Campamento hasta el 12 de julio, dentro de la cárcel, con actividades deportivas, de ocio y talleres sobre arte, resolución de conflictos y gestión emocional

Voluntarios de la UCV junto a Víctor Aguado

La Pastoral Penitenciaria del Arzobispado de Valencia ha iniciado un campamento dentro del Centro Penitenciario de Picassent dirigido a jóvenes reclusos para que, a pesar de su privación de libertad, puedan compartir y disfrutar de actividades diversas y talleres sobre arte, resolución de conflictos y gestión emocional en tiempo de verano.

Se trata de ofrecer un “espacio de convivencia, comunicación y escucha en la prisión de Picassent”, durante la primera quincena de julio, de 10 a 13 horas, en colaboración con voluntarios redentoristas, de la propia Pastoral Penitenciaria y de la Universidad Católica de Valencia (UCV).

De esta manera, “acompañamos a los internos para mitigar la soledad también en verano, aportándoles valores para que lleven con esperanza la privación de libertad”, afirma Víctor Aguado, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Penitenciaria del Arzobispado que organiza la iniciativa.

El campamento de verano «consta de actividades de formación y lúdicas, talleres de arte, deportes, repaso y habilidades sociales, así como juegos y manualidades, y también aprenden cómo resolver conflictos o cómo gestionar sus emociones, muy importante para afrontar el día a día de la vida en prisión”, añade.

En esta iniciativa está participando medio centenar de internos e internas de la prisión, tanto hombres como mujeres de todos los módulos del área de Preventivos que no tengan incompatibilidades y con acceso al Área Sociocultural y al Polideportivo del centro penitenciario, donde se desarrolla el campamento.

Álvaro Ortiz (Firma S. Martos- Medios Comunicación Arzobispado)

CAPELLÁN DE PRISIÓN ÁLVARO ORTIZ: “ME SIENTO ESPECIALMENTE PRIVILEGIADO DE PODER ANUNCIAR EL EVANGELIO ALLÍ, UN LUGAR OSCURO, DONDE LA PRESENCIA DEL SEÑOR ES ESPERANZA”

En la labor de acompañamiento a los presos, es clave la ayuda de los capellanes de prisión. Entre ellos figura el capellán redentorista Álvaro Ortiz Jiménez de Cisneros. Conforme asegura, “es fundamental el acompañamiento humano frente a la soledad de tantísimas personas privadas de libertad, lo importante es estar con ellos, y hacer que la pesadez de la celda o del ‘chabolo’ como lo llaman ellos y que las horas de patio, sobre todo en el verano, sea un poco más ligera”.

Nosotros “nos sentimos afortunados, tenemos la suerte de poder estar con el Cristo sufriente, con el Cristo condenado, con el Cristo que está privado de libertad, y en los internos vemos su rostro. Él nos limpia del juicio. Él es el que nos permite mirarles como lo que verdaderamente son, nuestros hermanos. Y el cariño que recibimos de ellos es total y absoluto”. “Cuando salen duele aceptar que perteneces a su vida de oscuridad que ahí se queda. Tu tarea ha sido ayudarles a levantar la mirada, que se rompan y sean de nuevo barro en Sus manos”.

Según el padre Álvaro, “algunos se impresionan de que tú dediques tu tiempo a ir a verles y no entienden por qué. A los voluntarios siempre les preguntan “¿pero no cobras?”. A ellos se les escapa esta idea, porque a veces ni siquiera sus familias van a verles”. También a veces “nos preguntan si no tenemos miedo al salir al patio con ellos, pero mi respuesta es: por qué voy a tener miedo si sois mi gente”.

En ese sentido, “el agradecimiento de los internos por tu presencia es claro y es evidente. Son hermanos que agradecen enormemente que vayas a darles esa atención espiritual que reclaman”.

En relación al campamento de verano, el capellán asegura que “es un espacio de acompañamiento que beneficia a los internos: “Uno de ellos me decía, padre, no sabe lo que lo que ayuda esto a despejar la cabeza…De verdad nos hace mucho bien”.

“Me siento especialmente privilegiado de poder anunciar el Evangelio allí donde verdaderamente hace mucha falta, en un lugar oscuro, donde la presencia del Señor, que es esperanza, que es alegría, que es vida, se hace absolutamente necesaria”, afirma.

“Allí experimento mi sacerdocio como algo verdaderamente necesario, como algo que tiene sentido, porque al final, un sacerdocio es una vida entregada a aquellos a los que nadie quiere ir, aquellos más abandonados, aquellos que son a veces incluso despreciados por su propia familia”, añade

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