Foto: María Pazos Carretero
Cuando iba a visitarte te encontré en el pasillo y me dijiste: «¿Nos acompañas a la capilla a rezar? Y allá que nos fuimos. Los tres en silencio delante del sagrario.

Me volviste a sorprender diciéndome: «Sabed la paz que tengo, lo bien que me encuentro después de estar en la capilla. Mi fe y la oración me aportan una balsa de paz y de fuerza para luchar contra este cáncer que no quiere irse. Pero sé que le voy a poder, voy a vencer esta guerra aunque pierda algunas batallas».

—Enhorabuena, Pepi, me alegra muchísimo que tengas esa paz interior. ¿Recuerdas? Hace unas semanas hablamos de encontrar esa paz para transformar en energía y esperanza lo que hasta entonces te producía desesperación y miedo. Aunque creo que debemos cambiar de estrategia. En lugar de luchar, debes empezar a amar tu enfermedad.

Te paraste en seco:

—Manolo, ¿cómo quieres que ame esta maldita enfermedad?

—Me acabas de decir lo bien que te encuentras, que ni siquiera esta enfermedad te quita la paz… Pues amiga, en las guerras lo primero que se pierde es la paz. Amar la enfermedad creo que tiene que ver con lo que Jesús dijo de amar al enemigo. Ella es hoy tu mayor enemigo. Quiere apoderarse no solo de tu cuerpo, sino de tus sentimientos y tus pensamientos. Amar la enfermedad es saber de forma consciente que ella forma parte de ti y que, aunque quiera golpearte y herirte, tú no le vas a responder con los mismos golpes, porque si lo hicieras te harías daño a ti misma. Tú la vas a querer y a mimar, cuidándote y no enfadándote con ella, para que ella piense que no es tu enemigo y, por mucho que quiera hacerte daño, no lo va a conseguir. Seguro que entonces dejará de golpearte, porque tú le vas a devolver con amor su odio, y poco a poco ese amor hará que ella se debilite, que se vaya y desaparezca. Pero si a pesar de amar tu enfermedad no desaparece, solo podrá hacerte daño en la parte más vulnerable de tu ser, y en el único sitio en el que podrá hacerse fuerte y permanecer: en tu físico. Porque tu mente, tu espíritu y tu ser siempre estarán como tú te sientes ahora mismo: con esa gran paz interior capaz de vencer a tu enemiga. Porque donde ella busca lucha y guerra tú has puesto amor. Y el amor todo lo puede.

Manuel Lagar

Capellán del hospital de Mérida

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