Artículo de Julio Tudela. Observatorio de Bioética. Instituto de Ciencias de la Vida de la Universidad Católica de Valencia

Esta semana hemos asistido a dos tristes acontecimientos. El mismo día, festividad de San Juan Bautista, el Parlamento Español aprobó la ley de eutanasia y el Parlamento Europeo el “Informe Matić” que redefine el aborto como «atención médica esencial», reconociéndolo como un derecho, planteando la objeción de conciencia como una «negación de atención médica».

Por un lado, pasa a ser legal provocar deliberadamente la muerte de un ser humano, o sea, matar con la eutanasia o matarse en el caso del suicidio asistido, si concurren determinadas circunstancias, en este caso relacionadas con el sufrimiento al final de la vida. Estas circunstancias, detalladas en la norma recién aprobada, pueden ir cambiando, haciéndose más laxas y facilitando que más personas, no necesariamente enfermas ni en fase terminal, puedan solicitar la eutanasia, tal como está sucediendo en los países donde lleva legalizada más tiempo.

Esta ley, además de legalizar el atentado contra la vida humana, pervierte la razón de ser de la vocación de los médicos y sanitarios que pueden verse implicados en el proceso. Además de diagnosticar, prevenir, curar, aliviar, paliar o acompañar a los pacientes que sufren, ahora pueden también matarlos o facilitarles el suicidio, porque es legal, si las circunstancias lo requieren.

Pueden oponerse a hacerlo, faltaría más, pero han de inscribirse en un absurdo listado donde figurarán los médicos que tratan de curar y no matar, que trabajan por la vida de sus pacientes y no procuran su muerte. Éstos serán los de la lista, los identificados no se sabe bien para qué. Porque no haría falta tener una relación de los médicos que dedican su vida y sus esfuerzos a salvaguardar la vida y la salud de sus pacientes. Esa debería ser la lista de toda la clase médica.

Simultáneamente, en el Parlamento Europeo, el aborto pasa a ser reconocido como un derecho. Los intentos de bloquear el informe por parte de algunos grupos de la cámara han sido infructuosos.
El promotor del informe, el croata Predrag Fred Matić, afirmó la víspera que “mañana es un gran día para Europa y todo el mundo progresista. Mañana decidimos posicionar a Europa como una comunidad que elige vivir en el siglo XXI o XVII. No dejes que la historia nos recuerde como los últimos».

Se refería a la misma Europa que abolió la esclavitud y la pena de muerte, que persigue el crimen y condena el asesinato, que busca la paz y condena la guerra, que promueve la igualdad entre sus ciudadanos y combate la discriminación, protegiendo a los más débiles… La Europa que ha mostrado así sus raíces cristianas, promoviendo los Derechos Humanos.

Pero para Matić y los parlamentarios que le apoyan, esta es la Europa del siglo XVII, la caduca y trasnochada. La moderna es la que mata a los embriones en el seno de sus madres, porque les ha reconocido el derecho a hacerlo. O, como en el caso de España, la Europa moderna es la que permite que un médico, amparado por el Estado, termine con la vida de sus pacientes sufrientes. Como en siglo XVII, donde también se abortaba y ajusticiaba, aunque, eso sí, con métodos menos sofisticados.

Parece que junto a la pandemia que asola Europa, otra de orden moral ha infectado a muchos de sus políticos, y les hace confundir la vida con la muerte, el cuidado de los débiles con su eliminación, los derechos con su violación. Este es el peor de los males morales, llamar verdad a la mentira.

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