Muy queridos hermanos obispos y sacerdotes, hermanos y hermanas muy queridos todos en el Señor que, en las actuales circunstancias, estáis siguiendo esta Santa Misa en directo a través de diversos medios de comunicación. Vosotros, todos estáis con la Virgen y Ella está presente con vosotros, a vuestro lado, en medio vuestro. Su presencia, como en Pentecostés, es una presencia confortadora, “perque sabem que ella seguix complint, en cada generació de creents, com la nostra, el paper que Crist li va assignat desde la Creu: “ahí tens a ta mare”. Ella es Mare de tots i cada u, i tots sentim sa companyia, sa presnecia, especialment en el moments de tribulació i desempar, com ara, que es quan mes necesitem d´ella”.

En todas las tempestades, dificultades, tiempos de hambre y de peste, en toda tribulación y desamparo acudimos a ella, porque es nuestra protección, nuestro único remedio, sostén y asilo, nuestro refugio como los polluelos que se refugian y cobijan bajo las alas de sus madres. En estos momentos duros y difíciles Ella es nuestra esperanza y amparo.

“Hui, dia de la seua festa, tots hem de demanar a la nostra patrona, la Mare de Déu i dels Desamparats, que faça sentir la seua dolça presencia maternal i el consol i la força del Esperit a tots aquells que sentem vivament la sensació de desampar i de soletat: nostrs malalts, especialment hui el malalts del virus de la pandemia del covid; els nostres ancians; el gran numero de persones que careixen de treball i colocació; el afectats per problemes familiars; els que se sentenincapaços dèixir del cercol en que els ha tancat qualsevol. Per a tots ells, este mati hem tindre el nostre record davant de la nostra Mare, la Verge María i Mare dels Desamparats”.

La Iglesia en Valencia, como la Virgen María, se siente hoy llena de gozo y de fe que le anima y alienta, y que revive es esta Basílica. Los valencianos no sabemos ni podemos separarnos de Ella. La comunidad cristiana, en medio de la tristeza del momento, por paradójico que parezca, vive con alegría desbordante y en lo más íntimo y hondo del corazón de cada uno de nosotros, la súplica de los dos discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros”. Quédate con nosotros porque atardece y sin ti la oscuridad aumenta en nuestros corazones. Quédate porque necesitamos de tu presencia alentadora para ser mejores discípulos de tu Hijo, y parecernos más a ti, ser como Tú. Bien sabemos que Tú no nos abandonas nunca, que somos nosotros los que te olvidamos y abandonamos: perdónanos. Pero, aunque así fuera, aunque por desgracia acaeciera así, queremos implorarte, particularmente hoy y este año, como tantas veces lo hemos hecho, que aunque nuestro amor te olvidara, Tú no sólo no te olvides, sino que, de hecho, jamás te olvidas de nosotros, tus hijos; y que en el horizonte de nuestra vida surges siempre como estrella que anuncias un nuevo amanecer.

Por eso, este día, en medio de tristezas que nos afligen y que Tú conoces, el pueblo valenciano con júbilo filial incontenible, te canta en esta fiesta tan entrañable porque en esta imagen bella, que nos mira desde su Camarín de la Basílica, y ante esta imagen de tan celestial hermosura rodeada de mágico resplandor no puede contener su alegría. Celebramos la fiesta de la Virgen de los Desamparados: algo maravilloso, un desbordamiento de júbilo y de alegría; un permanente e ininterrumpido grito unánime de alabanza y de victoria.

“Tots a una veu ¡Vixca la Mare de Déu” y un aplauso sin cesar marcaban otros años el recorrido de la imagen de la Virgen por las calles valencianas. ¿Por qué eso en pleno siglo XXI, de plena modernidad?. ¿No han desaparecido todavía dirán algunos pseudoilustrados estas cosas atávicas que no catalogamos en el progreso de este mundo? Sencillamente, NO; y sencillamente porque ese es el pueblo valenciano, a quien algunos olvidan, sencillamente esa es Valencia: la Virgen de los Desamparados; porque Valencia contempla y quiere a la Virgen, su Madre del amor hermoso, de piedad y de misericordia, que lleva en sus brazos, abrazando y mostrando a su pequeño, Jesús, y mirando con ojos misericordiosos, entrañables, a los dos pequeños, desamparados, a sus pies. El pueblo valenciano ve y palpa en Ella la ternura y la cercanía inigualables de Dios que quiere a los hombres, a todos, con amor infinito, y que, así, lo ha apostado todo por el hombre, gracias a María, hasta el extremo de un rebajamiento y de un despojamiento total por amor al hombre, como nos hace ver el Niño con la cruz en sus diminutas manos, acompañado de otros dos pequeños y desvalidos alzando sus manos en actitud de súplica ante su desamparo. Nada ni nadie podrá separarlo de nosotros, ni a nosotros de Él, por María.

Dios no quiere ser sin el hombre, sin tomar parte en su desamparo. Así, se ha comprometido irrevocablemente con el hombre, con todos y cada uno de los hombres, con los necesitados de todo, particularmente de compañía, cariño y de ayuda. Ha entrado en nuestra historia con el llanto de la criatura que llega al mundo. Ahí nos aceptó y ahí nos aguarda incansable su amor escondido y crucificado. Junto a la Cruz, en la Cruz, y desde la Cruz, no en balde, Jesús nos la dio y confió como Madre: su ;adre y Madre nuestra. Ella nos da a su Hijo, el Hijo de sus entrañas: ¿Cabe mayor amor hacia nosotros que el de Dios y el de María?. Ella nos da a Jesús, fruto bendito de su bendito vientre, la única respuesta a nuestro desamparo, soledad e indigencia y pobreza, la única respuesta a nuestra esperanza.

La única medicina para el desconcierto, el desasosiego, el desánimo o el desencanto que muchas veces paraliza, bloquea, hiere y llena de miseria al corazón humano es Jesucristo, el Hijo de María. Para los creyentes, Jesucristo es la esperanza de toda persona porque da la vida eterna, en Ék está la plena felicidad y colma toda esperanza. Él es la palabra de vida venida al mundo para que los hombres tengamos vida en abundancia. Jesucristo, el Hijo de María, nos ha traído todo el infinito amor de Dios, que “hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, libertad a los cautivos, abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, ama a los justos, sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados” (Sal. 145), sostiene a los que no tienen trabajo o lo han perdido.

Jesús, nacido de María, nos ha hecho posible acceder a ese amor tan inmenso de Dios que no pasa de largo del hombre caído, robado, sin trabajo donde radica su dignidad , malherido y maltrecho, tirado en la cuneta, a la vera del camino por donde tantos pasan, y pasan, y nos se paran siquiera ante la miseria, el robo y las heridas; Jesús, a quien gestó en su seno su Madre María, nos ha hecho ver , tocar y palpar ese amor en su persona misma que ha venido a traer la buena noticia a los que sufren, que anuncia, como signo suyo, su Evangelio de misericordia y amor preferencias a los pobres y desvalidos. En Jesucristo, vemos y palpamos, a Dios, amor infinito e incondicional por el hombre y por la vida del hombre. Dios, el Misterio, que da consistencia a todas las cosas, se nos ha revelado en Jesucristo, nacido de María siempre virgen y entregado como amor infinito e incondicional por el hombre y por la vida del hombre, se nos ha revelado como amigo y cercano a los hombres, compartiendo sus pobrezas y sanando sus heridas. Hermanos: ¡Dios ama a los hombres, nos ama a cada uno de nosotros, tal y como somos, con todo el peso de miseria que llevamos dentro de nuestro corazón! Experimentamos estos días, nuestra limitación nuestra fragilidad, el acecho de la muerte.

“Mirando y oyéndolo, tocándole con nuestras manos en su carne tangible de los enfermos, pobres, sufridos y marginados, con los que se identifica, podremos hallar la única esperanza que puede dar sentido a la vida. En Él, en Jesús, Dios con nosotros, tenemos la verdad y la grandeza del hombre, lo que vale el hombre, la grandeza de la vocación y esperanza a la que somos llamados. Por el don que se nos ha hecho al darnos a conocer a Jesucristo, gracias a María, su Madre y nuestra Madre, podemos ver conscientes de que toda personas es un sagrario vivo e inviolable, un portador de Cristo, que se identifica singularmente con los pobres, los que padecen hambre o sed, los que no tienen techo bajo el que vivir, los desahuciados, carecen de vestido, están enfermos, son extranjeros o inmigrantes, están privados de libertad o han perdido su puesto de trabajo , viven en las esclavitudes antiguas o nuevas, están amenazados en sus vidas o son privados de ella vilmente con la persecución o el exilio, mueren perseguidos por su fe o en las pateras que surcan el mar buscando una situación mejor para sí mismos o sus familias; y en Él podemos ver y palpar nuestro destino que es Dios mismo, la morada junto a Dios , donde está Cristo y nos lleva junto a Él, porque nos quiere.”

Estamos, hermanos, en una situación muy difícil, no sólo por la pandemia del covid-19, sino por las múltiples crisis derivadas de ella, entre las cuales es muy sensible la gente y la destaca la gravísima crisis económica con unas cifras escalofriantes de destrucción de empresas pequeñas y negocios y la pérdida de miles de puestos de trabajo con todo lo que esto significa; y tened por muy cierto que Jesucristo está abrazado y unido a todos estos y a esa multitud ingente, incontable, de los que gimen bajo la dura realidad de las múltiples y nuevas pobrezas, como la del covid-19, que afligen a este mundo, muy querido por Dios, por Jesucristo que nos quiere de verdad.

De Él escuchamos su voz que nos dice y pide que permanezcamos en su amor, que no nos apartemos del amor de Dios y a Dios, por encima de todo, y que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado, con el mismo amor con que son amados todos los Desamparados por su Madre amantísima que nos fue dada como Madre junto a la cruz, la cruz de esa ingente multitud de hijos que sufren hoy; esta situación llama e interpela a la conciencia de los cristianos de Valencia que tendrá que hacer mucho, canto esté de su parte, como anunciaré oportunamente en los próximos días adoptando medidas concretas para toda la diócesis y en toda la diócesis.

Benvolguts valencians, la Mare de Déu dels Desamparats, l´image santa de la qual portem sempre en lo cor, es i seguirà sent Patrona dels valencians que acudim a Ella a cada instant, pero casi instintivament quam més neccessitem que se nos ajude i ampare com ara mateix, demanant sa valiosa i maternal protecció. Hui es inexcusable que renovem i ratifiquem nostra voluntat comuna de mantindre-la como a Patrona, advocada i intercesora; hui es una ocasió óptima per a reavivar en els cors dels bons valencians l´entranyable devoció que professem a sa venerada Patrona: una devoción sentida i expresada fervorosamente. Les paraules de Jesús desde lo alto de la Créu: “Ací tens a ta mare”,que acabem d´escoltar en l´evangeli de la festividad, han segut recibides amorosament pels seus fills valencians que, como Joan, l ´han acollida en sa casa. Perque es en de veres que Maria, la Mare de Jesús, baix d´este títul de Verge dels Desamparats, està en València como en sa propia casa, rodejada del afecte, de l´amor filial, de la veneración respecte dels seus fills valencians; devoció sentida que procedix de nostra fe, ha de reflectir-se en nostres comportaments de justicia i caritat i en nostres vides de compromís con l ´Evangeli i con nostres germans, porque una devoción de verità, auténtica deu impulsar-nos sempre a ser mes auténtics discípuls de Crist. Eixa es la voluntat de Maria, nostra Mare. Les paraules de Maria que pronuncià en Caná de Galilea revestixen per a tots nosatres un valor programátic: “Feu lo que Ell, Crist, vos diga”. La verdadera devoción a María nos porta sempre a fer lo que Cristo nos diu .

Y, en estos momentos, y siempre nos dice: “Dadle vosotros de comer, estuve enfermo y me visitaste, sed misericordiosos”. Y ser misericordiosos entraña el hacer en estos momentos cuanto podamos por los parados, por lo que han perdido su trabajo, que tantos dramas están causando, y exigir a quien debamos hacerlo que gestionen bien la cosa pública y Dios les ilumine de tal manera que a los trabajadores nadie les robe la dignidad del trabajo, que se cree riqueza por el mantenimiento de las empresas, y promuevan un rearme moral que está en la base para un cambio de situación tan grave como en la que estamos sumidos; y que todos juntos, con lealtad, claridad, verdad y generosidad colaboremos unidos, en la medida de nuestras posibilidades, también la diócesis en cuanto tal se suma, por ejemplo, renovando y poniendo en vigor una Comisión o Junta diocesana, plural y plurisdisciplinar, por los parados y el empleo, y la regeneración social, de lucha contra el paro, y en favor de un empleo digno: Una Comisión diocesana de cristianos comprometidos libre, muy libre, de pensamiento, crítica e independiente, que no sólo se fije en lo económico, que sin duda lo va a atender prioritariamente, sino que se fije también en otros aspectos necesarios para el bien común y el bien de la persona, moral, humana, espiritual y la urgente recomposición moral, espiritual y cultural del tejido social.

Viendo y contemplando a la Virgen María, inclinada hacia esa multitud de desamparados e inocentes, el pueblo valenciano vibra, como nada le hace vibrar. ¡No es para menos!, porque ahí encuentra la ternura, la misericordia, la mirada entrañable que derrama amor y misericordia del que andamos tan necesitados.

Intuye que en la Madre y en su Hijo tenemos lo que andamos buscando: amor, misericordia, perdón, consuelo. Por Ella, la fe en el pueblo valenciano no muere, como no muere en ninguna parte en que se intuye el misterio de amor que nos envuelve: el que vemos en Jesús y en su Madre, María, el de Dios; ahí tenemos la respuesta a nuestro desamparo y nuestra esperanza.

Nos sentimos llamados a ser personas de fe, creyentes verdaderos, adoradores y amigos fuertes de Dios, como Ella, María, y esto es lo primero, y a eso ha de contribuir nuestro Sínodo Diocesano, que desde el primer momento, pusimos en sus manos de Madre, para fortalecernos en la fe, lo más urgente y primordial; la fe en Dios y la confianza ilimitada en su poder y su amor nos conduce a que permanezcamos atentos a las necesidades, tribulaciones, carencias y sufrimientos de los hombres bajo el dolor o el desamparo; que nos sintamos y seamos muy cercanos a los enfermos, a las familias que han perdido seres queridos, a los ancianos, o viven en soledad, a los pisoteados y robados por los propios hombres, los amenazados en sus vidas o los perseguidos por ser cristianos. Las palabras más vibrantes de los fieles y buenos hijos de María, de nosotros cristianos, sacerdotes, y obispos, habrían de ser aquellas que hablen de los que sufren, de los desamparados y abandonados, de los que pasan hambre o no tienen trabajo, de los que sufren violencia de cualquier tipo, de los que no tienen cobijo de hogar, de los que se arrastran sin esperanza o andan desalentados sin ánimos ni esperanza, de los pecadores, de los que andan carentes de sentido de la vida o vacíos; nuestras palabras más llenas de ardor habrían de ser aquellas palabras que muestren la compasión y la misericordia del Señor, las que muestren la ternura y la mirada maternal y entrañable de la que es Madre de los desamparados y desgraciados.

Atentos a las carencias y necesidades de los hombres y de la familia, para permanecer en el amor de Jesús, junto a María al pie de la Cruz, para contar lo que vemos en Jesús y en su Madre amantísima, fiel sierva suya, dichosa por su fe, no podemos estar ajenos a una carencia, pobreza y desamparo fundamental en nuestro tiempo: la carencia e indigencia de Dios, el despojamiento de humanidad y de verdad que padece el hombre de hoy, la quiebra moral que denuncia ese despojamiento y desamparo, la pérdida de esperanza, que están en la base y es origen y resultado de ese olvido de Dios. Nos encontramos ante ese hombre en el mayor de los desamparos, -solo, pobre, enajenado, malherido en su interior-, para anunciarle la Buena Noticia del hombre que es Jesucristo, al que la Virgen, nuestra madre y patrona, muestra con la cruz, y nos lo ofrece y entrega como luz, esperanza, vida, rostro humano de Dios. En ese Niño que nos muestra su Madre, María, en esos ojos misericordiosos que miran a inocentes y desamparados, de María, tenemos la gran ternura, la infinita ternura de Dios que nos llama a un futuro nuevo en Dios, con Él y desde Él que es Amor y es la esperanza única de salvación.

Hermanos muy queridos, sed fuertes, no temáis, mirad a vuestro Dios, mirad el rostro humano suyo de su Hijo, mirad la ternura y la mirada amorosa de misericordia de María, acudamos a Jesús por María, Madre, Virgen de los Desamparados, consuelo de los afligidos, esperanza nuestra. Nuestro pueblo, en estas horas cruciales, necesita de este aliento, de esta fortaleza, de este ánimo que solo Dios, en Jesucristo, del que es inseparable su Madre, puede dar y da, porque Él está con nosotros, en medio nuestro. Esta es la hora de Dios, la esperanza que no defrauda, la hora de la ternura de María, Madre de Dios y Madre nuestra, Madre y Reina, de los Desamparados que son sus preferidos. Que la Virgen María nos ayude y acompañe a todos en esta hora, que acompañe a Valencia siempre, que no nos deje porque Ella nos quiere y nosotros, todos, la queremos como buenos hijos suyos de esta tierra de Valencia y es nuestra Patrona y Madre entrañable, tan buena, vida, dulzura, consuelo y esperanza nuestra.

Miremos e invoquemos a María, que nos ayude a aprender a vivir, creer y amar como Ella, que nos haga sentir su maternal solicitud ante tanto desamparo y ante tantos desamparados, desterrados hijos de Eva, y los cobije bajo su maternal manto.

¡Salve, Reina del cel i la terra; Salve Verge dels Desamparats; salve, sempre adorada Patrona; salve, Mare dels bons valencians! Vixca la Mare de Déu, la nostra Mareta del cel!

† Antonio Cañizares Llovera

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