En las noches de nuestras vidas, todos tenemos una cita con Dios. Él no nos deja solos: cuando tomamos conciencia de ser sólo pobres hombres que combaten contra lo desconocido, Dios nos sorprende y nos da un nombre nuevo, dándonos una bendición reservada a quien se ha dejado cambiar por Él. Catequesis del Papa
 

“En los momentos oscuros, momentos de pecado, momentos de desorientación… Allí, hay una cita con Dios, siempre”. Lo dijo el Papa Francisco este miércoles 10 de junio presidiendo la Audiencia General desde la Biblioteca del Palacio Apostólico. Prosiguiendo con su ciclo de catequesis sobre la oración, se centró en el libro del Génesis, que a través de las vivencias de hombres y mujeres de épocas lejanas, nos cuenta historias en las que podemos reflejar nuestra vida. En esta ocasión, reflexionó sobre la figura de Jacob, un hombre que había hecho de la sagacidad su mejor cualidad.

El relato bíblico nos habla de la difícil relación que Jacob tenía con su hermano Esaú. Desde pequeños hay rivalidad entre ellos y nunca la superarán. Jacob es el segundo hijo, – eran gemelos – pero mediante engaños consigue arrebatar a su padre Isaac la bendición y el don de la primogenitura (cf. Génesis 25,19-34). Es solo el primero de una larga serie de ardides de los que este hombre sin escrúpulos es capaz. El nombre “Jacob” significa también alguien que sabe moverse no directamente; significa aquella “astucia” en el movimiento.

Jacob se vio obligado a huir lejos de su hermano, su vida parecía estar marcada por el éxito, pues era hábil en los negocios, y llega a ser un hombre muy rico. Jacob, explicó el Papa, sería lo que en el lenguaje moderno llamamos “un hombre que se ha hecho a sí mismo”, pues con ingenio y con la astucia fue capaz de conquistar todo lo que deseaba. Sin embargo, le faltaba algo y era la relación viva con sus propias raíces. Es así que un día siente la llamada del hogar y parte de regreso hacia su patria. Y piensa: “¿Qué lo espera para el mañana? ¿Qué actitud tomará su hermano Esaú a quien había robado la primogenitura?” La mente de Jacob es una turbina de pensamientos… Y, mientras oscurece, de repente un desconocido lo aferra y comienza a luchar con él.

El Catecismo explica: «La tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia» (CIC, 2573).

La victoria de la perseverancia

“Jacob luchó durante toda la noche, sin soltar nunca a su oponente». La lucha era su encuentro con Dios, quien cambia su nombre, cambia su actitud y cambia su vida: “te llamarás Israel, – le dice – porque has sido fuerte contra Dios y contra los hombres, y le has vencido”. Francisco explicó que esta lucha con Dios es una “metáfora de la oración”, pues “otras veces Jacob se había mostrado capaz de dialogar con Dios, de sentirlo como una presencia amiga y cercana”, pero en aquella noche “a través de una lucha que duró mucho tiempo y que casi lo vio sucumbir, el patriarca salió cambiado”.

Por una vez ya no es dueño de la situación, – su astucia no sirve – ya no es el hombre estratega y calculador; Dios lo devuelve a su verdad de moral que tiembla y tiene miedo, porque Jacob en la lucha tenía miedo. Por una vez Jacob no tiene otra cosa que presentar a Dios que su fragilidad y su impotencia, también sus pecados. Y es este Jacob el que recibe de Dios la bendición, con la cual entra cojeando en la tierra prometida: vulnerable y vulnerado, pero con el corazón nuevo.

Dios salva lo que está perdido, no debemos temer

Dios, continuó Francisco, “le hizo comprender que era limitado, que era un pecador que necesitaba misericordia y lo salvó”. Y añadió:

Todos nosotros tenemos una cita en la noche con Dios, en la noche de nuestra vida, en las muchas noches de nuestra vida: momentos oscuros, momentos de pecado, momentos de desorientación… Allí, hay una cita con Dios, siempre. Él nos sorprenderá en el momento en el que no nos lo esperemos, en el que nos encontremos realmente solos.

Tal es así que, según el Santo Padre, en la noche de nuestra vida, cuando “combatiendo contra lo desconocido”, tomaremos conciencia de ser solo «pobres hombres», “no deberemos temer”, pues en ese momento “Dios nos dará un nombre nuevo, que contiene el sentido de toda nuestra vida; nos cambiará el corazón y nos dará la bendición reservada a quien se ha dejado cambiar por Él”.

Es una bella invitación a dejarnos cambiar por Dios – concluyó el Papa – . Él sabe cómo hacerlo, porque nos conoce a cada uno de nosotros. «Señor, tú me conoces», cualquiera de nosotros puede decirlo. «Señor, tú me conoces. Cámbiame».

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