Foto: REUTERS/Alkis Konstantinidis

En un punto indeterminado del Mediterráneo, en medio de los gritos de pánico desde el agua y el olor a gasolina del bote que se hunde, el ruido de un motor, que se acerca brevemente, aumenta la esperanza. Decenas de personas que luchan por sus vidas en el Mediterráneo utilizan su energía restante para saludar frenéticamente en busca de ayuda. A casi 2.000 millas de distancia, en la capital polaca, Varsovia, un operador de drones observa sus momentos finales a través de una transmisión en vivo. No hay un barco para responder al SOS, solo un vehículo aéreo no tripulado operado por la agencia fronteriza y de la guardia costera europea, Frontex

Han transcurrido pocos años desde que en 2019 (Imagino una fecha futura) se hicieron muchos esfuerzos (muchos de ellos inútiles, para nuestra desgracia) de tanta gente por influir en el rescate de náufragos, emigrantes y refugiados del Mediterráneo. Incluso el Papa Francisco reiteraba con frecuencia su miedo ante los soberanismos cerrados dado el ambiente de puertos bloqueados (como los corazones de quienes ordenan cerrarlos) a los empobrecidos refugiados en el sur de Europa, que gota a gota seguían poniendo a prueba los nobles retos de la tan cacareada unidad europea.

Estamos en 2021. Por decir una fecha posterior. En Varsovia en el edificio Warsaw Spire. Allí se encuentra la sede de Frontex, la policía de fronteras de la Unión Europea, un organismo cuya principal función, más allá de la propaganda oficial, es impedir que lleguen refugiados a Europa.

Y a muchos kilómetros de distancia, en un punto indeterminado del Mediterráneo, en medio de los gritos de pánico desde el agua y el olor a gasolina del bote que se hunde, el ruido de un motor (como un pájaro metálico en los aires), que se acerca brevemente, aumenta la esperanza. Manos intentando superar la superficie de las aguas mientras varias personas se hunden (y también sus esperanzas de vida y libertad). Decenas de personas que luchan por sus vidas en el Mediterráneo utilizan su energía restante para saludar frenéticamente en busca de ayuda. A casi 2.000 millas de distancia, en la capital polaca, Varsovia, un operador de drones (así se llaman esos pájaros metálicos) observa sus momentos finales a través de una transmisión en vivo. No hay un barco para responder al SOS, solo un vehículo aéreo no tripulado operado por la agencia fronteriza y de la guardia costera europea, Frontex.

Un vehículo no tripulado ni siente ni padece. Miran sin ver y oyen sin oír (Mt. 13, 10-17). Comentamos hoy (a partir de la posibilidad de utilizar drones para controlar a larga distancia los flujos migratorios en el Mediterráneo), un segundo subtema a partir del lema anual sobre la Jornada del migrante y refugiados. Se trata de comprender que No se trata solo de migrantes: se trata de la caridad. A través de «las obras de caridad mostramos nuestra fe. Y la mayor caridad es la que se ejerce con quienes no pueden corresponder y tal vez ni siquiera dar gracias». Y la mayor caridad, según el Papa, es la que se ejerce con quienes no pueden corresponder y tal vez ni siquiera dar gracias. Es la que capacita para «dejarse conmover por quien llama a la puerta y con su mirada estigmatiza y depone a todos los falsos ídolos que hipotecan y esclavizan la vida». Ídolos que prometen una aparente y fugaz felicidad, construida al margen de la realidad y del sufrimiento de los demás. Resuena en este rasgo la palabra evangélica que dice: «Porque, si amáis solo a quienes los aman, ¿qué premio merecen? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?» (Mt 5,46). Dejarse conmover, oír la llamada, mirar… Eso no saben ni pueden hacerlo las máquinas.

¿Qué es la caridad? ¿Una palabra pasada de moda? Y, sin embargo, es una de las virtudes teologales. Ya lo recordaba muy bien san Agustín: «En las cosas necesarias, la unidad; en las dudosas, la libertad; y en todas, la caridad».

Si pronunciar la palabra caridad evoca solo un vocabulario en desuso, incluso despreciado. Si la palabra, en el imaginario colectivo recurrente y presto para una banal descalificación, recuerda una escena en la que se desenvuelven damas benefactoras y personajes salidos de una novela de Zola, el significado profundo de la caridad está en peligro.

La caridad es el amor al prójimo en acción, está vinculada a la práctica de la justicia. Benedicto XVI, en su encíclica Deus caritas est, (nº 26) afirma que la caridad siempre será necesaria, incluso en la sociedad más justa. Porque no hay ningún orden justo del Estado que pueda hacer superfluo el servicio del amor. Los hombres no pueden prescindir del amor, de los gestos de afecto, de la escucha y la presencia porque sienten y padecen. Los drones sí.

Si queremos ayudar a los políticos de turno que quieran (¡ay¡) a hacer de la política una capacidad de dar respuesta a la realidad paulatinamente cada vez más compleja de las migraciones y sus secuelas en las víctimas de la trata, menores no acompañados, esclavitudes de todo tipo…., es muy importante descubrir la dimensión de compromiso político que tiene la fe cristiana. Esto lo entendió muy bien el Papa Pío XI cuando acuñó el término «caridad política», entendiendo por tal una universalización de la caridad. Se trata, de la caridad mediada por la justicia y proyectada en clave política. La única caridad capaz de lograr las transformaciones sociales que la inclusión social requiere en sociedades complejas y con fenómenos donde confluyen la diversidad, pluralidad, heterogeneidad, la riqueza, etc, como en este de la movilidad humana.

Qué error, ¡qué inmenso error!, abordar el fenómeno desde el simplismo o el populismo barato (¡que también se da dentro de mi Iglesia sin ni siquiera mirar a la cara –por ejemplo– a un solo migrante o refugiado!) mediado por la influencia de respuestas que rehúyen el esfuerzo de pensar con honradez por sí mismo y formarse –¡un poquito, por favor!– en vez de acudir a respuestas estereotipadas y muchas veces basadas en prejuicios o noticias falsas (también dentro de mi Iglesia).

Esta realidad –como todo lo que provoca la pobreza y el odio o aporofobia a la misma– apunta, una vez más, a la necesidad de políticas integrales, superando abordajes individualistas y apostando por una auténtica «caridad política» que contemple tanto la atención significativa, como la denuncia de las injusticias y carencias en la política social. Esta, para ser efectiva, habrá de ir de la mano de otras políticas (la económica, de vivienda, sanitaria, etc) y no tener carácter aislado y residual. ¿Para que si no la Unión Europea y su rígido control de fronteras que impide la entrada o expulsa a determinados perfiles de personas (condición suficiente es ser pobre y no ser ciudadano de países del Norte)?

Esto se hace todavía más urgente y perentorio en las sociedades del bienestar, donde a la pobreza se suma la exclusión, la marginación y la enfermedad. Cada vez más se da esta realidad acumulativa de males. Un dato relevante es la asociación acumulativa de problemas sociales que afectan a los colectivos más empobrecidos. Además, en los países occidentales se detecta una triple tendencia que marcará el corto y medio plazo: la extranjerización, juvenalización y feminización de la pobreza. Y a eso añadamos el rígido control de fronteras que impide la entrada o expulsa como os digo a determinados perfiles de personas. Ello provoca lo más contrario a la caridad: la exclusión. Exclusión cultural que rechaza al diferente, incapaz de asimilar el reto de la multiculturalidad. Exclusión del conocimiento y la cualificación profesional, etc. Todo ello apunta, una vez más, a la necesidad de políticas integrales.

Reemplazar los barcos -que pueden salvar vidas– por drones deja en evidencia el cinismo con el que las operaciones europeas (Frontex más los estados miembros) se justifican afirmando que su prioridad es salvar vidas humanas. No me lo creo. Miran sin ver y oyen sin oír. Isaías lo dijo: Su corazón está embotado.

José Luis Pinilla Martin S.J.
Director de la Comisión Episcopal de Migraciones

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