Javier Campos y María José Olcina llevan 4 años de misión en el sur de Japón. Viven en la isla de Kyushu, en un pueblo llamado Koga, cerca de la ciudad de Fukuoka. Tienen 6 hijos: Juan (13 años), Jorge (9), Víctor (6), Francisco (4), Pablo Miki (2) y Diego (6 meses). Él trabaja como profesor en una escuela de idiomas.

 ¿Cuál ha sido el motivo de vuestra vista a Valencia?

J: Pertenecemos a la tercera comunidad neocatecumenal de la Parroquia  Epifanía del Señor y Santo Tomás de Villanueva. Hemos venido para realizar el penúltimo paso del Camino Neocatecumenal junto con nuestra comunidad. La Comunidad es el cuerpo y nosotros somos sus pies en la misión en Japón. Y sin la Comunidad no estaríamos en Japón.

¿Cómo es vuestra vida en misión?

J: Muy sencilla: vivir como una familia cristiana en medio de los paganos. Vivir la alegría de haberse encontrado con Cristo resucitado.

MJ: Japón es uno de los países más paganizados del mundo.

J: El país tiene un porcentaje aproximado de un 0’7 por ciento de cristianos: un millón de cristianos en medio de 127 millones de japoneses paganos.

¿Nos podríais describir la sociedad japonesa?

MJ: En  una sociedad donde no conocen a Dios ni el cristianismo, porque no ha sido evangelizada, lo más importante para ellos es el trabajo. Tienen días sueltos de vacaciones, pero nunca más de 3 ó 4 días seguidos. Es una sociedad dominada por el consumismo, rica, donde no hay pobres en las calles. Nuestros niños pequeños se asombraban cuando llegaron aquí porque veían a pobres pidiendo por la calle, en el centro de Valencia.

J: Para mí es un país de una educación exquisita, donde la educación llega hasta tal extremo que impide la relación entre las personas. Y hay una gran soledad y una gran tristeza. Es un país rico y triste, con uno de los mayores índices de suicidios del mundo. Hay un millón y medio de jóvenes japoneses (hikikomoris) que viven encerrados en su habitación durante años, sin salir de sus casas, y con el único vinculo con el exterior a través del ordenador. Sus propias familias les dejan la comida junto a la puerta. El fenómeno va al alza y afecta a un colectivo de jóvenes de entre 13 a 30 años. También hay una parte de adolescentes que sale esporádicamente de casa para ir al instituto o la universidad, pero allí ni siquiera tienen relación con sus propios compañeros. Son unos tres millones en todo el país. Es la punta del iceberg de una sociedad en la que la gente está sola.

¿Qué características tiene una familia media en Japón?

J: Depende de la zona de Japón, si es urbana o rural. En Tokyo u otras grandes ciudades no se puede tener más de un hijo por el nivel de vida elevado y la falta de espacio, puesto que viven en apartamentos muy pequeños y de alquileres muy caros. Al sur del país, donde vivimos nosotros, es más habitual encontrarse familias con tres hijos, porque es una zona rural. El padre está “condenado” a trabajar en la empresa y ahí acaba toda su responsabilidad. Su único rol es trabajar. Ya no toma más decisiones familiares. Hay un dicho japonés que dice: “un hijo se educa viendo la espalda de su padre trabajar”. Con eso se dice todo.

MJ: Entre los japoneses es difícil que se expresen sus emociones, afectos  y sentimientos. Incluso entre padres e hijos, y entre los esposos. Los padres no tienen contacto afectivo con los hijos en público: no se dan besos o abrazos. No se cogen las manos los matrimonios ni los novios.

J: Al final toda la cultura del respeto y la educación tiene una explicación más profunda: una gran fragilidad enorme, derivada del miedo a hacer daño al otro y que los otros te hagan daño a ti. Por ejemplo: a los niños, desde pequeños, les enseñan en clase que deben aprender a interpretar los sentimientos de los demás para no herirles, de tal manera que si voy triste a clase tengo que sonreír para no preocupar a los demás, porque les hago daño. A la pregunta de cómo estás, solo hay una respuesta en Japón: muy bien. Y una sonrisa.

¿Cómo evangeliza una familia cristiana allí?

 J: Muy sencillo. Para mi es estar profundamente unido a Jesucristo. Y todo lo demás, el Señor se apaña. Y que algún día eso se irradie y salga hacia fuera. No lo sabemos. Supongo que cuando el fuego esté encendido en nuestro interior prenderá a los que nos rodeen. Y esto, vivirlo dentro de una comunidad de gente en la que nosotros vemos que no hay barreras, no hay japoneses, españoles o italianos. Hay una única comunidad cristiana que se reúne alrededor de un Cristo vivo y resucitado que va cambiando la vida de los hermanos de la comunidad. Tenemos hermanos japoneses que se han abierto a la vida y tienen 9 hijos. La comunidad también sale a las calles a evangelizar y anunciar la buena noticia a las gentes.

 ¿Cómo surgió vuestra opción de ir a una misión de la Iglesia? ¿Por qué os fuisteis?

MJ: La vida es muy seria. Cuando descubres el sentido de la vida, que no estamos hechos ni para estudiar ni para trabajar, ni para irse de vacaciones, ves que todas esas cosas no te dan la felicidad. Y que Jesucristo es capaz de llenarte la vida entera y de dar sentido a tu vida. Lo hicimos porque encontramos el tesoro y lo vendimos todo para comprar el terreno donde estaba.

J: Mi corazón ya no desea otra cosa mas que anunciar al mundo que estamos hechos para el cielo. Anunciarlo y vivirlo en primera persona donde la santa  Madre  Iglesia  nos  envíe  para  anunciarlo

¿Cuál es la vivencia de vuestros hijos en la misión?

MJ: Ellos lo viven como una vida normal. Saben que están en una misión, y los más pequeños viven la misión aquí con una gran naturalidad. Cuando algún japonés les pregunta sobre su fe dan testimonio con total naturalidad.

J: Los más mayores han sufrido mucho al principio porque la amistad que conocían en España aquí no la encuentran. Ellos no tienen prácticamente amigos porque son diferentes a los demás y la amistad entre los japoneses se reduce a pequeños grupos exclusivos y cerrados. Si no tienes ese concepto de la amistad, porque para ti es un concepto más amplio, entonces no te aceptan. Salirse de su círculo asfixiante es traicionarles. Quedan para actividades en grupo, pero fuera de ahí no hay relación entre ellos. Si le digo a mi vecina que venga a mi casa a que le dé clases de cocina, vendrá. Pero si le invito a cenar, no viene, porque ella sólo concibe vernos para una actividad. Estamos hechos para Dios. Y el cielo ya se puede vivir en la tierra. Nuestra experiencia en la misión es que Dios ha convertido a nuestra familia en un trocito del cielo en el que se da la comunión, el amor, el perdón, la ternura, la misericordia. Y el que se acerca puede tocarlo. Eso va entroncado con la misión.

MJ: Merece la pena.

J: Nuestra experiencia es que cada vez estamos más contentos y no nos explicamos porqué. Por lo de fuera no es. Sólo por lo de dentro. Por la luz que brilla dentro del corazón. A esta sociedad que vive en oscuridad hay que mostrarle la luz que puede brillar en el corazón de cada hombre.

Gracias

 

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