempo, por las cosas que se acaban con el tiempo».

El camino a recorrer es el que ayuda a «permanecer en el amor de Jesucristo», lo único, precisó el Papa, que dura para siempre. Y se trata de un amor capaz de vencer el pecado y de conquistar el perdón del Padre, rico en misericordia. Este, añadió, es el mensaje que debe transmitir «quien experimenta la misericordia divina», transformándose en «artífice de misericordia entre los últimos y los pobres. En estos hermanos más pequeños Jesús nos espera». De aquí la invitación conclusiva: «Recibamos misericordia y demos misericordia».

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