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La organización presenta un estudio demoledor que acusa a oenegés y a la ONU de pecar de burocráticas y tener aversión al riesgo. MSF propone abrir un periodo de reflexión que lleve a cimentar una ayuda humanitaria de más calidad. El contraste, la ayuda humanitaria de la Iglesia católica: aplica los recursos de forma íntegra y es efectiva en zonas remotas

El demoledor informe de Médicos sin Fronteras ‘Where is everyone?’ (‘¿Dónde está todo el mundo?’) ha generado un debate en torno a la acción de las oenegés y de la ONU  Las conclusiones del informe revelan que la burocracia, la lentitud, la falta de asunción de riesgos, el consumo de gran parte de los recursos en gestión interna, y la inmovilidad hacia zonas de más necesidad –al margen de los grandes núcleos de población está provocando que la gran industria humanitaria esté perdiendo eficacia y fuelle.

En un artículo de Rosa M. Bosch publicado en el diario La Vanguardia bajo el título ‘La industria humanitaria se encalla’, la periodista explica que en las emergencias más graves, cuando la asistencia es vital, “los trabajadores humanitarios internacionales son rápidamente evacuados o se someten a un periodo de hibernación y los proyectos son suspendidos”, según diagnostica Joanne Liu, presidenta internacional de Médicos sin Fronteras (MSF).

MSF ha lanzado este documento, en el que afirma que agencias de Naciones Unidas y oenegés pecan de burocráticas y tienen aversión al riesgo. MSF quiere abrir un periodo de reflexión que lleve a cimentar una ayuda humanitaria de más calidad. El informe concluye que la acción de oenegés y ONU falla, no tiene impacto y, en líneas generales, es ineficaz, en base al estudio de tres crisis: la de Maban, en Sudán del Sur, entre el 2011 y el 2012; la de Kivu del Norte, en la República Democrática del Congo, en el periodo 2012-2013, y la gestión de los refugiados que llegaron a Jordania desde Siria entre julio del 2012 y junio del 2013. Para ello ha entrevistado a 116 personas, trabajadores en el terreno y en los cuarteles generales de organizaciones de este sector.

“Tenemos más recursos que nunca pero en los últimos años ni Naciones Unidas, ni oenegés, ni los donantes (gobiernos, Unión Europea…) han priorizado la respuesta a las emergencias y nosotros nos incluimos, no somos perfectos”, indica Enrica Picco, responsable de Asuntos Humanitarios de MSF, actualmente trabajando en la sede de Barcelona pero con experiencia en diferentes países de África Central.

 

Naciones Unidas, la gran señalada

En cuanto a las oenegés, MSF lamenta que no hayan sabido atender como se merecían a las víctimas de guerras y catástrofes naturales: “Ahora hay muchos más actores pero no se han adaptado a los cambios de las emergencias. Las oenegés han perdido capacidades técnicas, especialmente en salud, agua y saneamiento, no realizan propuestas rápidas, ni de calidad, añade Enrica Picco.
MSF se muestra muy crítica con la querencia de bastantes oenegés por buscar “objetivos” fáciles, sin complicaciones, lo que deja a las poblaciones más inaccesibles abandonadas a su suerte. “Parece que en Maban muchas agencias encontraron la emergencia demasiado dura. Hay escasez de organizaciones deseosas y capaces de hacer el trabajo difícil”, subraya el informe.Enrica Picco, según narra Rosa M. Bosch, afirma que, por ejemplo, en los campos de desplazados de la región de Maban se habrían salvado muchas vidas si las cosas se hubieran hecho mejor: “Las tasas de mortalidad fueron altísimas, llegaron a 1,79 muertes por 10.000 habitantes por día y en el caso de los menores de cinco años a 2,84 fallecimientos, cuando el umbral de la emergencia está en una y dos muertes, respectivamente.” El Programa Mundial de Alimentos no pudo suministrar raciones completas de alimentos hasta varios meses después de que estallara la emergencia.

En los tres casos, el sistema de recaudación de fondos fue “inflexible y burocrático. En Kivu del Norte, estimamos que los recursos tardaron tres meses en llegar, eso no se puede considerar una “respuesta de emergencia”. Asimismo, reivindican que las agencias de la ONU presten ayuda a quien lo necesite, a los más débiles, independientemente de su estatus jurídico, para evitar que se repitan situaciones como las detectadas en Kivu del Norte, donde la atención que recibieron las personas alojadas en campos oficiales fue mucho mejor que la que tuvieron las que estaban en otros campamentos.

La realidad es que la gestión de Naciones Unidas está siendo severamente criticada desde largo tiempo. Esta institución internacional se ha convertido en un gran organismo de corrupción a gran escala y merece una auditoría profunda.

El contraste, la labor humanitaria de la Iglesia

En contraste con esta dinámica de las oenegés y de la ONU, lo protagoniza la labor humanitaria que desarrolla la Iglesia católica desde siempre y en las zonas más aisladas e inaccesibles. La ineficacia de las organizaciones humanitarias contrasta con el misionero y la religiosa que desarrolla su trabajo en zonas remotas, se instala allí, se implica con la población autóctona y, algo fundamental, consigue que todos los recursos económicos que recibe el proyecto los aplica al propio proyecto, porque no tienen ningún tipo de burocracia y administración.

El informe de MSF además de pretender activar un debate de cara a la Cumbre Mundial Humanitaria que se celebrará en Estambul, en el 2016, también pone de manifiesto que el modelo que han desarrollado las oenegés no está funcionando, como sí lo hace el que rige la ayuda católica.

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